Ayer el Vaticano publicó Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV. 83 páginas. Sobre inteligencia artificial, dignidad humana, el futuro del trabajo, las armas autónomas, la desinformación algorítmica y el tipo de civilización que estamos construyendo alrededor de todo esto. Un documento que la Iglesia lleva meses preparando y que firma el mismo día en que su predecesor León XIII firmó la Rerum Novarum hace 135 años. Sin prisa, pero sin pausa.
Lo publicaron por la mañana. Para el mediodía ya había en internet análisis exhaustivos, hilos de Twitter con "los diez puntos clave que debes conocer", columnas de opinión muy formadas y debates encendidos sobre sus implicaciones. Me quedo pensando en esa gente. 83 páginas de teología, doctrina social y filosofía política. En latín primero, traducida al vuelo. Leída, digerida, analizada y publicada en pocas horas. O son los lectores más rápidos y profundos del planeta, o igual es que la encíclica sobre los riesgos de la inteligencia artificial la ha resumido una inteligencia artificial. Lo cual tiene una ironía tan perfecta que casi parece intencionada.
Porque si hay algo que un resumen de IA no puede darte es el roce con las ideas. Esa fricción lenta de leer algo denso, no entenderlo del todo, volver atrás, cuestionarlo, dejarlo reposar y volver a él con otra mirada. Eso es exactamente lo que genera pensamiento crítico. Y es, curiosamente, lo que la propia encíclica defiende con más énfasis. Si nos saltamos ese proceso para quedarnos con los titulares, no hemos leído a León XIV. Hemos consumido una versión digerida de León XIV. Y entre esas dos cosas hay una diferencia que no es menor: es exactamente la diferencia que este blog lleva meses intentando señalar.
Yo me la estoy leyendo. Despacio. Cuando termine, escribo.


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