Ayer le pregunté Gemini algo sencillo, datos de un libro que había comprado. No le di detalles, no le conté qué era. Simplemente le di el título del libro.
Y Gemini me respondió con un montón de detalles que me preocuparon: que compré un libro vintage de John G. Kemeny el 26 de diciembre, que lo vendió el usuario «xxxxx», que pagué $xx más gastos de envío sumando $xx, que está en tránsito por DHL eCommerce America, que va dirigido a mi dirección en xxxxx.

Todo era cierto.
Y eso me ha dejado inquieto de una forma que no esperaba.
No es que la información sea especialmente sensible. Es solo un libro. Una compra completamente mundana en eBay. Nada ilegal, nada vergonzoso, nada que importe realmente. Pero es mi información. Mi dirección. Mi compra. Mi pequeño rincón de privacidad en un mundo cada vez más transparente.
Y está ahí, disponible para quién sabe qué.
Como he escrito antes cuando hablábamos del microondas o del mando a distancia, cada tecnología transformadora viene con un precio que no siempre vemos al principio. El microondas nos dio velocidad pero cambió nuestra relación con la comida. El mando a distancia nos dio control pero fragmentó nuestra atención. La televisión nos trajo el mundo a casa pero también nos encerró en nuestras salas.
¿Cuál es el precio de que la IA que pueda leer nuestros correos?
No estoy hablando de teorías de conspiración ni de Big Brother. Estoy hablando de algo mucho más sutil y cotidiano: la erosión gradual de esos pequeños espacios de privacidad que ni siquiera sabíamos que teníamos.
Yo recibí esos mensajes. Era mi información, en mi correo, bajo mi control. O eso creía. Pero en el momento en que la comparto con una IA sin darme cuente —incluso para hacerle una pregunta inocente— esa información deja de ser privada de una forma que antes no era posible.
Porque no es solo que la IA pueda leerla. Es que puede entenderla. Puede extraer significado, patrones, relaciones. Puede saber qué compro, dónde vivo, cuánto gasto, qué me interesa, con quién me comunico.
Y lo hace instantáneamente, sin esfuerzo, sin que yo necesariamente me dé cuenta de todo lo que estoy revelando con una simple imagen.
Desde Fundación Human-IA hablamos constantemente de ser adoptantes conscientes de la tecnología, de despertar el espíritu crítico antes de que sea demasiado tarde. Pero incluso yo, que dedico mi vida a esto, me sorprendo ante la facilidad con la que la intimidad se desvanece en la era de la IA.
No se trata solo de políticas de privacidad o términos y condiciones que nadie lee. Se trata de algo más fundamental: hemos creado sistemas tan capaces de entender nuestro mundo que cada imagen, cada texto, cada interacción se convierte en una confesión involuntaria.
Mi preocupación no es paranoica. Es práctica.
Si una IA puede extraer toda esa información de unos simples correos, ¿qué más está extrayendo de las miles de imágenes, documentos y conversaciones que compartimos cada día? ¿Qué patrones está encontrando? ¿Qué perfiles está construyendo? ¿Y quién tiene acceso a todo eso?
Esto no es una advertencia apocalíptica. Es una invitación a la consciencia.
Cada vez que compartimos algo con una IA aunque no nos demos cuenta —una imagen, un documento, una conversación— estamos compartiendo mucho más de lo que creemos. Y a diferencia de compartir con otro humano, donde hay límites naturales de memoria, atención y capacidad de procesamiento, con la IA no hay olvido. No hay distracción. No hay límite.
Todo queda. Todo se analiza. Todo significa algo.
Me pregunto si Kemeny (el autor del libro que compré), cuando escribió en 1972 sobre la relación simbiótica entre humanos y computadoras, imaginó que llegaríamos a este punto. Donde la simbiosis sería tan íntima que ni siquiera seríamos conscientes de todo lo que estamos compartiendo.
Por fin llegó el libro y pienso en la ironía: quiero leer sobre nuestra relación con las computadoras, pero para rastrear mi preocupación sobre el envío, he tenido que revelar a una computadora más información personal de la que pretendía.
La pregunta ya no es si la IA puede entendernos.
La pregunta es: ¿entendemos nosotros todo lo que revelamos cuando hablamos con ella?
PS: Para que Gemini deje de tener acceso a tu información personal, puedes desactivar esas funciones siguiendo estos pasos:
- Desactivar las Extensiones de Gemini
Puedes apagar el acceso de forma selectiva (solo Gmail, solo Drive, etc.) o por completo:- Abre Gemini en tu navegador o aplicación.
- Haz clic en el icono de Ajustes (la rueda dentada) en la parte inferior izquierda o busca el menú de Extensiones (icono de una pieza de rompecabezas).
- Verás una lista de aplicaciones como «Google Workspace» (que incluye Gmail, Drive y Docs).
- Desactiva el interruptor de las aplicaciones a las que no quieras que acceda.
- Gestionar tu Actividad en Gemini
Aunque desactives las extensiones, Gemini guarda el historial de tus conversaciones para mejorar el modelo. Si quieres borrar lo que has hablado o evitar que se guarde:- Ve a myactivity.google.com.
- Busca la sección de Actividad en las Aplicaciones de Gemini. Ahí puedes configurar la Eliminación automática o desactivar el historial por completo.
Control: Al desactivar la extensión de Google Workspace, ya no podrá responder preguntas sobre tus vuelos, correos de compras (como el libro de Kemeny) o documentos guardados en Drive. Pero como propugnamos siempre, la decisión es tuya, tu decides.


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