¿Guiones sin alma?

¿Guiones sin alma?

El pasado 2 de febrero de 2026, en DeepBusiness de Capital Radio estuvimos (María José de Vega y yo) con José Velasco y José Mínguez, hablando de la transformación de la industria audiovisual mediante la Inteligencia Artificial. En un momento de la conversación, José Mínguez dijo algo revelador: «Nos encantaría tener una API, …, una API con toda la información que tiene Netflix en sus servidores, o con Amazon o con HBO, nos encantaría, porque creo que haríamos mejores guiones y mejores contenidos.»

Yo le contesté algo que llevaba tiempo pensando: «Yo ahí creo que saldrían cosas excesivamente planas.»

Y luego añadí una visión que me parece inevitable: «Es decir, yo soy más de que al final, de aquí a poco tiempo, vamos a tener nuestra película hecha para nosotros, que será distinta a la que vea otro al lado. Igual que cuando yo estoy viendo Netflix y entro con mi cuenta, y entra otra persona con su cuenta, vemos cosas distintas, porque a ella le gustan determinadas cosas que a mí no me gustan, y viceversa.»

La conversación me persiguió días después. Porque detrás de ese intercambio aparentemente técnico sobre datos y personalización, había una pregunta mucho más profunda e incómoda: ¿qué pasaría si la IA escribiera todos los guiones? No algunos, no los comerciales, no los que nadie quiere hacer. Todos.

Y esa pregunta, cuanto más la pienso, más claro veo que nos dice mucho sobre qué tipo de humanidad queremos ser en esta era de inteligencia artificial.

He dirigido cine y teatro durante años, además de trabajar tres décadas en tecnología. Y puedo decirte que los mejores momentos en un escenario o en un plató nunca vinieron de seguir las reglas ni de optimizar para el gusto medio del público. Vinieron de romperlas en el momento preciso, de ese diálogo que sonaba mal en el papel pero cobraba vida en boca del actor, de esa pausa incómoda que nadie había escrito pero que lo cambiaba todo.

Hace unos días estaba viendo una película que me gustaba sin saber muy bien por qué. Tenía fallos evidentes: el ritmo era irregular, algunos diálogos sonaban forzados, había subtramas que no cerraban del todo bien. Pero algo en ella me mantenía enganchado, pensando, sintiendo cosas que no esperaba sentir.

Luego pensé: si una IA hubiera escrito esto guiándose solo por datos de lo que funciona, habría corregido todos esos «errores». Habría pulido el ritmo, mejorado los diálogos, cerrado las subtramas. Y probablemente habría matado todo lo que hacía que esa película fuera interesante.

Esa contradicción entre perfección técnica y verdad artística, entre datos y arte, entre personalización infinita y historias compartidas que nos unen… esa es la conversación que necesitamos tener.

La estandarización brillante

Si dejáramos que la IA escribiera la mayoría de los guiones, el primer efecto sería una estandarización masiva. Pero cuidado: no hablo de mediocridad. Hablo de algo más sutil y peligroso: la estandarización de la excelencia.

La IA optimizaría todo lo que ya sabemos que funciona. Estructuras en tres actos perfectamente calibradas, arcos de personaje que siguen todas las reglas del manual, ritmos que mantienen la atención sin esfuerzo, diálogos que suenan naturales sin ser incómodos, finales que resuelven todo sin dejar cabos sueltos.

¿El resultado? Películas impecables. Técnicamente brillantes. Emocionalmente efectivas. Y absolutamente intercambiables.

No porque la IA sea mala, sino porque aprende de patrones pasados. Y los patrones, por definición, son repetición. La IA puede combinarlos de formas nuevas, sí, pero siempre dentro del universo de lo que ya conocemos.

Recuerdo una obra de teatro que dirigí hace años. En los ensayos, había una escena que sobre el papel funcionaba perfectamente. Todo cuadraba: ritmo, intención, conflicto. Pero en escena se moría. Hasta que un actor, por error, invirtió el orden de dos réplicas. De repente, la escena cobraba vida. Era técnicamente «incorrecta» según el guion, pero dramáticamente necesaria.

Una IA jamás habría cometido ese «error». Habría seguido la estructura correcta. Y habríamos perdido el momento más potente de la obra.

Como he escrito antes en este puente, cuando las herramientas se democratizan, el diferenciador no es el acceso sino el pensamiento crítico. El problema aquí es que estaríamos delegando el pensamiento crítico a sistemas que, por diseño, no pueden tenerlo.

La verdad incómoda: escribiría mejor que muchos

Tengo que ser honesto con algo que cuesta admitir: si la IA escribiera la mayoría de los guiones comerciales, el nivel medio subiría considerablemente.

Muchos guiones flojos desaparecerían. Esas películas con tramas que no se sostienen, personajes que actúan de forma inconsistente solo porque el argumento lo necesita, diálogos que suenan a manual de instrucciones… todo eso se acabaría. La IA es extraordinaria detectando incoherencias narrativas, fallos estructurales, ritmos que no funcionan.

Tendríamos menos cine malo por razones técnicas. El «suelo» de calidad subiría.

Pero aquí está la trampa, la que me preocupa de verdad: el techo de lo posible no subiría con él. Tendríamos cine más competente pero no más valiente. Más profesional pero no más necesario. Más correcto pero menos vivo.

He leído cientos de guiones en mi vida. Los peores eran técnicamente desastrosos. Pero algunos de los más memorables también tenían «fallos» enormes según los manuales. Rompían reglas fundamentales. Se tomaban libertades que ningún algoritmo aprobaría. Y precisamente por eso funcionaban.

Y eso, desde la perspectiva de expandir el potencial humano, es exactamente lo contrario de lo que deberíamos buscar.

El verdadero campo de batalla: quién define qué historias merecen existir

El conflicto aquí no es técnico, es profundamente humano y cultural. La pregunta no es si la IA puede escribir buenos guiones (puede), sino quién controla los criterios con los que la IA aprende a escribir.

Si los grandes estudios entrenan modelos con métricas de rentabilidad, engagement y segmentación demográfica, obtendremos exactamente eso: historias diseñadas para maximizar ingresos, mantener atención y no ofender a ningún segmento clave del público.

Historias calculadas para gustar, no para importar. Para entretener, no para transformar. Para confirmar, no para cuestionar.

En mi experiencia dirigiendo, las mejores obras siempre fueron las que alguien necesitaba contar, no las que calculamos que el público querría ver. Las que nacían de una urgencia, de una pregunta que no tenía respuesta fácil, de una incomodidad que pedía forma.

Pensemos en esto con calma. Los algoritmos de recomendación ya decidieron qué música descubrimos, qué noticias leemos, qué productos deseamos. ¿De verdad queremos que también decidan qué historias vale la pena contar?

Porque hay una diferencia enorme entre usar IA como herramienta para explorar posibilidades narrativas y dejar que la IA defina qué posibilidades merecen explorarse.

En mi trayectoria en tecnología aprendí algo fundamental: la herramienta es neutra, pero el uso nunca lo es. Siempre refleja los valores, prioridades y sesgos de quien la diseña y quien la usa. Y si delegamos la creatividad narrativa a sistemas entrenados exclusivamente con criterios comerciales, obtendremos exactamente eso: comercio emocional, no arte transformador.

La muerte silenciosa del autor (o su expansión radical)

¿De quién es una historia escrita por una IA, ajustada por productores, refinada por analistas de datos, validada por algoritmos de predicción y aprobada por comités de inversión?

El concepto mismo de «autor» se diluiría. Pasaríamos de creadores a curadores. De voces únicas a gestores de procesos. El guionista ya no sería quien tiene algo urgente que decir, sino quien mejor sabe hacer que el sistema diga cosas efectivas.

Pero aquí es donde quiero detenerme y cambiar de perspectiva. Porque esto podría ser también una oportunidad extraordinaria para expandir radicalmente lo que significa ser autor.

Y lo digo desde la experiencia directa. Cuando empecé a trabajar en Casino 25, nuestra ópera pop documental, me enfrenté a un proyecto que habría sido literalmente imposible sin IA. Necesitaba crear música original, letras en varios idiomas, arreglos complejos, visuales… todo desde cero, sin presupuesto de producción musical ni equipo tradicional.

La IA me permitió explorar territorios que de otro modo habrían permanecido invisibles. Pude generar cientos de variaciones melódicas en minutos, probar estructuras armónicas que nunca habría tenido tiempo de componer a mano, crear arreglos orquestales que habrían requerido meses de trabajo con músicos profesionales.

Pero aquí está lo crucial: cada decisión creativa importante fue mía. La IA exploraba, yo elegía. La IA generaba posibilidades, yo decidía qué servía a la historia que necesitaba contar. La IA ampliaba mi alcance técnico, pero la urgencia narrativa, la intención artística, el porqué de esa obra… eso era irreductiblemente humano.

Casino 25 no habría existido sin IA. Pero tampoco habría importado si hubiera dejado que la IA decidiera qué merecía existir.

Imagina extender esto al cine: un guionista que puede explorar en minutos cientos de variaciones de una idea, que puede identificar patrones en su propia escritura que limitan su imaginación, que puede generar estructuras narrativas que nunca se le habrían ocurrido solo. Y luego, con todo ese territorio explorado, elegir conscientemente el camino que la máquina nunca elegiría. El incómodo. El raro. El necesario.

Cuando dirigía, pasaba horas explorando diferentes puestas en escena, diferentes ritmos, diferentes intenciones para una misma escena. Era agotador y lento. Si hubiera tenido una herramienta que me permitiera visualizar docenas de opciones en minutos, habría podido explorar mucho más territorio creativo. Pero la decisión final, la que hacía que esa obra fuera mía y no de otro, esa siempre tenía que ser humana.

Eso sí expandiría el potencial humano. No porque la IA escriba por nosotros, sino porque nos permite ver territorio que de otro modo permanecería invisible.

Como vengo insistiendo desde Human-IA, la clave no está en rechazar la herramienta ni en delegarle nuestra humanidad, sino en usarla conscientemente para hacer más visible aquello que solo los humanos podemos ver.

La paradoja del valor: cuando lo imperfecto se vuelve sagrado

Aquí viene algo que he observado una y otra vez en décadas de tecnología: cuanto más se automatiza algo, más valor adquiere precisamente lo que no puede automatizarse.

Si la industria adopta masivamente IA para escribir, el cine más interesante migrará inevitablemente a los márgenes. Voces personales, raras, a veces torpes, pero auténticamente humanas. Historias que no optimizan nada porque nacen de necesidades que no caben en métricas.

Pasó con la música cuando la producción digital alcanzó la perfección: el vinilo regresó, las imperfecciones se volvieron deseables, lo análogo cobró nuevo sentido. No por nostalgia, sino porque había algo en esa «imperfección» que nos conectaba de forma diferente.

Pasará con el cine. Ya está pasando. Surgirá (ya está surgiendo) un movimiento de «cine artesanal», historias que suenan a humano precisamente porque no suenan a optimización. Películas que se toman su tiempo, que dejan preguntas abiertas, que cometen «errores» narrativos que resultan ser aciertos emocionales.

He visto actores «arruinar» escenas técnicamente perfectas con pausas demasiado largas, con gestos inesperados, con interpretaciones que rompían lo planificado. Y en muchos casos, esas «ruinas» eran lo mejor de la película. Porque revelaban algo humano que ningún cálculo podía prever.

En Casino 25, algunas de las canciones más potentes tienen «imperfecciones» deliberadas que la IA habría corregido automáticamente. Respiraciones audibles, pausas asimétricas, cambios de tono que técnicamente no «funcionan» pero que emocionalmente son perfectos. Esos momentos los mantuve conscientemente porque sabía que eran lo que hacía que la obra sonara viva y no producida.

Y eso, lejos de ser un problema, podría ser la salvación creativa de una industria que lleva décadas priorizando fórmulas sobre riesgos.

El peligro silencioso: la simulación perfecta de la emoción

La IA puede aprender perfectamente los patrones de lo que nos ha hecho llorar antes. Puede identificar con precisión quirúrgica en qué momento debe morir el personaje secundario, cuándo debe entrar la música emotiva, qué palabras debe decir el protagonista para quebrarnos la voz.

Y lo hará cada vez mejor. Tan bien que no notaremos la diferencia.

Ese es el verdadero peligro: no que las historias sean malas, sino que sean tan efectivas simulando emoción que dejemos de distinguir entre sentir algo y ser transformados por algo.

Podemos llorar con una película y salir exactamente igual que entramos. Podemos emocionarnos intensamente y no cambiar nada de cómo entendemos el mundo o a nosotros mismos. Podemos consumir historias que nos tocan sin movernos de sitio.

Como director, siempre supe cuándo una escena funcionaba de verdad: no era cuando el público lloraba (eso es fácil de conseguir con la música adecuada), sino cuando se quedaban en silencio después de que cayera el telón. Ese silencio incómodo, necesario, que significa que algo dentro de ellos acaba de moverse.

La IA será extraordinaria generando lágrimas. Pero no sabe nada de silencios incómodos. Porque esos silencios no maximizan métricas de engagement.

La IA será extraordinaria generando ese tipo de experiencias: emociones prefabricadas, reconocibles, cómodas. Historias que nos confirman en lugar de cuestionarnos, que nos entretienen sin incomodarnos, que nos hacen sentir sin hacernos pensar.

Y desde la perspectiva de expandir el potencial humano, eso es exactamente lo contrario de lo que el arte debería hacer. El arte que importa no nos confirma, nos confronta. No nos entretiene, nos expande. No nos simula emociones, nos revela posibilidades de ser que no sabíamos que existían.

El futuro de la hiper-personalización: cuando cada uno ve su propia película

Volvamos a lo que comenté en el programa: ese futuro donde cada uno tendrá su película personalizada, distinta a la que ve la persona de al lado. Como cuando mi mujer y yo entramos en Netflix con cuentas diferentes y vemos contenidos completamente distintos.

Este escenario es técnicamente posible y probablemente inevitable. La IA podría generar versiones de una misma historia adaptadas a los gustos, preferencias culturales, referencias y hasta el estado emocional de cada espectador en tiempo real.

Pero aquí surge una pregunta incómoda: ¿qué perdemos cuando dejamos de ver las mismas historias?

Porque el cine, el teatro, las historias compartidas… siempre han sido parte de lo que nos une como sociedad. Hablamos de películas que vimos, discutimos interpretaciones, compartimos momentos que nos marcaron. ¿Qué pasa cuando esa experiencia común desaparece? ¿Cuando tú y yo vemos «la misma» película pero en realidad hemos visto cosas completamente diferentes?

La personalización total podría ser el máximo confort individual y, al mismo tiempo, la fragmentación definitiva de nuestra experiencia cultural compartida. Cada uno en su burbuja perfectamente optimizada, sin la incomodidad de encontrarse con perspectivas que no encajan con las propias.

Y ahí, de nuevo, aparece el tema de fondo: ¿queremos herramientas que nos expandan o que nos confirmen?

El escenario que sí expande: coautoría consciente y radical

El mejor escenario no es «IA sí» o «IA no». Esa dicotomía solo beneficia a quienes quieren simplificar un debate necesariamente complejo.

El escenario realmente poderoso es la coautoría consciente y radicalmente expansiva: usar IA como herramienta de exploración infinita, pero mantener la decisión humana sobre qué merece existir, qué nos incomoda creativamente, qué rompe patrones precisamente porque los patrones nos limitan.

Imagina esto: un guionista que puede generar en una hora mil versiones de una escena clave. Que puede explorar territorios narrativos que nunca habría tenido tiempo o recursos para considerar. Que puede identificar sus propios sesgos creativos, sus muletillas, sus zonas de confort.

Y luego, con todo ese territorio mapeado, elegir conscientemente el camino que ningún algoritmo elegiría porque no maximiza ninguna métrica conocida, pero que el instinto humano sabe que es necesario.

En los ensayos de una obra, probábamos cada escena decenas de veces. Diferentes ritmos, diferentes intensidades, diferentes bloqueos. Era un proceso largo y costoso. Pero era en esa exploración donde descubríamos qué funcionaba de verdad. Si hubiera podido explorar cien veces más rápido con IA, habría llegado a territorios creativos inalcanzables de otra manera. Pero la decisión de qué funcionaba, qué era auténtico, qué merecía quedar… esa era irreductiblemente mía.

Eso fue exactamente lo que pasó con Casino 25. La IA me permitió explorar un territorio creativo que habría sido imposible de otra manera. No porque hiciera el trabajo por mí, sino porque expandió radicalmente mi capacidad de exploración. Pude probar cientos de arreglos, miles de variaciones melódicas, docenas de estructuras narrativas en el tiempo que antes me habría llevado explorar cinco o seis.

Pero cada decisión sobre qué mantenía, qué descartaba, qué servía a la historia que necesitaba contar… esa era completamente mía. La IA expandió mi alcance, pero no reemplazó mi criterio.

Eso sí expandiría radicalmente nuestro potencial creativo. No porque la máquina piense por nosotros, sino porque nos permite ver más lejos para poder elegir mejor.

La IA podría convertirse en el mayor laboratorio creativo de la historia: un espacio para experimentar sin límites de tiempo o recursos, donde podemos fallar mil veces en minutos, explorar caminos imposibles, combinar elementos que nunca habríamos juntado.

Pero solo si mantenemos clara una cosa: la exploración es de la máquina, la decisión es nuestra. Siempre.

La responsabilidad de elegir qué historias contamos

Al final, si la IA escribiera todos los guiones, tendríamos cine más eficiente, más homogéneo, técnicamente impecable y emocionalmente predecible. Ganaríamos en competencia profesional y perderíamos en necesidad humana. Tendríamos más películas correctas y menos películas que alguien necesitaba urgentemente hacer existir.

Pero la pregunta de fondo no es esa. La pregunta que de verdad importa es: ¿dejaremos de valorar las historias que nos contradicen, que nos incomodan, que nos expanden hacia territorios que no sabíamos que existían?

Porque si aceptamos un cine que solo confirma lo que ya sabemos, que solo nos entretiene sin transformarnos, que solo simula emociones sin expandir nuestra capacidad de sentir… entonces el problema no será la IA. El problema seremos nosotros, que habremos dejado de usar nuestro pensamiento crítico, nuestra valentía creativa, nuestra capacidad de distinguir entre una historia bien calculada y una historia necesaria.

En Human-IA llevamos tiempo insistiendo en esto: la tecnología no nos amenaza, nos expande… si decidimos usarla conscientemente para eso. Con la IA escribiendo guiones pasa exactamente igual.

El riesgo no es que las máquinas aprendan a contar historias. El riesgo es que nosotros dejemos de saber por qué contamos historias. Que olvidemos que el cine, en su mejor versión, no existe para entretenernos sino para expandirnos. Para mostrarnos formas de ser humanos que no sabíamos que eran posibles.

He dirigido suficientes obras y películas para saber esto: las mejores historias nunca fueron las que todo el mundo entendió inmediatamente, sino las que alguien necesitaba contar aunque no supiera exactamente por qué. Las que nacían de una urgencia que no cabía en palabras, de una pregunta sin respuesta fácil, de una incomodidad que pedía forma.

Casino 25 nació así. De la necesidad de contar algo sobre conciencia social, arte y tecnología que no sabía exactamente cómo contar, pero que no podía dejar de intentarlo. La IA me dio las herramientas para materializarlo de formas que habrían sido imposibles hace solo un par de años. Pero la urgencia, la intención, el porqué… eso era completamente humano.

Y eso, ninguna IA puede hacerlo por nosotros. Porque requiere algo que las máquinas no tienen y nunca tendrán: la urgencia de quien necesita decir algo que no sabe cómo decir, pero que no puede dejar de intentarlo.


Desde el puente, sigo observando. Y sigo creyendo que las mejores historias nunca serán las que un algoritmo calculó que deberíamos escuchar, sino las que alguien necesitaba contarnos para expandir lo que creíamos posible.

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