Hace unos días leí sobre Nancy Roman, la astrónoma que dirigió el programa del telescopio Hubble durante décadas en la NASA. Su historia me quedó dando vueltas, no por la épica científica, sino por un detalle pequeño que cambió todo.
A los 11 años, Nancy vivía en las afueras de Reno, Nevada. La zona todavía no estaba muy iluminada y las estrellas se veían con una claridad que ya no existe en nuestras ciudades. Le fascinaban. Tanto que formó un pequeño club de astronomía con amigas del barrio. Se reunían para aprender sobre constelaciones, para mapear el cielo.
Era solo curiosidad infantil. Pero esa curiosidad no se apagó.
Unos años después, ya en el instituto, le tocó elegir entre continuar con latín o hacer un segundo curso de álgebra. Para ella la elección era obvia: si quería seguir entendiendo el universo, necesitaba matemáticas. Su consejero escolar la miró y le preguntó: «¿Por qué iba una señorita a elegir matemáticas en vez de latín?»
Nancy eligió álgebra de todos modos.
Esa decisión, aparentemente trivial, fue el primer paso de un camino que la llevaría a convertirse en una de las primeras ejecutivas de la NASA y a liderar uno de los proyectos científicos más importantes del siglo XX.
El patrón que se repite
Lo interesante no es la anécdota en sí. Lo interesante es que Nancy siguió encontrándose ese mismo muro durante décadas. En la universidad, el director del departamento de Física le dijo: «Normalmente intento disuadir a las mujeres de que se gradúen en física, pero quizá tú sí puedas hacerlo».
Ella siguió adelante.
Se doctoró en astronomía en 1949, trabajó en observatorios, y cuando en 1959 la NASA le preguntó si conocía a alguien que quisiera crear un programa de astronomía espacial desde cero, aceptó. Sabía que dejaría de hacer investigación directa, pero el desafío de construir algo que influyera en la astronomía durante décadas le pareció demasiado importante.
Y vaya si influyó.
La persistencia no es romantizable, es necesaria
Nancy pasó años viajando por Estados Unidos hablando con astrónomos para entender qué necesitaban. La conclusión era clara: necesitaban mirar el espacio sin la distorsión de la atmósfera terrestre. Necesitaban un telescopio en órbita.
La idea llevaba rondando desde 1946, pero el escepticismo sobre su viabilidad y su costo la tenía paralizada. Nancy se dedicó a convertirla en realidad. No con un gran discurso motivacional, sino con trabajo constante: coordinando comités de astrónomos e ingenieros, refinando diseños, justificando presupuestos, convenciendo al Congreso año tras año.
En 2016, dos años antes de morir, escribió un artículo reflexionando sobre su carrera. No habló de su brillantez técnica ni de su visión científica. Habló de algo más simple: «La habilidad de hablar y escribir bien y con fluidez».
Porque su trabajo durante 21 años no fue principalmente hacer cálculos. Fue comunicar una visión lo suficientemente bien como para que otros la compartieran y la apoyaran.
Lo que esta historia tiene que ver con la IA (y contigo)
Desde Human-IA trabajamos con la convicción de que la tecnología debe amplificar el potencial humano, no sustituirlo. Y la historia de Nancy ilustra algo crucial: las herramientas solo amplifican lo que ya traes.
La IA puede ayudarte a estructurar argumentos, refinar presentaciones, encontrar las palabras precisas. Pero no puede darte la convicción que hace que tus palabras resuenen. No puede sustituir tu comprensión profunda del tema, tu capacidad de anticipar objeciones, tu habilidad para conectar con tu audiencia.
Nancy tenía una pasión genuina por hacer real algo que parecía imposible. Tenía persistencia para seguir comunicándola año tras año. Y tenía claridad sobre por qué importaba. Las herramientas de comunicación de su época —presentaciones físicas, reportes, reuniones— amplificaban esas capacidades. Pero sin esa base, las herramientas no habrían servido de nada.
Es exactamente igual con la IA hoy. Como vimos en nuestro análisis sobre metacognición y creatividad, las herramientas amplifican capacidades cuando quien las usa ya tiene claridad sobre sus objetivos y comprende profundamente su campo.
Primero tienes que elegir tu álgebra. Primero tienes que decidir qué te apasiona lo suficiente como para perseguirlo aunque otros cuestionen la decisión.
Cuando el impacto trasciende la vida profesional
El Hubble se lanzó finalmente en 1990, después de décadas de trabajo. Nancy ya estaba retirada, pero su huella estaba en cada aspecto del proyecto. El telescopio transformó nuestra comprensión del universo y sigue operando más de 30 años después.
Pero Nancy no se quedó descansando. En los años 90 se dedicó a enseñar en escuelas primarias, especialmente a niñas, animándolas a considerar carreras científicas. «Una de las razones por las que me gusta trabajar en colegios es para tratar de convencer a más mujeres de que pueden convertirse en científicas y de que la ciencia puede ser muy divertida», decía.
En 2017, LEGO lanzó un conjunto de figuras de mujeres de la NASA. Nancy era una de ellas. Una científica de 92 años convertida en juguete, en símbolo accesible para niños de todo el mundo.
Lo que su decisión de los 15 años nos pregunta hoy
Cuando pienso en Nancy eligiendo álgebra en vez de latín, veo una pregunta que todos enfrentamos en algún momento:
¿Qué versión de tu potencial estás dejando sin desarrollar porque alguien te convenció de que debías elegir el camino «apropiado»?
No todos vamos a construir telescopios espaciales. Pero todos tenemos momentos donde podemos elegir entre lo que se espera de nosotros y lo que genuinamente nos apasiona. Y la acumulación de esas pequeñas decisiones, tomadas consistentemente, determina no solo qué logramos individualmente, sino qué se vuelve posible.
Porque cuando Nancy construyó el Hubble, no solo expandió su propio potencial. Expandió el potencial de cada astrónomo que lo ha usado, de cada estudiante que se inspiró con sus imágenes, de cada niño que vio esas fotografías del espacio y se atrevió a soñar más grande.
La tecnología como amplificador, no como sustituto
Esto es lo que defendemos desde la Fundación Human-IA. La IA puede ayudarte a construir más rápido, llegar más lejos, materializar ideas que hace una generación habrían sido imposibles. Como explicamos en nuestro post sobre la metamorfosis digital de 2026, estamos en un momento donde las barreras técnicas están cayendo. Lo que antes requería equipos completos, ahora lo puede hacer una persona con las herramientas adecuadas.
Pero las herramientas nunca son suficientes por sí solas. Primero tienes que tener algo que quieras construir. Primero tienes que decidir que tu visión vale la pena perseguir.
Nancy lo expresó con perfecta claridad hacia el final de su vida: «He tenido una carrera fantástica en un campo que me encanta».
No dijo que fue fácil. Dijo que fue fantástica. Dijo que amó su campo.
La tecnología puede amplificar tu capacidad de hacer realidad lo que amas. Pero tú tienes que decidir primero qué es lo que amas.
La pregunta sigue abierta
Si algo te apasiona de verdad, ¿qué estás dispuesto a hacer para perseguirlo?
Nancy eligió álgebra. Construyó un telescopio que nos mostró el universo. Y nos dejó un recordatorio: los límites que otros imponen sobre tu potencial dicen más sobre sus propias limitaciones que sobre las tuyas.
Hoy tenemos herramientas que Nancy no podría haber imaginado. Tenemos IA que puede ayudarnos a aprender más rápido, crear más eficientemente, llegar más lejos. Pero esas herramientas solo amplifican lo que ya traes: tu pasión, tu persistencia, tu claridad sobre qué vale la pena construir.
Elige tu álgebra. Las herramientas pueden ayudarte con el resto.


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