Durante meses he tenido un problema con la web de la fundación y lo peor no es que no lo resolviera. Lo peor es que ni siquiera lo veía como un problema.
El estilo nunca me gustó. Lo digo así, sin rodeos, porque es la verdad: desde el primer día la web tenía un aspecto que no era el mío, unos colores que no elegí del todo, una forma de presentar los textos que no terminaba de encajar con lo que quería contar. Pero cambiarlo era una tortura. Habíamos diseñado algunas automatizaciones usando la API del gestor de contenidos —para publicar los posts, para generar la imagen de LinkedIn, cosas así—, y en eso funcionaba de maravilla. El problema aparecía en cuanto querías tocar algo de fondo. Las automatizaciones puntuales las sacábamos adelante, pero un cambio grande, rediseñar el estilo entero, era otra historia: un laberinto de menús, plantillas, casillas, previsualizaciones que no coincidían con el resultado final, ajustes que rompían otra cosa tres pantallas más allá.
Así que hacía lo que hacemos todos con las molestias que se cronifican: convivir con ellas. Un día pensaba «esta semana me pongo con el diseño» y a la media hora de pelearme con el editor lo dejaba. Otro día ni lo intentaba. La web seguía teniendo un aspecto que no me representaba, y yo seguía posponiéndolo, y esa postergación se había vuelto tan rutinaria que ya formaba parte del paisaje. Ni me molestaba. Simplemente estaba ahí, como una gotera que suena de fondo y a la que dejas de prestar atención.
El momento en que se me encendió la bombilla
Y un día, no sé muy bien por qué, se me encendió la bombilla.
Estaba otra vez frente al editor, a punto de rendirme por enésima vez, cuando me hice una pregunta ridículamente simple: ¿y si lo hace directamente la IA?
No «¿y si busco un tutorial de la herramienta?». No «¿y si contrato a alguien que domine el gestor?». No «¿y si me armo de paciencia y aprendo bien los menús de una vez?». Sino: y si me salto todo eso. Si en lugar de aprender la lógica de la herramienta, describo lo que quiero y dejo que la máquina lo construya.
Busqué un estilo que me gustaba de verdad. Uno concreto, con su tipografía, su forma de respirar, su manera de tratar el texto y el blanco. Y le dije, más o menos con estas palabras: adáptame la web de la fundación a este estilo.
Lo hizo.
No fue magia ni fue instantáneo, hubo idas y venidas, matices, correcciones. Pero por primera vez en meses yo no estaba peleando contra una interfaz. Estaba hablando de lo que quería. La conversación iba sobre el resultado —esto sí, esto no, esto más así—, no sobre dónde estaba el botón para conseguirlo. Y ahí, en esa diferencia, está todo.
El cuchillo de palo
Hay un refrán que me persiguió durante los días siguientes, y me daba un poco de vergüenza: en casa del herrero, cuchillo de palo.
Llevo más de cuarenta años metido en tecnología. Escribo en este blog a menudo, semana tras semana, en que la IA sirve para expandir lo que somos capaces de hacer, no para sustituirnos ni para hacernos más cómodos y más tontos. Y ahí estaba yo, el herrero, cortando el pan con un cuchillo de palo. Predicando la expansión del potencial humano mientras me peleaba a mano, casilla por casilla, con un gestor de contenidos como si estuviéramos en 2015.
No lo cuento para flagelarme. Lo cuento porque creo que le pasa a mucha más gente de la que admitiría, y porque el mecanismo que lo produce es interesante. No es falta de conocimiento —yo tenía todo el conocimiento del mundo sobre lo que la IA podía hacer—. Es algo más sutil: la costumbre. Habíamos aprendido a relacionarnos con las máquinas de una manera durante décadas, y esa manera se nos ha metido tan dentro que no la cuestionamos aunque el terreno haya cambiado bajo nuestros pies.
Décadas adaptándonos a la máquina
Piénsalo un momento. Durante toda la historia de la informática, el trato fue siempre el mismo: la máquina pone las condiciones y tú te adaptas. Aprendías su lenguaje, sus comandos, la lógica de sus menús, dónde estaba escondida cada función. La herramienta tenía una forma de ser y tu trabajo consistía en amoldarte a ella. Si querías que hiciera algo, tenías que traducir tu intención al idioma de la máquina, casilla a casilla, clic a clic.
Ese contrato lo interiorizamos tan a fondo que lo dábamos por natural. Es lo que conté en su día sobre el vibe coding como el nuevo Fortran: cada salto tecnológico ha ido acercando la máquina al pensamiento humano en lugar de obligar al humano a pensar como la máquina. Backus lo vio en 1957 con Fortran, liberando a los científicos de los ceros y unos. Y ahora estamos en otro de esos saltos, quizás el más grande, y muchos —yo el primero, aquel día frente al editor— seguimos comportándonos como si el contrato antiguo siguiera vigente.
Lo mismo me pasó cuando probé OpenClaw para una tarea que llevaba semanas evitando: convertir veinte vídeos a formato vertical, uno a uno, a mano. Dejé que la IA tomara el control del ordenador y lo hizo mientras yo miraba. En ambos casos la sensación fue la misma: acababa de descubrir que la puerta que llevaba meses empujando en realidad se abría hacia el otro lado.
Lo que no delegué
Ahora bien, quiero ser preciso en algo, porque es donde está la línea que de verdad importa.
La IA no eligió el estilo de la web. Lo elegí yo. Fui yo quien decidió que el diseño anterior no me representaba, quien salió a buscar una estética que sí, quien la reconoció al verla y dijo «esto». El gusto, el criterio, la decisión de qué es lo que quiero que la fundación proyecte al mundo: nada de eso lo delegué, ni pienso delegarlo. Lo que delegué fue la ejecución. El cómo, no el qué.
Y esa distinción no es un detalle menor, es la distinción entera. Ya lo he escrito otras veces, si no sabes lo que quieres, la IA lo decidirá por ti. El peligro nunca fue que la máquina construyera la web. El peligro habría sido pedirle que decidiera cómo tenía que ser una web para una fundación como la nuestra, y aceptar sin más lo que saliera. Eso sí habría sido rendir el timón. Describir una intención propia y dejar que la máquina la materialice es lo contrario de rendirse: es por fin usar la herramienta como lo que es.
Meses de fricción normalizada se resolvieron el día que dejé de preguntarme cómo se hacía y empecé a preguntarme qué quería. La herramienta llevaba tiempo esperándome. El que llegaba tarde era yo.
A veces el cuchillo de acero lo tienes en el cajón de al lado.
P.D. Esta historia tiene una segunda parte que merece post propio: la de un problema que el servicio técnico no supo resolver y que acabó resolviendo la IA. La contaré pronto, porque dice bastante sobre en qué punto estamos.
