Ideas para navegar el presente

La odisea de vivir

Un día de lluvia de este agosto, sin nada mejor que hacer, me metí en el cine a ver La Odisea de Christopher Nolan. Voy a decir primero lo que creo de verdad: Nolan me parece un grandísimo director. Memento es una de esas películas que te reorganizan la cabeza mientras la ves, e Interstellar consiguió algo dificilísimo, que es emocionar con física. Así que entré predispuesto.

Salí desencantado. Flashbacks que no llevaban a ninguna parte, cosas metidas con calzador, y una escena final que me dejó mirando los créditos con esa sensación de «¿ya está?». Eso sí, no la vi en IMAX de verdad, en el formato real que Nolan defiende con razón, así que seguramente el problema era mío (modo irónico off).

Pero la película hizo algo que le agradezco sinceramente: me devolvió a la Odisea. A la de Homero. Y al releerla me pasó lo que me pasa siempre con los textos antiguos, que encuentro más de lo que fui a buscar.

Por qué creo que la Odisea no cuenta aventuras

No tengo ningún fundamento científico para lo que voy a decir, y prefiero avisarlo antes que disfrazarlo de tesis. Pero llevo años convencido de que las obras antiguas no eran entretenimiento con moraleja añadida: eran enseñanza disfrazada de entretenimiento. Cuando escribir era carísimo y la mayoría de la gente no leía, el único soporte fiable para que un conocimiento sobreviviera tres generaciones era una historia que alguien quisiera repetir. La parábola no es un adorno literario. Es una tecnología de compresión y transmisión, y sigue siendo asombrosamente buena: tú no recuerdas el consejo «no te confíes tras una victoria», pero recuerdas perfectamente a unos marineros que se quedaron de fiesta más tiempo del debido y lo pagaron caro.

Ya recorrí ese viaje una vez en este mismo blog, canto a canto, buscando qué nos dice cada episodio sobre la IA. Lo que no había hecho era intentar convertirlo en otra cosa.

Sobre los flashbacks, que es donde quiero ser preciso

Mi problema con la película no son los flashbacks. Sería absurdo, porque la Odisea es, estructuralmente, un flashback gigante. Ulises ni siquiera aparece hasta el canto V: los cuatro primeros van de su hijo buscándolo. Y cuando por fin llega a la corte de los feacios, lo que hace durante cuatro cantos enteros —el cíclope, Circe, los muertos, las sirenas— es contar su propia historia en primera persona.

La diferencia es que ahí el flashback está ganado. Ulises no narra porque el poeta quiera enseñarnos algo bonito del pasado: narra porque necesita un barco. Está pagando el pasaje con su relato, delante de un rey que puede dárselo o negárselo. Cada palabra tiene una función en la sala donde se pronuncia. Eso es oficio, y tiene tres mil años. Un flashback no molesta cuando alguien lo necesita; molesta cuando solo lo necesita el guion. Por cierto, si te interesa el mapa real del viaje, en Xataka hicieron una reconstrucción interactiva de la ruta bastante más rigurosa que la película.

Nolan tuvo doscientos cincuenta millones; yo tuve agosto

Así que hice lo que suelo hacer cuando una idea no me suelta: la convertí en trabajo. Este agosto he escrito y producido una nueva ópera pop, La odisea de vivir: veintiuna canciones que recorren del canto V al XXIII, más o menos, cada una con la lección que creo que ese canto estaba intentando enseñarnos.

Lo hice por dos razones y conviene que las diga en orden. La primera, egoísta y profesional: quería medir dónde está hoy la tecnología. Sacamos Casino 25 el 1 de enero, y siete meses en esto es una eternidad. Quería comprobar con las manos, no leyéndolo en un titular, qué se ha movido. La segunda, más honesta: quería releer la Odisea de la única forma en que yo aprendo de verdad, que es teniendo que producir algo con ella.

Y aquí está lo que encontré. La herramienta ha mejorado muchísimo en lo que ya hacía. Es más rápida, más limpia, más obediente, comete menos tonterías. Pero no ha avanzado ni un milímetro en lo único que importaba: decidir qué enseña el canto XII. Eso no es un problema técnico, es un problema de lectura. La máquina puede producir veintiuna canciones sobre lo que le pidas; pero no puede decidir qué merece la pena pedirle. El valor está donde hay duda, y la duda sigue siendo íntegramente mía.

Lo interesante es el contraste con lo que ha pasado alrededor de la película. Una productora sacó una versión de la Odisea generada íntegramente con IA por cinco cifras, estrenada a propósito unos días antes que la de Nolan. Y Elon Musk anunció que Grok Imagine podía hacer una versión «más exacta históricamente» que una película de doscientos cincuenta millones. Las dos cosas son exactamente lo mismo: hacer más barato algo que ya existía. Optimización pura. Una ópera pop de veintiuna canciones sobre las lecciones morales de los cantos homéricos no se la iba a financiar nadie, ni con IA ni sin ella, porque no es un producto. Esa es la diferencia entre optimizar y expandir, y por eso insisto tanto en la distinción entre crear y hacer. No estoy compitiendo con Nolan: sería ridículo. Estoy comparando qué te deja intentar cada herramienta. Y sigo pensando lo mismo que escribí cuando me preguntaban si eso te convierte en mago de verdad: el truco lo hace la máquina, el espectáculo lo haces tú.

Canto XXIII: la cama que no se mueve

De los dieciocho cantos que he trabajado, hay uno que me parece el más moderno de todos, y no es ninguno de los famosos.

Penélope lleva veinte años esperando. Tiene delante a un hombre que dice ser su marido, al que su propio hijo ya ha reconocido, al que la nodriza ha identificado por una cicatriz. Y ella no lo abraza. Le tiende una trampa. Ordena en voz alta que saquen la cama del dormitorio y la preparen fuera. Y Ulises estalla: es imposible, esa cama la tallé yo con mis manos alrededor del tronco de un olivo vivo, no se puede mover sin cortarlo.

Ahí lo reconoce. No por la cara, ni por la voz, ni por la cicatriz, ni por el relato. Lo reconoce porque acaba de responder correctamente a algo que solo saben dos personas en el mundo.

Eso es un protocolo de autenticación por secreto compartido, escrito hace casi tres mil años. Y es el canto que más me interesa en 2026, porque nosotros hemos perdido justamente eso. La cara ya no autentica. La voz tampoco: lo vivimos en directo en la radio cuando clonamos voces para una radionovela y el equipo técnico de Capital Radio, gente con años de oficio, no supo distinguirlas. Homero ya sabía que la identidad no está en los rasgos, sino en lo que has construido con alguien. Penélope no verifica quién parece ser: verifica qué han hecho juntos. Lo que te autentica de verdad es lo único que nadie puede generar, porque no es información: es historia compartida.

Ulises no era fuerte. Era metacognitivo

Y llego a lo que más me ha cambiado de esta relectura.

Ulises no gana casi nunca por la fuerza. Pierde a todos sus hombres, pierde todas sus naves, llega a Ítaca solo y disfrazado de mendigo. Lo que le distingue es otra cosa: sabe cómo va a ser él dentro de un rato.

Antes de las sirenas, Circe le explica el peligro y él toma una decisión rarísima. Podría taparse los oídos con cera como sus remeros y pasar de largo sin enterarse. Podría escuchar confiando en su fuerza de voluntad. Pero no hace ninguna de las dos: manda que lo aten al mástil y da una instrucción específica para su yo futuro, que es que si suplica que lo suelten, lo aten más fuerte.

Eso no es fuerza de voluntad. Es exactamente lo contrario: es la admisión anticipada de que su voluntad va a fallar, tomada mientras todavía tiene criterio para admitirlo. Jon Elster escribió un libro entero sobre esto, Ulises y las sirenas, donde llama a esa maniobra racionalidad imperfecta; hoy en economía del comportamiento se habla de diseñar restricciones para uno mismo. Da igual el nombre. Es metacognición pura: pensar sobre cómo vas a pensar cuando estés en el agua.

Y es precisamente lo que no estamos haciendo con la IA. Navegamos sin cera y sin cuerdas, apostando a que el yo del futuro, el que está cansado a las once de la noche con una entrega mañana, tendrá el criterio suficiente para decidir qué delega y qué no. No lo tendrá. Nadie lo tiene en ese momento. Por eso el estudio de Harvard sobre por qué la IA hace más creativos a unos y a otros no me parece la investigación más importante de los últimos años: la variable no era la herramienta ni la habilidad técnica, era la metacognición. Ulises habría sacado una nota altísima.

La pregunta útil no es si usas IA o no. Es si has decidido, en frío y por escrito, qué no vas a delegar. Y si has puesto algún mecanismo real para que esa decisión te sobreviva a ti mismo. De eso iba, en el fondo, lo que conté sobre pasar de galeote a capitán, y también lo que me sigo preguntando cada vez que reviso si la herramienta me está haciendo más capaz o más dependiente.

Si vas a leer la Odisea, empieza por otro sitio

Una recomendación práctica, porque me la vais a pedir. Si quieres leer la Odisea de verdad, no empieces por la Odisea.

El riesgo de leerla con ojos de hoy es enorme: Atenea aparece cada dos por tres para arreglarle las cosas al protagonista y parece una trampa narrativa, un deus ex machina constante. No lo es. Para un griego, los dioses no eran una creencia opcional que se añadía a la realidad: eran la explicación de por qué te viene un impulso de no sabes dónde, por qué un día tienes lucidez y otro no, por qué de pronto encuentras el valor que no tenías. Sin entender eso, lees mal el poema entero y te quedas con las aventuras.

El libro que yo recomendaría es El mundo de Odiseo, de M. I. Finley, publicado en español en la colección Breviarios del Fondo de Cultura Económica. Son doscientas páginas pequeñas y hace exactamente lo que necesitas: reconstruir qué clase de sociedad era aquella, cómo funcionaban el honor, la hospitalidad, el regalo y la venganza, para que no te parezca que Homero tenía una idea rarísima de la justicia o que sus personajes no se comportan como seres humanos. Si después te quedas con ganas de entrar en la cabeza griega, el siguiente es Los griegos y lo irracional, de E. R. Dodds.

Y luego, con eso puesto, léela. La traducción clásica de Luis Segalá está en dominio público y la encuentras sin pagar nada.

La odisea de vivir ya está en Spotify, y puedes disfrutarla aquí. Veintuna canciones para un viaje que llevamos tres mil años haciendo sin darnos cuenta de que alguien nos dejó las instrucciones escondidas dentro.

Homero no escribió aventuras: escribió instrucciones y las escondió dentro de aventuras, porque sabía que solo se transmite aquello que alguien quiere volver a contar.

Átate al mástil antes de oír el canto. Después ya no sabrás por qué querías llegar a Ítaca.

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