El 15 de mayo, en la ceremonia de graduación de la Universidad de Arizona, ante unos diez mil estudiantes, Eric Schmidt —ex consejero delegado de Google— dijo que la inteligencia artificial iba a afectar a cada profesión, a cada aula, a cada hospital, a cada laboratorio: a las personas y a las relaciones que tienen. El abucheo que vino después se prolongó varios minutos largos. No fue un caso aislado. Una semana antes, en la Universidad Estatal de Middle Tennessee, el discurso de Scott Borchetta —fundador de uno de los grandes sellos discográficos independientes de Estados Unidos— recibió la misma respuesta en el instante en que dijo que la IA estaba transformando la producción mientras él hablaba. Y un día antes, en la Universidad Central de Florida, la ejecutiva Gloria Caulfield se quedó descolocada ante el abucheo generalizado y solo pudo decir: «¡Vale, he tocado una fibra sensible! ¿Puedo terminar?»

Tres graduaciones, tres semanas, el mismo patrón, documentado con detalle hace apenas un día. Y no son anécdotas sueltas: son la punta visible de algo que se está moviendo por debajo, en las facultades de medio mundo.

Detrás de ese abucheo sigue agazapada la misma imagen de siempre: el robot que se levanta contra nosotros, Skynet decidiendo que la humanidad es el problema. Le dediqué un libro entero a desmontar ese mito, «Terminator llegó sin avisar», porque la amenaza real nunca tuvo esa forma de ciencia ficción. Tiene una forma mucho menos cinematográfica y, por eso mismo, mucho más urgente.

El miedo tiene números

Lo primero que quiero dejar claro es que ese miedo no es un capricho generacional ni una rabieta tecnófoba. Tiene respaldo estadístico, y es reciente. Una encuesta de Gallup muestra que el entusiasmo de los más jóvenes hacia la IA ha caído catorce puntos en solo doce meses, mientras el porcentaje que admite sentir rabia hacia la tecnología ha subido hasta el 31%. Una encuesta de Harvard Business Review a casi 2.500 adultos de la Generación Z lo confirma desde otro ángulo: el 79% teme que la IA esté volviendo a la gente más perezosa, y un 62% teme que la esté volviendo menos inteligente.

Y esa rabia no se queda en la cabeza ni en la encuesta. Una investigación reciente revela que el 29% de los empleados admite sabotear activamente la implantación de la IA en su empresa —ignorar las herramientas, introducir datos de mala calidad a propósito, alimentar el rumor de pasillo que siembra desconfianza colectiva—. Entre la Generación Z, el porcentaje sube al 44%. Una macroencuesta de Randstad a 27.000 trabajadores y 1.225 empleadores en 35 mercados confirma el mismo desequilibrio desde otro ángulo: la Generación Z es, con diferencia, el grupo más preocupado por el impacto de la IA en su empleo, y mientras un 95% de los empleadores espera crecer este año, solo un 51% de los empleados comparte ese optimismo. El entusiasmo de quien dirige contra el miedo de quien entra. Ahí ya hay una pista de por dónde va el problema real.

Y esto no se queda en el ámbito universitario ni en quienes peor lo llevan. Siete de cada diez estadounidenses creen que la IA hará más difícil encontrar empleo, y el FMI calcula que la tecnología podría afectar al 60% de los puestos de trabajo en las economías avanzadas y al 40% en las emergentes. Ni siquiera quienes construyen estas herramientas están tranquilos: el propio Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic —la empresa que ha creado Claude, una de las inteligencias artificiales con las que trabajamos en Human-IA—, ha llegado a hablar de un desempleo de entre el 10% y el 20% si esto se gestiona mal.

No es ansiedad difusa. Es una generación entera —y buena parte de las que la rodean— tomando medidas concretas, o al menos sintiendo un miedo muy concreto, contra algo que percibe como una amenaza directa a su futuro. Y en algún punto de ese espectro, la rabia se vuelve extrema: el 10 de abril, un joven de veinte años lanzó un cóctel molotov contra la verja de la casa de Sam Altman, en San Francisco; una hora después fue detenido frente a la sede de OpenAI, donde intentaba forzar la entrada con una silla. Llevaba consigo una lista de nombres y direcciones de directivos del sector, junto con un documento que defendía eliminarlos. Dos días después, alguien disparó contra la misma propiedad desde un coche en marcha.

Cuento como un caso extremo, sino porque ilustra con una claridad incómoda el problema de fondo: ese chico le declaró la guerra a una casa, a una persona, a un edificio. Y aunque el 99,9% de los jóvenes asustados por la IA jamás haría algo remotamente parecido, comparten con él un mismo error de puntería. Abuchear a un ponente en una graduación, sabotear en silencio una herramienta en el trabajo o prender fuego a la verja de un directivo son gestos de intensidad radicalmente distinta, pero apuntan en la misma dirección equivocada.

El escalón que desapareció

Porque aquí está lo que de verdad debería preocuparnos, y no es la máquina.

David López, profesor de Esade, lo explicó hace unas semanas en El Confidencial con una expresión que se me quedó grabada: «cuello de botella formativo». Durante décadas, los primeros años de cualquier carrera servían para aprender haciendo: tareas repetitivas, mecánicas, de poco valor estratégico pero de enorme valor pedagógico. Ahí es donde un junior se equivocaba sin que el error costara demasiado, y donde con el tiempo desarrollaba criterio. La IA ha automatizado precisamente esas tareas. No ha eliminado los puestos de entrada: ha eliminado el escalón con el que se aprendía a subir a ellos. El resultado es una generación a la que se le exige rendir a nivel estratégico desde el primer día, sin haber pasado nunca por la fase en la que ese criterio se construye. Según el informe de Criteria de este curso, el 92% de los jóvenes de la Generación Z reconoce no sentirse suficientemente preparado para las exigencias actuales del mercado laboral. Otra encuesta confirma el síntoma desde otro ángulo: casi la mitad de la Generación Z dice sentirse preocupada o ansiosa, no tanto por la idea de quedarse sin trabajo de golpe, sino por la obligación de adquirir competencias nuevas o cambiar de carrera sin que nadie les haya explicado todavía cómo hacerlo.

Fíjate en la trampa: no es que la IA les haya quitado el trabajo. Es que les ha quitado el manual de instrucciones con el que generaciones anteriores aprendimos a llegar a ese trabajo, y nadie ha escrito uno nuevo. Ya hablé de esto desde otro ángulo en «Cuando la inteligencia cueste menos que un café»: el verdadero riesgo nunca fue que la IA sustituyera a quien la usa bien, sino que sustituyera a quien nunca llegó a aprender a usarla.

El examen que ya resolvió la máquina

Y aquí enlazo con algo que conté hace unos días. En plena temporada de PAU, me mandaron un problema que decían «muy difícil»: calcular el área de un rectángulo inscrito en una circunferencia usando una función trigonométrica. Lo desarrollé entero en «La nueva educación, la nueva evaluación». Cualquier modelo de IA actual lo resuelve en segundos, con el desarrollo completo. Y seguimos evaluando a nuestros jóvenes exactamente así, con el mismo tipo de prueba, los mismos criterios, el mismo temario, mientras el mundo en el que van a trabajar ha cambiado por completo a su alrededor.

Años memorizando procedimientos que una máquina ejecuta mejor y más rápido, pero cero horas dedicadas a lo que realmente les va a hacer falta: pensamiento crítico, criterio para juzgar si lo que les devuelve una IA tiene sentido y capacidad de hacerse las preguntas que la máquina no se hace. Ya lo desarrollé en «Pensamiento crítico vs. Prompts perfectos»: la herramienta nunca fue el problema. El problema es llegar a ella sin haber entrenado antes el criterio que decide qué hacer con lo que te devuelve.

Así que cuando un chaval de veinte años sale de ese sistema y se encuentra con que el trabajo que le prometieron ya no existe en la forma en que se lo describieron, su rabia es legítima. Lo que está mal dirigida es la puntería.

El caballo que nadie quiere desmontar

Lo desconcertante es que las instituciones educativas ya saben todo esto. Y aun sabiéndolo, no cambian el modelo: lo parchean. Prohíben el uso de ChatGPT en los exámenes en vez de rediseñar qué se examina. Añaden una asignatura optativa de «competencias digitales» en vez de repensar el currículo entero. Forman comisiones que tardan dos años en confirmar lo que cualquier estudiante de dieciséis años ya sabe desde el primer día de curso.

Escribí sobre este patrón en «La teoría del caballo muerto»: cuando una institución descubre que su caballo lleva tiempo muerto, no se desmonta. Compra un látigo más fuerte. Y el sistema educativo, frente a una IA que ha vuelto irrelevante buena parte de lo que enseña y de cómo lo evalúa, está comprando látigos cada vez más caros en lugar de bajarse del animal.

La lanzadera de Aristóteles

Hay algo casi irónico en todo esto, porque la promesa original de la automatización nunca fue el miedo. Fue justo lo contrario. Aristóteles, en el libro primero de la Política, escribió que si las lanzaderas tejieran solas y los plectros tocaran solos la cítara, los maestros no necesitarían ayudantes ni los amos esclavos. Lo conté con más calma en «Aristóteles y la IA»: la idea de que el trabajo automatizado nos liberaría del trabajo forzado es tan vieja como la filosofía occidental.

Si esa liberación nos llega hoy con forma de amenaza en vez de alivio, el fallo no está en la lanzadera. Está en que nunca reconstruimos a su alrededor lo que hacía falta reconstruir: cómo formamos a quien entra en el oficio, cómo redistribuimos lo que la máquina libera, cómo acompañamos a una generación durante la transición en vez de soltarla en mitad del cambio y pedirle que se las apañe sola.

Lo que sí merece un abucheo

Y aquí va el contraste que más me reconforta. En 1997, cuando Deep Blue venció a Kaspárov, casi todo el mundo dio por muerto el ajedrez humano. Hoy hay más Grandes Maestros que nunca y cien millones de personas jugando online, porque alrededor de esa máquina se construyó todo lo que faltaba: motores de análisis accesibles, plataformas para aprender, torneos para todos los niveles. Lo conté en «La Paradoja del Tablero»: la máquina que parecía haber acabado con un mundo terminó dándole su edad dorada, porque ese mundo se rediseñó a su alrededor en vez de limitarse a sobrevivirla.

Eso es exactamente lo que el sistema educativo todavía no ha hecho. Y ahí —no en el escenario de una graduación, no en la verja de la casa de un directivo— es donde yo dirigiría el abucheo, si tuviera que dirigirlo a alguien: a quien diseña los currículos que siguen premiando la memorización en 2026, a quien decide qué se examina y cómo, a quien lleva años sabiendo que el modelo está obsoleto y prefiere comprar un látigo más fuerte antes que bajarse del caballo. Ya hablé de qué potencial merece la pena expandir en «Expandir el potencial humano: ¿el tuyo o el que te programaron?»: si seguimos formando a una generación entera para un mundo que ya no existe, no nos sorprendamos de que llegue al mundo real con más miedo que herramientas.

La IA no les ha robado el futuro. Quien se lo robó fue quien ha tenido años para actualizar el aula y ha decidido no hacerlo.

El enemigo no es la máquina: es el aula que no cambia.


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