Ideas para navegar el presente

La que se avecina: el fin de la Universidad

La universidad llega tarde

Como profesor, durante años puse problemas y hacía respuestas que ya conocía.

Es lo que hace un profesor. Coges algo que la humanidad resolvió hace cuarenta, cien o dos mil años, se lo pones delante a alguien de veinte y le pides que recorra el camino como si nadie lo hubiera recorrido antes. La respuesta la tienes en el cajón. Lo que buscas es que la construya él.

Eso es una simulación, y toda simulación descansa sobre una premisa. La nuestra era esta: algún día estarás solo delante de un problema, sin mí, sin apuntes, sin nadie a quien preguntar, y ese día tendrás que arreglártelas. Las horas de ejercicios, el silencio del aula, la prohibición de la calculadora primero y del móvil después: todo con el fin de ensayar ese momento futuro de soledad.

Ese momento ya no va a llegar. Quien salga hoy de una facultad tendrá al lado, de por vida, algo que calcula, programa, redacta, traduce, compara hipótesis, revisa contratos y propone diagnósticos en veinte segundos. Prohibir la IA en un examen empieza a parecerse a evaluar a un arquitecto quitándole el programa de cálculo estructural porque algún día tendrá que levantar un edificio solo.

Hasta aquí, casi todos de acuerdo. Y como somos muy listos se nos ocurre una respuesta al problema.

La respuesta que damos todos

La universidad ya no enseñará respuestas. Enseñará a hacer buenas preguntas. A formular problemas mal definidos, que es como vienen los problemas de verdad: ambiguos, incompletos, contradictorios y mezclados con intereses de gente que quiere cosas distintas. A juzgar si la solución de la máquina es correcta, aplicable, legal o prudente. A decidir y a responder de la decisión, porque cuando debajo hay un paciente o un puente, «lo dijo el modelo» no es una defensa. A crear conocimiento donde todavía no lo hay. A colaborar con quien piensa distinto.

Yo he dado esa respuesta. La di hace unas semanas, aquí mismo, con un ejercicio de PAU rediseñado y todo: en lugar de pedir la solución, pedir que se localice el error en el razonamiento de la IA. Y la desarrollé con calma en Aprender en Tiempos de la IA, que trata precisamente de esto: de cómo cambia el aprendizaje cuando la respuesta deja de ser el premio. Sigo pensando que la lista es correcta. Esas son, exactamente, las capacidades que van a importar: a corto plazo.

Pero he ido cayendo en algo que entonces no vi, y es que toda esa respuesta es una visión que no sirve para un medio o largo plazo. Sirve para el curso que viene. Sirve para el alumno que ya está matriculado, para el departamento que tiene que rehacer una guía docente, para el profesor que en junio tiene que poner un examen que signifique algo. Es útil, es urgente y es correcta. Y no toca el problema de fondo ni por casualidad.

Porque cuando levantas la vista un poco más allá —cinco años, diez— la imagen cambia de escala y lo que aparece ya no es una reforma de la evaluación. Es la duda de si la institución completa, con esta forma, sigue teniendo sentido. La visión a corto es una discusión sobre exámenes. La visión a largo es bastante más impactante, y sospecho que es la única que importa: no cómo evaluamos dentro de la universidad, sino qué queda de la universidad cuando el mundo entero haya asumido que la respuesta está siempre disponible.

No es que la respuesta a corto sea equivocada. Es que resuelve el problema pequeño y deja el grande intacto, esperando.

Porque cuando lleguen, ya lo sabrán hacer

Piensa en quién va a cruzar la puerta de una facultad en 2032. Tiene dieciocho años, luego nació hacia 2014. Cuando la IA generativa se volvió cotidiana él tenía nueve o diez. Es decir: no ha conocido otra cosa.

Ese chaval no va a llegar a la universidad para que le enseñen a interrogar a una máquina. Lleva ocho años haciéndolo. Ha aprendido a base de tortazos que el modelo le contesta con una seguridad idéntica cuando acierta y cuando se lo inventa. Ha comprobado datos porque le pillaron una vez. Ha reformulado la pregunta doce veces hasta que salió lo que necesitaba, que es literalmente la definición de formular bien un problema. Ha pedido tres versiones y ha elegido una, y elegir es juzgar. Ha entregado algo que no entendía y le ha explotado en la cara.

No lo hará con vocabulario académico ni sabrá que a eso se le llama metacognición. Pero lo hará con la naturalidad con la que nosotros usábamos un diccionario.

Y entonces, con suerte, si hemos conseguido cambiar los planes de estudios, la universidad le abre la puerta y le anuncia, con solemnidad de plan estratégico, que allí va a aprender a hacer buenas preguntas y a evaluar las respuestas de la IA.

No es que la propuesta sea mala. Es que llega tarde. Queremos enseñar a los dieciocho lo que se practica desde los diez.

Esto ya nos pasó, y no aprendimos

Lo peor es que no es la primera vez, y a mí me tocó verlo desde dentro.

Cuando yo empezaba, la mecanografía era casi una asignatura. Un título. Palabras por minuto certificadas en un papel. Diez años después no había nadie menor de veinte años que necesitara que le enseñaran a teclear. Luego vino la ofimática, con sus cursos y sus diplomas de Word y Excel, justo cuando cualquier adolescente ya se apañaba solo. Y después llegó la joya de la corona: enseñar a «buscar en internet». Hubo asignaturas, hubo manuales, hubo alfabetización informacional. Aterrizó en el aula cuando los alumnos buscaban mejor que los profesores, cosa que sabíamos todos y no decía nadie.

El patrón es siempre el mismo y es implacable. Una habilidad nueva aparece. La institución tarda entre cinco y diez años en digerirla, aprobarla, verificarla y meterla en un plan de estudios. Y cuando por fin la enseña, la habilidad ya se ha vuelto ambiental: se respira, no se estudia.

Con la IA el retraso será igual, pero el desfase será mucho mayor, porque esta vez lo que se ha vuelto ambiental no es una técnica. Es un modo entero de trabajar.

Ya están haciendo la cuenta

Y lo de 2032 tampoco es una previsión. Está pasando ya, solo que todavía no aparece en las estadísticas.

Hay muchísima gente joven que, en cuanto ha visto lo que la IA le permite hacer, ha dejado de esperar a que una institución le autorice a aprender. Se meten en cualquier cosa: programar, diseño, un idioma, análisis financiero, modelado 3D, edición de vídeo, biología molecular a nivel de aficionado serio. Y no con cursos, que es lo que hacíamos nosotros, sino con un proyecto real delante y un modelo al lado que les explica lo que no entienden en el momento exacto en que no lo entienden, que es cuando se aprende de verdad. Escribí sobre esto cuando dije que el diletante ya no es una rareza, sino la opción por defecto, y también cuando conté que la única autorización que hace falta es la tuya. Lo escribí pensando en adultos curiosos. Quienes lo han cogido con más naturalidad tienen diecisiete años.

Y esa gente hace algo que a mi generación no se le habría ocurrido jamás: la cuenta.

Cuatro años. Matrícula, transporte, a veces piso. El sueldo que no cobras mientras estudias. Y la pregunta, formulada con la frialdad de un contable: ¿qué me llevo a cambio de esto? Cuando exiges que la institución responda con precisión, lo que suele llegar es una lista de adjetivos. Excelencia. Empleabilidad. Formación integral. Espíritu crítico. Palabras que no contestan nada, y que ellos identifican inmediatamente como palabras que no contestan nada, porque llevan media vida detectando respuestas plausibles y vacías. Ese es justamente el músculo que han entrenado.

Nosotros no hacíamos esa cuenta porque no había nada que contar: no existía alternativa. La universidad era el único sitio donde estaban los libros, los profesores y el permiso. Hoy la alternativa existe, es barata y está encendida a las tres de la mañana.

Y luego está lo otro, que es la otra mitad que casi nadie mira: la puerta de salida.

Una empresa que contrata hoy no necesita a alguien que haga lo que hace el modelo. Necesita a alguien que sepa dirigirlo, comprobarlo, detectar cuándo se ha inventado algo con aplomo y firmar el resultado. Y puesta a elegir entre un recién titulado que sabe hacer exactamente lo que hace la IA —solo que más despacio, con más errores y cobrando un sueldo— y alguien de veintidós años con quince proyectos entregados que maneja la herramienta con soltura, la decisión no es difícil. Ni siquiera es interesante.

Con las profesiones reguladas esto no funciona, y no debe funcionar: nadie va a contratar a un cirujano autodidacta, ni a un técnico que firme una estructura sin habilitación. Ahí la credencial protege algo real y hace falta. Pero fuera de esas —y hay muchísimos grados fuera de esas— el título ha dejado de ser una prueba y ha quedado como una costumbre de los departamentos de personal. Y las costumbres de los departamentos de personal se caen en cuanto alguien demuestra que contratando de otra manera se gana dinero.

Cuando eso pase dos o tres veces, el mensaje llegará a la persona de diecisiete años que está decidiendo. Llegará mucho antes de que ningún ministerio publique un informe. De hecho ya está llegando: cuando conté los abucheos en las graduaciones americanas, diez mil personas que acababan de pagar cuatro años escuchando que el mundo había cambiado mientras ellas estaban dentro, aquello no era ignorancia. Era una factura.

Así que la consecuencia es aritmética y no tiene nada de épica: la universidad irá perdiendo alumnos. No de golpe ni en todas partes. En el margen, primero donde la ley no exige el título. Y una institución que pierde matrícula año tras año no se reforma: recorta. Cierra los grupos pequeños, agranda las aulas, sube la carga docente y va sacrificando, por puro orden de urgencia, exactamente aquello que estamos diciendo que era lo valioso.

Lo que hay en la puerta

Hay algo más, que a mí me parece lo verdaderamente serio.

De los que sí entren, no llegará una persona en blanco. Llegará alguien con recorrido. Con proyectos hechos, algunos publicados. Con comunidades donde ya le conocen y le corrigen. Con una tutoría (IA) que lleva años sabiendo qué comprende y qué finge comprender, que le detecta las lagunas mejor que un profesor que le vea dos horas por semana durante un cuatrimestre. Con una identidad intelectual en formación, torcida y propia.

A esa persona la institución tendrá que explicarle por qué debería interrumpir su recorrido para meterse cuatro años en un programa común, con el mismo calendario que otros cuatrocientos, las mismas asignaturas y los mismos exámenes.

Lo cual obliga a hacer algo que en treinta años dentro de la institución no vi hacer nunca: abrir la universidad y mirar qué hay dentro, pieza por pieza.

Las funciones que la universidad cumple de verdad

Porque no hace una cosa. Hace seis, y son seis oficios con muy poco que ver entre sí. Los heredé ya montados, igual que los heredaron mis profesores, y lo que se hereda montado no se examina: se usa. Conviene separarlos, porque cada uno tiene un futuro distinto y meterlos en el mismo saco es la razón por la que este debate no avanza.

  • Enseñar. Transmitir lo que ya se sabe. Es la función que la institución considera su misión y la más expuesta de las seis, y no porque una IA explique mejor que un buen profesor —a veces sí, a veces no—, sino porque la explicación era escasa por un motivo puramente económico: una explicación adaptada a una persona exigía una persona por persona. Siempre supimos que un maestro por alumno funciona mucho mejor que un maestro por cien; el problema nunca fue saberlo, fue pagarlo. Eso acaba de dejar de ser cierto. Es la que llega tarde.

  • Investigar. Exactamente lo contrario de enseñar: dedicarse a lo que nadie sabe todavía. Son actividades opuestas ejercidas por las mismas personas, y hemos decidido llamar «vocación» a esa contradicción para no tener que mirarla de frente. No se investiga con un chatbot en el salón de casa: se investiga con infraestructura, continuidad, financiación plurianual y una comunidad que sobrevive a sus miembros. Cuando conté por qué cuesta tanto volver a la Luna, la lección era esa: la NASA conservó todos los documentos y perdió la capacidad, porque lo que se pierde nunca es la información, es la organización viva que sabe usarla. Es la más sólida, y la que la universidad trata como si le sobrara tiempo.

  • Socializar. No es el bar ni la nostalgia. Es la convivencia con el desacuerdo que no has elegido. Un algoritmo te rodea de personas parecidas a ti; un pasillo te rodea de personas que no te caen bien y que sin embargo tienen razón en algo. Encontrar gente que se interesa por lo mismo que tú se resolvió con internet y funciona mejor ahí; encontrar gente que te contradiga sin que puedas cerrar la pestaña, no. Sobrevive, y es una tecnología social que nadie ha sabido sustituir.

  • Seleccionar. Filtrar candidatos para las empresas y para el Estado. No es un acto educativo: es un servicio que la universidad presta gratis a terceros, con un criterio que ninguno de los dos ha auditado jamás. Ya está goteando hacia los proyectos verificables y la reputación demostrable, aunque conviene recordar lo que pasa cuando el filtro se cae sin sustituto: aparecen los expertos en IA que salen de debajo de las piedras. Se va, y no la echaremos de menos si se sustituye por algo mejor.

  • Certificar. Un acto administrativo con efectos jurídicos. La firma. Colegios profesionales, reservas de actividad, el MIR, las verificaciones de ANECA. Es la función más blindada de las seis y la más débil como argumento educativo, porque no depende de la tecnología: depende del BOE. Una institución que se sostiene sobre todo porque entrega el permiso para ejercer no ha demostrado que sea el mejor sitio para aprender; ha demostrado que conserva una posición administrativa. Aguanta. Y es la única que no tiene nada que ver con aprender.

  • Proteger un tiempo. Esta es la que tardé más en ver y la que ahora me parece la más importante. La universidad le concede a alguien joven varios años en los que todavía no está sometido a la producción económica: años para equivocarse sin consecuencias, cambiar de opinión, leer cosas que no sirven para nada, descubrir que se equivocó de carrera. No es una función pedagógica ni administrativa. Es una moratoria, y no aparece en ninguna memoria de verificación. Es irreemplazable, porque no es un servicio: es un permiso. O te lo paga alguien, o trabajas.

Mira ahora el conjunto y sale un cuadro incómodo. La función que la institución declara como su misión es la que llega más tarde. La que la sostiene en pie no tiene ningún valor educativo. Y las tres con futuro —investigar, discutir con quien te contradice, disponer de tiempo protegido— son precisamente las que hoy trata como accesorias: lo que pasa en los márgenes, cuando sobra hueco, después de las asignaturas.

Menos fábrica, más comunidad

Que es otra manera de decir que la universidad del futuro podría parecerse mucho menos a una fábrica educativa y bastante más a una comunidad de aprendizaje e investigación.

La palabra «fábrica» no la uso como insulto. La uso con precisión, porque es literalmente lo que se diseñó: entrada anual por cohortes, secuencia idéntica para todos, contenido estandarizado, control de calidad al final de cada etapa, salida certificada. Un sistema pensado para producir muchas unidades homogéneas con recursos escasos, y que funcionó exactamente para lo que se construyó. Lo que ocurre es que ese diseño resuelve un problema de escasez que ya no tenemos, y a cambio destruye lo único que no se puede fabricar en serie: la relación entre personas concretas alrededor de un problema concreto.

Una comunidad funciona al revés. No se entra por curso, se entra por interés. No se avanza por temario, se avanza por problema. No se mide por permanencia, se mide por lo que has hecho y por lo que puedes defender.

Y visto así, deja de ser un sitio al que vas principalmente para que alguien te explique cosas. Se convierte en un sitio al que vas para:

  • trabajar en problemas reales, de los que no tienen respuesta en el cajón de nadie y en los que fracasar es un resultado legítimo;
  • discutir con personas exigentes, que es lo contrario de discutir con personas amables: gente con criterio suficiente para localizarte el punto débil y confianza suficiente para decírtelo;
  • acceder a laboratorios y recursos que ninguna persona sola puede permitirse, ni descargar, ni simular;
  • participar en proyectos colectivos donde tu parte depende de la de otros y la suya de la tuya, con todo lo incómodo que eso tiene;
  • convivir con perspectivas distintas, incluidas las que te resultan irritantes y que ningún algoritmo te habría puesto delante;
  • recibir crítica de calidad, que es hoy el bien más escaso de todos: la IA es infinitamente paciente y por eso mismo casi nunca te dice que lo que has hecho no merece la pena;
  • demostrar autonomía, no en un examen de dos horas, sino sosteniendo decisiones propias durante meses y respondiendo de sus consecuencias.

Fíjate en un detalle: ninguna de esas siete cosas se puede hacer a solas con un modelo, por bueno que sea. Todas exigen otras personas, un sitio y tiempo. Y ninguna de las siete requiere una asignatura, un cuatrimestre ni un aula con cuatrocientas butacas.

Eso también cambia la forma. Una comunidad no es una etapa que se atraviesa entre los dieciocho y los veintidós: es un lugar al que se vuelve. Para investigar, para colaborar, para usar una infraestructura, para contrastar lo aprendido en otro sitio, para demostrar algo. Deja de ser un itinerario uniforme y se convierte en una red de experiencias. Deja de medirse en años de permanencia y empieza a medirse en proyectos hechos y responsabilidades asumidas.

La paradoja

Lo curioso es que esa universidad que sí podría justificarse se parece bastante a la universidad primigenia.

En Bolonia, hacia 1088, los estudiantes se organizaban en gremios y contrataban ellos mismos a los maestros. La palabra no designaba un edificio ni un plan de estudios: designaba una corporación de personas. Lo que valía era la pertenencia, la discusión, la controversia, el acceso a ciertos textos y a ciertas cabezas. Novecientos años después, cuando el contenido deja de ser escaso, resulta que lo escaso vuelve a ser eso.

Aunque no conviene idealizar nada. Aquellas universidades estaban llenas de jerarquías, dogma, autoridad y repetición del saber establecido. No se trata de volver a la Edad Media. Se trata de recuperar una intuición: el valor nunca estuvo en los contenidos, sino en la comunidad que se formaba a su alrededor.

Y ahí aparece el problema que no me quito de encima. Aquella universidad era minoritaria. Esta es masiva: más de un millón y medio de personas matriculadas en un grado ahora mismo en España. Si decidimos que el futuro son grupos pequeños, grandes maestros y experiencias excepcionales, habremos reinventado una institución para unos pocos. Que casualmente serán, como siempre, los de siempre.

Aquí es donde soy claramente optimista, y no por costumbre. La IA es lo único que he visto capaz de democratizar el acompañamiento personalizado, que hasta ahora solo estaba al alcance de quien podía pagar un preceptor o entrar en una institución selectiva. Cuando conté cómo la IA salvó al ajedrez en lugar de matarlo —más jugadores y más grandes maestros que nunca, precisamente por los motores— la lección era que la herramienta puede repartir el entrenamiento de élite a cualquiera con conexión. Aprender va a importar más que nunca, no menos: por eso le dediqué un libro. Lo que ya no doy por hecho es que aprender y matricularse sean la misma operación.

Y la combinación es la que me interesa: que la explicación la reparta la máquina, gratis y a cualquiera, mientras la institución deja de gastar su tiempo en explicar y lo dedica a lo que solo puede hacerse entre personas. No es una renuncia. Es un cambio de oficio.

La pregunta se ha dado la vuelta

Durante ochocientos años la sociedad le preguntó al estudiante por qué quería entrar. La carga de la prueba acaba de cambiar de lado, y en unos años será él quien pregunte.

¿Para recibir información? La tengo. ¿Para escuchar explicaciones? Las tengo mejores y a mi ritmo. ¿Para aprender a usar la IA? Llevo media vida. ¿Para el título? Eso justifica la credencial, no los cuatro años.

¿Para investigar algo que nadie ha resuelto, meter las manos en un laboratorio, discutir con gente que puede destrozarme el argumento, construir algo con otros y responder de lo que decido?

Entonces sí. Pero eso hay que ofrecerlo de verdad, no ponerlo en la memoria de verificación. Y hay que ofrecerlo pronto, porque quien está haciendo la cuenta ahora mismo no va a esperar a que la institución termine de deliberar.

Llegarán sabiendo hacer lo que pensábamos enseñarles. La pregunta es qué habremos preparado para entonces.

No podemos enseñar lo que ya van a saber.