Hay conversaciones que marcan un antes y un después. Momentos en los que quienes están construyendo el futuro hablan con una franqueza que hiela la sangre o enciende la esperanza, según desde dónde se mire. La entrevista «The Day After AGI» en el Foro Económico Mundial 2026 entre Demis Hassabis (Google DeepMind) y Dario Amodei (Anthropic) es precisamente eso: una ventana sin cortinas al precipicio de la transformación más radical que enfrentará nuestra especie.
Y no estamos hablando de ciencia ficción. Estamos hablando de los próximos 12 a 36 meses.
La cuenta atrás ya empezó
Cuando Dario Amodei dice que para 2026 o 2027 tendremos modelos con capacidades de «nivel Premio Nobel» en múltiples campos, no está especulando. Está describiendo lo que ya ve en sus laboratorios: ingenieros de Anthropic que ya no escriben código, solo lo editan. Sistemas de IA que comienzan a mejorar su propia investigación.
Demis Hassabis, siempre más cauteloso, mantiene un 50% de probabilidad para finales de la década. Pero incluso su prudencia no oculta lo inevitable: la AGI no es una cuestión de «si», sino de «cuándo». Y ese «cuándo» está medido en años, no en décadas.
Es el mismo patrón que he venido observando en cada revolución tecnológica. Las organizaciones siguen aferradas a sus estrategias obsoletas mientras el mundo cambia bajo sus pies. Pero esta vez no se trata solo de reorganizar departamentos o adoptar nuevas metodologías. Se trata de que el juego mismo está cambiando de reglas.
El fin del nivel junior: la primera gran extinción laboral
Aquí es donde la conversación deja de ser abstracta y se vuelve brutalmente concreta.
Amodei no se anda con rodeos: en los próximos 1 a 5 años, hasta el 50% de los empleos de oficina de nivel inicial podrían desaparecer. No «transformarse». No «evolucionar». Desaparecer.
Hassabis añade que este mismo año ya veremos el impacto real en pasantías (becas o contratos en prácticas) y empleos para recién graduados. Su consejo para los estudiantes es convertirse en expertos en herramientas de IA para «saltar etapas» y mantenerse relevantes.
Detengámonos aquí un momento. Como he escrito en artículos anteriores sobre cómo aprovechar estas herramientas, la metacognición —la capacidad de planificar, monitorear y refinar el pensamiento— se está convirtiendo en el diferenciador crítico. Imaginen ahora a toda una generación de jóvenes profesionales que ni siquiera tendrán la oportunidad de desarrollar expertise tradicional porque esos puestos habrán dejado de existir.
La escalera del desarrollo profesional —esa que siempre asumimos que estaría ahí, con sus peldaños de junior, semi-senior, senior— está siendo serrada desde abajo mientras discutimos si la IA es una amenaza o una oportunidad.
No es ninguna de las dos. Es un tsunami.
La adolescencia tecnológica de la humanidad
Dario Amodei introduce un concepto fascinante basado en la película Contact: la humanidad está en su «adolescencia tecnológica». Es una metáfora perfecta. Los adolescentes tienen poder sin madurez, capacidad sin sabiduría, impulso sin previsión.
Y estamos a punto de conseguir el equivalente tecnológico de las llaves del coche de papá.
Los riesgos que Amodei identifica no son teóricos: bioterrorismo facilitado por IA, sistemas autónomos descontrolados, y estados autoritarios que usen esta tecnología para perfeccionar la opresión. Su crítica a la venta de chips avanzados a países adversarios es demoledora: compara venderle chips de IA a regímenes autoritarios con «vender armas nucleales a Corea del Norte por los beneficios de Boeing».
Esto conecta directamente con algo que he defendido desde la fundación de Human-IA: las herramientas nunca crean mediocridad, revelan lo que ya existe en quien las usa. Pero cuando hablamos de herramientas con el poder de la AGI, la revelación puede ser catastrófica si quien las empuña carece de valores democráticos o respeto por los derechos humanos.
El propósito en un mundo post-escasez
Tal vez la pregunta más perturbadora de toda la conversación no tiene que ver con la tecnología, sino con nosotros mismos: ¿qué haremos cuando el trabajo tradicional ya no sea necesario?
Hassabis y Amodei hablan de un futuro de abundancia material gracias a la IA, pero reconocen que el mayor desafío será encontrar significado y propósito cuando lo que siempre nos definió —nuestro trabajo, nuestra contribución económica— deje de ser relevante.
Esta es la pregunta que llevamos décadas evitando. La que nos aterra más que cualquier escenario de desempleo tecnológico: ¿quiénes somos si no somos lo que hacemos?
Desde la Fundación Human-IA he insistido una y otra vez en que «la herramienta es solo la herramienta, lo que importa es quién usa la herramienta». Pero ahora la pregunta va más profundo: ¿quién queremos ser cuando las herramientas puedan hacer casi todo lo que hacemos?
La Paradoja de Fermi y el Gran Filtro
En un giro casi filosófico, les preguntan por qué no vemos vida inteligente en el universo. La respuesta de Hassabis es reveladora: teoriza que la humanidad ya pasó el «Gran Filtro» —posiblemente la evolución de la vida multicelular— y que la IA no es necesariamente un destructor de civilizaciones.
Su razonamiento es simple pero profundo: si la IA generalmente destruyera a las civilizaciones que la desarrollan, veríamos evidencias de megaestructuras artificiales en el espacio, construidas antes de la autodestrucción. No las vemos.
Esto significa que nuestro destino no está escrito. El futuro depende totalmente de cómo manejemos esta herramienta ahora.
No el próximo año. No cuando tengamos «más datos». Ahora.
El indicador que lo cambiará todo
Ambos líderes coinciden en un punto crucial: el indicador clave para observar este próximo año es qué tan rápido los sistemas de IA comienzan a construir mejores sistemas de IA por sí mismos.
Cuando ese bucle de retroalimentación se active —IA mejorando IA— la velocidad de progreso se volverá exponencial de formas que actualmente no podemos predecir. Ese será el momento bisagra. El punto sin retorno.
Y según Amodei, podríamos estar a meses de verlo.
Despertar antes del precipicio
Como he repetido hasta el cansancio desde este puente: el espíritu crítico debe despertarse antes de la adopción masiva, no después.
No podemos esperar a que la AGI esté aquí para empezar a pensar en las implicaciones. No podemos esperar a que desaparezcan los empleos junior para replantear la educación. No podemos esperar a que estados autoritarios perfeccionen sistemas de control con IA para regular su desarrollo.
La conversación entre Hassabis y Amodei no es un ejercicio académico. Es una llamada de atención urgente de quienes están literalmente construyendo el futuro que habitaremos todos.
¿Estamos escuchando?
Porque, como mostré en «La Lección del Telar de Jacquard», la resistencia nunca detiene el progreso tecnológico. Solo determina quién lo aprovecha conscientemente y quién es arrasado por él. Ya pasó con los telares, con las computadoras personales como exploré en «Cómo una guía de compra del pasado nos muestra el futuro», y está pasando ahora con la IA.
La diferencia esta vez es la velocidad. Y la magnitud.
El día después de la AGI no es ciencia ficción. Es el calendario que tenemos colgado en la pared, con fechas marcadas entre 2026 y 2027.
La pregunta no es si llegaremos. La pregunta es: ¿con qué nivel de conciencia crítica llegaremos?
Porque, parafraseando a Hassabis: el futuro depende totalmente de cómo manejemos esto ahora.
Y «ahora» significa exactamente eso.
Ahora.


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