Cuando el precio ya no lo decides tú, ni el mercado, sino lo que la IA cree que puedes pagar
El otro día, en pleno trabajo, me apareció ese aviso que ya conozco bien: he alcanzado mi límite de uso y tengo que esperar. No es la primera vez que me pasa trabajando con Claude o con GPT, y cada vez me hago la misma pregunta, que nunca consigo responder del todo: ¿cuánto había gastado exactamente hasta ese aviso?
Fui a mirar el contador de la luz de casa, casi por comparar. Ahí el número es innegociable: tantos kilovatios, tanto coste, y puedo ver en tiempo real si el aire acondicionado está disparando el consumo. Con el gas y con el agua pasa lo mismo. Pero cuando trabajo con una IA no tengo ese equivalente. No sé si esa respuesta larga que acabo de pedir ha costado diez veces más que la anterior porque activé el razonamiento extendido, porque usé una herramienta de búsqueda, porque la conversación llevaba ya cincuenta mensajes y el modelo tenía que releer todo el historial cada vez, o simplemente porque me tocó un momento de mucha demanda y el sistema decidió, sin avisarme, servirme una versión más ligera del modelo.
Esa opacidad, la de no tener un contador que puedas mirar y entender, es el terreno perfecto para lo que llevo tiempo queriendo bautizar: el vibepricing.
Un contador que nadie te enseña
Cuando enciendes la lavadora, sabes lo que va a costarte, más o menos, porque el contador está ahí, a la vista, midiendo. Cuando escribes un prompt, no. He leído casos de usuarios de Claude Code que descubrieron un fallo técnico que multiplicaba el coste real de sus conversaciones entre diez y veinte veces sin que hubiera ninguna señal visible del problema; el sistema, simplemente, tenía que reprocesar más de lo necesario y el usuario pagaba esa ineficiencia sin enterarse. Y no hace falta que haya un error para que pase algo parecido: usar el modelo más potente para una pregunta sencilla, o dejar que una conversación se alargue demasiado, puede multiplicar el gasto real sin que tú lo notes en el momento, porque no hay una aguja moviéndose delante de tus ojos.
Aquí conviene pararse en un concepto que llevo dando por sabido: la fricción. En diseño de producto, fricción es todo lo que te frena cuando usas algo: el clic de más, la pantalla que no entiendes, la duda antes de escribir la frase correcta. Cuanta menos fricción, más fluida resulta la experiencia; es la palabra que los ingenieros usan para nombrar el esfuerzo invisible que gastas sin darte cuenta. Las herramientas de IA nacieron prometiendo eliminar esa fricción del todo: no hacía falta saber programar, ni redactar el prompt perfecto, bastaba con pedir con naturalidad. Escribí sobre esa promesa hace unos meses en Del Álgebra al «Vibe»: por qué el vibe coding es el nuevo Fortran.
Lo que veo ahora es que esa misma fricción que se suponía eliminada —tu imprecisión, tu conversación larga, tu duda repetida hasta dar con la frase correcta— se ha convertido en la unidad invisible con la que se factura. No te cobran por lo que consigues. Te cobran por cómo has llegado hasta ahí, y tú no tienes forma de verlo mientras ocurre.
El coste de pensar, sin contador a la vista
Ya escribí sobre esto en Cuando la inteligencia cueste menos que un café y también en Se me acabaron los tokens: la inteligencia se ha convertido en un recurso que se mide, se factura y se optimiza como la electricidad. Eso, en sí, no me parece alarmante. Que un modelo potente cueste más que uno ligero es una forma de pricing dinámico perfectamente honesta: refleja el coste computacional real, y en teoría tú decides con qué herramienta trabajar.
El problema es que digo «en teoría» porque, a diferencia de la luz, aquí casi nunca sabes el precio exacto de la decisión mientras la tomas. Y ese vacío es exactamente donde puede colarse algo más inquietante que un simple modelo de suscripción: un sistema que, en lugar de cobrarte solo por el coste computacional, empieza a inferir cuánto puedes o quieres pagar a partir de cómo escribes, de qué modelo eliges sin mirar el precio, de si tu urgencia se nota en el prompt. Ya conté en Cuidado con quien compartes tu información lo inquietante que resulta descubrir cuánto sabe una IA sobre ti sin que se lo hayas contado explícitamente. Ese mismo tipo de inferencia, aplicada al precio, es la siguiente frontera lógica. Si un asistente puede reconstruir los detalles de una compra a partir de un simple título, no hace falta demasiada imaginación para entender que un sistema de precios por IA puede leer, en tu forma de escribir un prompt, si eres alguien que negocia o alguien que no se fija en el coste.
Jugando al mus contra la máquina que te cobra
Escribí una vez sobre las tardes de mus con mi padre, sobre cómo me conocía tan bien que anticipaba mis señas antes de que yo mismo supiera qué iba a hacer con mis cartas. Lo conté en El gran Predictor ya está aquí. Aquella parálisis, la de saber que el otro lado de la mesa lee tus gestos mejor que tú mismo, me vuelve a la cabeza cada vez que pienso en el vibepricing.
Porque si el sistema que fija tu precio también es el sistema al que le confías tus dudas, tu prisa, tu falta de conocimiento técnico, entonces ya no estás negociando con un vendedor. Estás jugando al mus contra alguien que lleva viéndote las cartas desde la primera partida, y encima sin marcador visible sobre la mesa. Y la pregunta que de verdad me importa no es si esto es legal o eficiente —probablemente lo sea, al menos durante un tiempo— sino si somos conscientes de que estamos jugando esa partida cada vez que abrimos un prompt.
Lo que sí depende de nosotros
No escribo esto para asustar a nadie ni para sugerir que dejemos de usar estas herramientas. Sería absurdo, viniendo de quien lleva meses defendiendo que la IA expande nuestro potencial cuando la usamos con criterio. Pero expandir potencial exige, precisamente, no delegar el criterio, algo de lo que ya hablé en Si no sabes lo que quieres, la IA lo decidirá por ti. Exige preguntarse qué revela cada prompt sobre nosotros, exigir a quienes diseñan estos sistemas un contador tan claro como el de la luz, y elegir conscientemente cuándo un modelo caro merece la pena y cuándo no.
Las IA nos prometieron liberarnos de la fricción. El vibepricing, si no lo vigilamos, puede acabar cobrándonos precisamente por ella, y encima a oscuras. La diferencia entre una cosa y la otra no la va a poner el mercado. La vamos a poner nosotros, el día que exijamos ver el contador antes de seguir escribiendo.
El precio también tiene su propio prompt.



