Aristóteles y la IA

Aristóteles y la IA

El libro primero de la Política de Aristóteles, dice más o menos esto: si las lanzaderas tejieran solas y los plectros tocaran solos la cítara, los maestros no necesitarían ayudantes ni los amos esclavos. La lanzadera era esa pieza de madera que el tejedor pasaba a mano, una y otra vez, entre los hilos del telar; el plectro, la púa con que el músico pulsaba las cuerdas. Los dos instrumentos más cotidianos de su mundo, elegidos a propósito: si hasta eso pudiera hacerse solo, decía, sobraría el trabajo forzado. Aristóteles la escribió para justificar lo injustificable: que alguien tenía que hacer el trabajo servil para que otros pudieran ser libres. Lo que no podía imaginar es que estaba describiendo, con una precisión que asusta, el momento exacto que estamos viviendo. Las lanzaderas ya tejen solas. Los plectros ya tocan solos. Y la pregunta que él daba por imposible nos ha caído encima sin avisar: ¿qué hacemos ahora con la libertad?

El ocio que no era descanso

Para entender la respuesta de Aristóteles hay que quitarse de la cabeza nuestra idea de ocio. Cuando él hablaba de liberarse del trabajo servil, no pensaba en tumbarse en el sofá. Pensaba en la scholé: el tiempo libre dedicado a pensar, a deliberar sobre los asuntos de la ciudad, a conversar, a contemplar, a ser plenamente humano. La scholé no era la ausencia de actividad. Era la actividad más alta de todas, la que solo podías ejercer cuando nadie te obligaba a producir.

Y aquí viene el detalle que me parece una de las mejores bromas que nos ha gastado la historia: de scholé viene, directamente, la palabra «escuela». El lugar donde mandamos a nuestros hijos a prepararse para trabajar lleva el nombre griego del tiempo liberado del trabajo. La escuela nació como el espacio de la libertad, y la hemos convertido en la antesala de la productividad. Si quieres asomarte al original, la entrada sobre la teoría política de Aristóteles en la Stanford Encyclopedia of Philosophy merece la visita: ahí está, sin maquillar, su idea de que la felicidad de la ciudad depende de ciudadanos con tiempo para pensar.

Aristóteles construyó sobre esa idea un edificio moral terrible. Como alguien tenía que cocinar, tejer, cargar y arar, y como ese alguien no tendría tiempo para la scholé, concluyó que la esclavitud era natural. Se equivocó en eso de forma monstruosa, y conviene decirlo sin paños calientes. Pero fijaos en la grieta que él mismo dejó abierta en su argumento: la esclavitud solo era «necesaria» mientras los instrumentos no trabajaran solos. Puso fecha de caducidad a su propia justificación. La fecha ha llegado.

La parte del examen que llevamos un siglo suspendiendo

No somos los primeros en encontrarnos aquí. En 1930, en plena Gran Depresión, Keynes escribió un ensayo extraordinario, «Economic Possibilities for our Grandchildren», donde predecía que sus nietos —nosotros— trabajaríamos quince horas semanales gracias al progreso técnico. Y advertía de algo que casi nadie recuerda: que el verdadero problema no sería económico, sino existencial. Que el hombre corriente, educado durante generaciones para esforzarse y no para disfrutar, se enfrentaría a su problema más antiguo y más serio: cómo usar la libertad. Dos años después, Bertrand Russell remataba la faena en «In Praise of Idleness», defendiendo que el camino hacia la felicidad pasaba por trabajar menos y usar mejor el ocio.

Keynes acertó en la productividad y falló en las horas. No porque el cálculo estuviera mal, sino porque subestimó algo: no sabemos parar. Conseguimos la abundancia material que él predijo y la rellenamos con más trabajo, más consumo, más ruido. Nos dieron tiempo y lo convertimos en contenido. Ya escribí en «La palabra clave: Velocidad jajaja» sobre nuestra incapacidad para dejar reposar nada, y en «Sobre la longitud» sobre lo que perdemos cuando todo tiene que ser resumible. Son síntomas de lo mismo: hemos heredado la máquina de Aristóteles sin heredar su pregunta.

La prueba la tienes en el bolsillo

Hace unas semanas, una IA me hizo en minutos una tarea que me habría robado toda una tarde. Lo conté con detalle en «El poder de poder»: esa sensación de ver cómo lo mecánico, lo repetitivo, lo servil en el sentido más aristotélico de la palabra, se hace solo. Y recuerdo perfectamente lo que hice con la primera hora liberada de aquella tarde. No pensé. No conversé. No contemplé nada. Me puse a mirar el móvil. La lanzadera tejía sola y yo, el supuesto hombre libre, desperdiciaba mi scholé recién estrenada en un scroll infinito.

No me lo reprocho demasiado, porque creo que nos pasa a casi todos. Llevamos tantas generaciones definiéndonos por el trabajo que cuando el trabajo se aparta, no aparece automáticamente el ciudadano contemplativo de Aristóteles. Aparece el vacío. Y el vacío, si no lo llenas tú, te lo llenan otros: plataformas, algoritmos de recomendación, guiones heredados de productividad que nos venden como deseos propios. De eso hablé en «Expandir el potencial humano: ¿el tuyo o el que te programaron?» y en «Si no sabes lo que quieres, la IA lo decidirá por ti». La scholé no es lo que queda cuando te quitan el trabajo. Es algo que hay que saber ejercer. Y como toda capacidad, se entrena o se atrofia.

La asignatura que nadie nos dio

Por eso creo que la conversación sobre la IA y el trabajo está planteada al revés. Nos pasamos el día preguntando qué empleos desaparecerán, cuándo, cuántos. Son preguntas legítimas, y ya he defendido en «Cuando la inteligencia cueste menos que un café» que el peligro real no es la sustitución sino quedarse mirando. Pero hay una pregunta anterior que casi nadie formula: cuando las lanzaderas tejan solas del todo, ¿sabremos ser libres? ¿Sabremos deliberar, conversar, pensar despacio, elegir lo que de verdad queremos? Porque Aristóteles tenía clara una cosa que nosotros hemos olvidado: la libertad sin scholé no es libertad. Es solo desempleo con otro nombre.

Y aquí es donde la fundación se juega su razón de ser. Cuando en Human-IA hablamos de despertar el espíritu crítico, estamos hablando exactamente de esto: de prepararnos para la scholé, no solo para el mercado laboral. De ahí que me preocupe tanto una educación que sigue entrenando para exámenes que las máquinas ya aprueban —lo conté hace unos días en «La nueva educación, la nueva evaluación»— en lugar de entrenar para el tiempo libre que se nos viene encima. La escuela debería estar recuperando su nombre. Debería estar enseñando a hacer buenas preguntas, a sostener una conversación larga, a aburrirse sin pánico, a distinguir un deseo propio de uno implantado. Eso era la scholé. Eso es lo que la IA no puede hacer por ti, porque hacerlo por ti sería precisamente quitártelo, como ya apunté en «¿Te está haciendo la IA más capaz o más dependiente?».

Aristóteles definió al ser humano como el animal que tiene lenguaje —sobre esa frase escribí en «El animal que ya no habla solo»— y también como el único capaz de usar el ocio para ser más humano. Las dos definiciones están hoy a prueba a la vez. Las máquinas hablan y las máquinas trabajan. Lo que no pueden hacer, lo que nos sigue esperando solo a nosotros, es eso para lo que el filósofo decía que servía todo lo demás: una vida examinada, conversada, elegida.

Las lanzaderas ya tejen solas. La excusa se acabó. Ahora toca demostrar que la libertad no nos venía grande.

El ocio es la asignatura pendiente.


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