Recuerdo hace ya muchos años, durante una proyección de El Rey León, una niña de unos cuatro años sollozaba mientras Mufasa moría en la pantalla. Su padre, incómodo ante el llanto, le susurró: «Tranquila, cariño, solo es un dibujo».

La niña se giró hacia él con esa mezcla de compasión y desdén que solo los niños saben conjurar. «Papá», le dijo con paciencia infinita, «ya sé que es un dibujo. Por eso puedo llorar».

Esa respuesta, que escuché desde desde la fila de atrás, se me quedó grabada. No la entendí del todo en ese momento. Pero ahora, viendo cómo millones de adultos consumimos videos hiperrealistas generados por IA—algunos obviamente imposibles, otros inquietantemente plausibles—empiezo a comprenderlo.

Debemos hacer exactamente lo mismo que hizo aquella niña: suspender voluntariamente las reglas de lo posible para acceder a algo que la realidad convencional no puede darnos.

El pacto secreto de los dibujos animados

Los niños no son tontos. Saben perfectamente que los ratones no hablan, que los héroes no vuelan, que las princesas no despiertan con besos mágicos. Pero aceptan esas reglas porque los dibujos animados les ofrecen algo que necesitan: un espacio donde explorar emociones enormes, conflictos absolutos, transformaciones imposibles.

Ningún niño ve Toy Story preguntándose constantemente «¿pero los juguetes de verdad hablan?». Esa pregunta destruiría el propósito completo de la experiencia. Los dibujos animados funcionan porque establecen un contrato implícito: estas no son las reglas del mundo real, y está bien así. Vamos a explorar juntos qué pasa cuando dejamos de preguntarnos si algo es posible y nos preguntamos qué significa.

El antropomorfismo extremo, la física imposible, las resoluciones mágicas—nada de eso son errores narrativos. Son características esenciales del medio. Permiten contar historias que serían absurdas o insoportables en acción real. ¿Te imaginas Up con actores de carne y hueso? La casa volando con globos perdería todo su poder metafórico. Se convertiría en un problema de ingeniería.

Cómo los adultos olvidamos suspender

En algún momento del crecimiento, muchos perdemos esa capacidad. Nos volvemos binarios: esto es real o falso, verdad o mentira, serio o entretenimiento. Desarrollamos una hipervigilancia epistemológica que nos protege del engaño pero que también nos empobrece narrativamente.

Por eso cuando aparecieron los primeros deepfakes de calidad, nuestra reacción colectiva fue de pánico: «¡Nos van a engañar! ¡Ya no sabremos qué es real!». Artículos alarmistas, documentales sombríos, legislaciones apresuradas. Todo enfocado en el engaño, la manipulación, la pérdida de la verdad.

Sí, esos riesgos existen. Pero nos perdimos algo fundamental en el camino: estaba emergiendo un nuevo lenguaje narrativo. La capacidad de crear hiperrealismo visual sin los costos prohibitivos del cine tradicional iba a democratizar formas de contar historias que antes solo estaban al alcance de estudios con presupuestos millonarios.

El hiperrealismo como lenguaje

Cuando ves en redes sociales un video de un perro pilotando un avión mientras su dueño duerme en la cabina, generado completamente por IA, ¿te están engañando? Solo si crees que el propósito es hacerte pensar que eso ocurrió realmente.

Pero la mayoría no nos hacemos esa pregunta. La suspendemos instantáneamente porque el contexto—la plataforma, el tono, lo obviamente inverosímil—nos dice: esto es narrativa, no noticia. Es el mismo mecanismo cognitivo que permite a un niño de cinco años distinguir perfectamente entre un documental sobre leones y El Rey León.

Lo que está pasando es más sutil e interesante que el simple engaño: estamos desarrollando colectivamente una nueva alfabetización visual. Aprendiendo a leer las señales que distinguen el hiperrealismo narrativo del registro documental. Y en el proceso, recuperando algo que habíamos perdido: la capacidad adulta de suspender voluntariamente la incredulidad para acceder a capas de significado que la realidad literal no puede contener.

Expandir el repertorio de lo expresable

En Casino 25, nuestro proyecto de ópera pop creada íntegramente con IA, demostramos algo: cuando usas la inteligencia artificial con propósito consciente, no estás sustituyendo la creatividad humana—la estás amplificando. El hiperrealismo visual funciona igual. No sustituye la realidad, expande el repertorio de lo expresable.

Piensa en las posibilidades prácticas:

Un educador puede crear escenas históricas imposibles de filmar—la Roma antigua, el interior de una célula, la superficie de Marte—con un realismo que hace décadas requería presupuestos de Hollywood. No para engañar a los estudiantes haciéndoles creer que «así ocurrió exactamente», sino para darles un espacio imaginativo rico donde explorar conceptos abstractos.

Un artista conceptual puede visualizar mundos especulativos con una inmediatez que antes era imposible. No para «hacer creer» que esos mundos existen, sino para invitar a la reflexión sobre posibilidades, sobre futuros alternativos, sobre consecuencias de decisiones presentes.

Un terapeuta podría ayudar a un paciente a visualizar miedos, traumas o aspiraciones de formas que las palabras solas no pueden capturar. No para «crear realidades falsas», sino para acceder a verdades emocionales que la realidad literal no representa adecuadamente.

En cada uno de estos casos, el hiperrealismo funciona como los dibujos animados: no porque pretenda ser real, sino precisamente porque no lo es. Su poder está en ser un «como si» consciente.

La metacognición que marca la diferencia

La investigación de Harvard sobre creatividad y metacognición mostró algo revelador: no todos aprovechamos igual este nuevo lenguaje. No porque unos sean más «listos» que otros, sino porque algunos mantienen activa esa capacidad metacognitiva de operar simultáneamente en múltiples niveles de realidad.

Los niños lo hacen naturalmente. Pueden estar completamente absorbidos emocionalmente en Frozen y dos segundos después comentar sobre «cómo hicieron el efecto de la nieve». Fluyen entre inmersión y análisis, entre participación y reflexión.

Muchos adultos perdemos esa fluidez. Nos quedamos atascados en un modo: o lo tomamos todo literalmente y nos escandaliza cualquier desviación de lo factual, o lo desechamos todo como «fake» y perdemos acceso a sus posibilidades expresivas.

Recuperar esa fluidez—esa capacidad de saber que algo no es real mientras participamos en su verdad emocional o conceptual—es parte fundamental de expandir nuestro potencial en la era de la IA.

El verdadero peligro no es el engaño

Alguien dirá: «Pero espera, ¿qué pasa cuando la gente SÍ se deja engañar? ¿Qué pasa con las deepfakes maliciosas, con la desinformación política?».

Son preguntas válidas. Pero el error es pensar que el problema es la tecnología. Como vimos con el ajedrez, las herramientas no determinan los resultados. La misma IA que puede crear desinformación puede crear arte que despierte conciencias. La diferencia está en el usuario, en su intención, en su nivel de consciencia crítica.

El peligro real no es que la tecnología nos engañe. Es que perdamos la capacidad de pensar críticamente, de cuestionar nuestras propias interpretaciones, de mantener múltiples hipótesis simultáneas sobre lo que vemos.

Un niño viendo dibujos animados no desarrolla «incapacidad para distinguir ficción de realidad». Al contrario, desarrolla una capacidad sofisticada de navegar entre múltiples niveles de verdad. Sabe que Bambi no es un ciervo real, pero también sabe que la pérdida de su madre representa algo profundamente real sobre vulnerabilidad, amor y pérdida.

Los adultos necesitamos recuperar—o tal vez desarrollar por primera vez—esa misma sofisticación para el hiperrealismo de IA.

Un nuevo género narrativo

Cuando se inventó el teléfono, hubo gente que pensó que era el fin de la conversación cara a cara, el colapso de la comunicación auténtica. Esa resistencia a las tecnologías transformadoras es un patrón histórico recurrente. Siempre subestimamos cómo la humanidad se adapta, cómo encuentra formas de usar las nuevas capacidades para ampliar—no sustituir—las anteriores.

El hiperrealismo generado por IA no va a eliminar el cine documental, ni el periodismo investigativo, ni el testimonio directo. Va a coexistir con ellos como un nuevo género narrativo con sus propias reglas, sus propias posibilidades, sus propias limitaciones.

Igual que los dibujos animados no eliminaron las películas de acción real. Crearon un espacio expresivo único donde ciertos tipos de historias—ciertas verdades emocionales, ciertos experimentos conceptuales—pueden explorarse de formas que el realismo tradicional no permite.

Participación consciente

Al final, lo que buscamos en Human-IA no es generar miedo ni resistencia, sino capacidad de participación consciente. No queremos que veas un video hiperrealista y te preguntes obsesivamente «¿es real o es IA?». Queremos que te preguntes: ¿qué está tratando de comunicar? ¿Qué propósito sirve? ¿Qué verdad—si es que hay alguna—está explorando a través de esta irrealidad?

Aquella niña en el cine, a sus cuatro años, ya lo entendía: el poder de los dibujos animados no está en que pretendamos que son reales. Está en que nos permiten acceder a verdades que la realidad sola no puede contener.

Los adultos estamos redescubriendo esa capacidad con los videos hiperrealistas de IA. No somos víctimas pasivas de engaño masivo. Somos participantes activos en la evolución de un lenguaje expresivo que, usado conscientemente, puede expandir enormemente las formas en que nos contamos historias, exploramos ideas y comprendemos el mundo.

La pregunta ya no es si esta tecnología es «buena» o «mala». Es si cada uno de nosotros tiene la metacognición necesaria para usarla con propósito, con consciencia, con esa misma sabiduría que muestran los niños cuando lloran por Mufasa sin olvidar ni por un segundo que están viendo un dibujo.


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