Esta semana me llegó un mensaje de alguien a quien aprecio mucho. Una persona que, como otras que me conocen y saben la importancia que tiene la IA para mi, ha tenido a bien recordarme en más de una ocasión que quizás la uso demasiado. Que si me estoy apoyando mucho en ella. Que si no me preocupa depender de una máquina para ciertas cosas. El mensaje habitual, dicho con buena intención, desde el afecto genuino, pero con esa levísima pátina de advertencia moral que tienen ciertas conversaciones sobre tecnología cuando quien las mantiene todavía no ha cruzado el umbral.
El mensaje de esta semana decía que había agotado su límite de Claude.
Me quedé mirando la pantalla un momento.
No dije nada. No contesté con ironía, no señalé la contradicción, no guardé el mensaje como prueba de nada. Pero algo en mí lo registró con una mezcla de ternura y de esa satisfacción silenciosa que no conviene exhibir demasiado. Porque hay algo profundamente revelador en ese instante: la persona que te ha dicho que no uses tanto la IA ha agotado su límite mensual de uso de IA.
Quiero ser justo, porque este post no va de señalar a nadie. Va de algo que observo con frecuencia y que me parece uno de los síntomas más interesantes de este momento que estamos viviendo. Hay una categoría de personas —gente inteligente, razonable, con criterio— que mantiene simultáneamente dos posiciones que no encajan del todo: una cierta prevención ante el uso intensivo de la IA por parte de otros, y un uso propio que, cuando te descuidas, ya ha superado el del vecino al que estaban advirtiendo.
No es mala fe. Nunca lo es. Es algo más interesante: es el desfase que existe entre el marco mental con el que describimos una tecnología y la realidad de cómo la estamos usando. Como quienes dicen que no usan IA y llevan meses usándola sin saberlo, integrada en cada herramienta que tocan. Solo que aquí el mecanismo es diferente: no hay negación del uso, sino una especie de asimetría en el juicio. Mi uso es funcional, necesario, justificado. El tuyo es excesivo, preocupante, cuestionable.
Lo he vivido de distintas formas a lo largo de estos años. Gente que me pregunta, con genuina inquietud, si no me parece que estoy delegando demasiado en la máquina. Gente que en la misma semana me manda un documento generado íntegramente con ChatGPT. No hay malicia en eso. Hay, simplemente, la dificultad enorme que tenemos los humanos para aplicarnos el mismo rasero con el que medimos a los demás. Y esa dificultad se multiplica cuando hablamos de algo que todavía no hemos terminado de situar moralmente, de algo que está cambiando tan rápido que nuestros juicios van siempre con retraso respecto a nuestra práctica real.
Lo que me parece valioso de este tipo de momentos —el del límite agotado, el del documento generado por IA enviado por quien te advirtió del peligro de la IA— es que son ocasiones para preguntarse qué está pasando realmente. No para ganar un debate, sino para entender el tránsito. Porque ese tránsito, de la resistencia a la integración, de la advertencia a la dependencia, es exactamente el territorio que más me interesa observar. Ahí está la verdad de cómo adoptamos las cosas que cambian cómo vivimos.
Cuando una herramienta llega a su límite de uso es porque ya no es una herramienta experimental. Es infraestructura. Como el agua o la electricidad: nadie se queja de quedarse sin algo que no necesita de verdad. La queja, la indignación genuina ante el límite, es en realidad una declaración de dependencia. Y la dependencia, cuando viene de algo que amplía lo que puedes hacer en lugar de sustituir lo que eres, no tiene por qué ser una mala noticia.
Lo que sí tiene un punto de comedia involuntaria es la secuencia completa: la advertencia, el uso, el límite, el mensaje. Y la ausencia, en ese mensaje, de cualquier referencia a las advertencias previas. No porque haya que pedirle cuentas a nadie, sino porque esa ausencia dice algo sobre lo incómodo que resulta reconocer que el mundo que describíamos desde fuera es el mismo en el que ya estamos viviendo desde dentro.
Llevo cuatro décadas trabajando con tecnología. He visto este patrón muchas veces, con el ordenador personal, con internet, con el móvil, con las redes sociales. Siempre hay un momento en que la conversación pública sobre una tecnología y el uso real de esa tecnología se separan. Un período en el que la gente debate los riesgos de algo que ya está usando intensamente, en el que la prevención moral va un paso por detrás de la práctica cotidiana. No es hipocresía en sentido estricto. Es el ritmo natural con el que los humanos procesamos los cambios grandes. Primero los vivimos. Luego los entendemos. Luego, si tenemos suerte, los articulamos.
A la persona que me mandó el mensaje le deseo que encuentre pronto la forma de ampliar su plan (me dijo que pagó 30$ por el ansia de terminar un trabajo). Y le agradezco, sin decírselo, que me haya dado este pequeño recordatorio de por qué sigo encontrando fascinante observar cómo nos relacionamos con las herramientas que nos cambian.
Lo primero que adoptamos de verdad es lo último que reconocemos que necesitamos.
PS: Este fin de semana he agotado el límite de GPT y Claude lo que me dará pie a una reflexión en el programa de hoy de DeepBusiness


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