Dario Amodei, CEO de Anthropic —la empresa que ha creado Claude, una de las inteligencias artificiales con las que trabajamos en Human-IA— acaba de conceder una entrevista a CBS News en la que explica el conflicto que están teniendo con el Pentágono. Y en un momento de esa entrevista, al hablar de por qué se niegan a colaborar en ciertos usos militares de su tecnología, dice algo que merece que lo leas despacio.
Dice que temen que la IA se utilice para analizar datos privados de ciudadanos americanos comprados por el gobierno. Que la tecnología hace posible eso ahora mismo. Que la ley todavía no lo regula. Y que ellos, Anthropic, no lo permitirán porque vulnera la Cuarta Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.
Para. Relée eso.
Amodei no está diciendo que su tecnología no pueda hacer eso. Está diciendo exactamente lo contrario: que sí puede. Que es posible ahora mismo. Y que el único freno que existe —el único que él invoca— es una norma constitucional que protege a los ciudadanos de un país concreto. Y ese país no es el tuyo. Ni el mío.
Conviene explicar brevemente qué es esa norma, porque Amodei la menciona como si todos supiéramos de qué habla. La Cuarta Enmienda de la Constitución americana es el artículo que protege a los ciudadanos de Estados Unidos frente a registros e incautaciones arbitrarias por parte del gobierno. En lenguaje del siglo XXI: es la norma que impide que las autoridades americanas espíen tus comunicaciones, accedan a tus datos o analicen tu vida privada sin una orden judicial que lo justifique. Es, en esencia, el equivalente constitucional del derecho a la intimidad frente al Estado. Una protección fundamental. Una línea que, según Amodei, Anthropic no cruzará.
El problema es lo que esa enmienda no dice. No dice nada sobre ti.
Y justo aquí es donde la historia adquiere una capa adicional que a mí, personalmente, me ha dejado sin palabras.
Mientras Amodei construía su argumento ante las cámaras de CBS sobre la protección de la privacidad, los investigadores de su propia empresa —sí, de Anthropic— participaban en la publicación de un estudio científico con un título que no deja lugar a la ambigüedad: «Large-scale online deanonymization with LLMs». En español: desanonimización masiva en internet mediante modelos de lenguaje.
La investigación, desarrollada conjuntamente por investigadores de la ETH Zurich, del grupo de investigación MATS y de la propia Anthropic, demuestra que los sistemas de inteligencia artificial actuales son capaces de identificar a personas reales detrás de perfiles anónimos en internet con una precisión y una escala que hasta ahora resultaban imposibles. El sistema analiza tus publicaciones en Reddit, en Hacker News, en foros, y extrae pistas sobre ti: tus hábitos de escritura, tus intereses, tu ciudad, tu forma de hablar. Luego cruza esa información con LinkedIn, Google, otros perfiles, y construye una identidad. Sin que tú lo sepas. Sin que lo autorices.
Los resultados publicados son concretos: en usuarios reales de Hacker News, el sistema identificó correctamente a la persona real detrás del seudónimo el 67% de las veces. Y cuando el sistema decidió hacer una afirmación concreta, acertó el 90% de las ocasiones. Cruzar publicaciones del mismo usuario en Reddit de distintos años o comunidades diferentes arrojó un 68% de éxito.
Pero lo que convierte esto en algo cualitativamente diferente a cualquier investigación anterior sobre privacidad online es el coste. Hacer todo esto —identificar a una persona real detrás de un nombre falso, rastrear su identidad, construir su perfil— cuesta cuatro dólares. Cuatro. No es un recurso reservado a servicios de inteligencia con presupuestos millonarios. Es algo que cualquiera puede hacer.
Uno de los investigadores principales, Simon Lermen, lo resumió con una claridad que merece ser citada: «¿Podría un equipo de investigadores inteligentes descubrir quién eres a partir de tus publicaciones? Si la respuesta es sí, estos agentes de IA probablemente pueden hacer lo mismo. Y el coste no para de bajar.»
Piénsalo. Cada vez que has publicado algo en internet con un nombre falso creyendo que estabas a salvo, cada vez que has usado un seudónimo para hablar con libertad de algo que no querrías que se asociara a tu nombre real, cada vez que has asumido que el anonimato online te protegía… esa asunción ya no es válida. No porque alguien la haya violado en la oscuridad. Sino porque los investigadores de Anthropic han publicado en un paper científico exactamente cómo hacerlo.
La vieja idea de «si uso un nombre falso, estoy seguro» ha muerto. Y entre quienes firmaron su certificado de defunción están empleados de la empresa cuyo CEO habla en televisión de proteger la privacidad de los ciudadanos: bienvenidos a un nuevo tipo de 1984.
No estoy interpretando nada. Es lo que dijo. Y lo que dijo tiene consecuencias que van mucho más allá de la pelea entre Anthropic y el Pentágono.
Porque hay una ley americana que muy poca gente conoce fuera de los círculos jurídicos y tecnológicos, y que cambia por completo el cuadro que Amodei está dibujando. Se llama CLOUD Act —Clarifying Lawful Overseas Use of Data Act— y fue aprobada en 2018. Su contenido es tan sencillo como demoledor: obliga a las empresas tecnológicas americanas a entregar datos al gobierno de Estados Unidos independientemente de dónde estén almacenados esos datos. En servidores de California, sí. Pero también en centros de datos en Irlanda, en Alemania, en España.
No importa dónde esté el dato. Importa quién gestiona el servicio.
Si ese servicio lo gestiona una empresa americana, el gobierno americano puede pedirlo. Y la empresa americana tiene que darlo. Sin notificarte. Sin pedirte permiso. Sin que los tribunales europeos puedan impedirlo.
El caso que llevó a crear esa ley es ilustrativo: el FBI reclamó a Microsoft los correos electrónicos de un ciudadano almacenados en un servidor en Irlanda. Microsoft se negó. El caso llegó al Tribunal Supremo. Y antes de que fallara, el Congreso aprobó el CLOUD Act para dejar claro que sí, que Microsoft tenía que dar esos datos. Que la localización física del servidor no otorga ninguna protección jurídica real.
El precedente quedó establecido. Y no solo afecta a Microsoft. Afecta a Google, a Amazon, a Apple. Y afecta a Anthropic.
A esto hay que añadir que el CLOUD Act no actúa solo. La FISA —Foreign Intelligence Surveillance Act— y el Patriot Act también exigen a las empresas americanas que entreguen datos a las autoridades, independientemente de dónde estén físicamente almacenados. Y en 2025, ante el Senado francés, el director jurídico de Microsoft Francia fue explícito: Microsoft no puede garantizar que los datos de organismos europeos no sean transferidos al gobierno americano.
No puede garantizarlo. Lo dijo él mismo. En sede parlamentaria.
Así que cuando Amodei construye su argumento ético sobre la Cuarta Enmienda, está erigiendo un escudo para ciudadanos americanos mientras la ley americana —esa misma ley bajo la que opera su empresa— está diseñada para alcanzar los datos de todos los demás sin ese escudo. Y mientras sus propios investigadores publican papers científicos demostrando cómo identificar a cualquier persona detrás de cualquier seudónimo online por el precio de un café.
Quiero ser justo, como ya intenté serlo cuando salió la primera noticia del conflicto con el Pentágono. Anthropic ha hecho algo poco habitual: plantarse. Recibir un ultimátum de tres días del Departamento de Defensa y decir que no. Resistir la presión de ser designados como «riesgo para la cadena de suministro» —la lista negra que el Pentágono reserva para adversarios estratégicos, para empresas rusas— antes que ceder sus principios. Cosa que no ha hecho OpenAI que ya está negociando con el pentagono.
Lo hecho por Anthropic tiene mérito real. No lo descarto.
Pero el mérito no neutraliza la pregunta. La hace más incómoda.
Porque si Amodei tiene el coraje de enfrentarse al Departamento de Defensa de los Estados Unidos, si tiene el coraje de ser llamado «woke» y «egoísta» por el presidente de su propio país, si tiene el coraje de decir en televisión nacional que discrepar del gobierno «es lo más estadounidense que existe»… ¿por qué ese mismo coraje no alcanza para decir que la vigilancia masiva es éticamente inaceptable para cualquier ser humano, en cualquier lugar del planeta?
No lo dice. Y no lo dice porque ese no es su argumento. Su argumento no es ético en sentido universal. Es constitucional en sentido americano.
Y mientras todo esto ocurre, ¿qué está haciendo Europa?
Pues bien, aquí viene la segunda parte de la historia, y no es reconfortante.
La Unión Europea aprobó en junio de 2024 el AI Act, la primera legislación integral del mundo para regular la inteligencia artificial. Un marco ambicioso, pensado para proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos europeos frente a los usos más peligrosos de la IA. Se aplaudió en todo el mundo como un ejemplo de regulación responsable.
El problema es que esa ley lleva retraso. La aplicación plena estaba prevista para agosto de 2026. Pero en noviembre de 2025, la Comisión Europea propuso, a través de lo que se llama el paquete Digital Omnibus, aplazar los plazos más importantes hasta diciembre de 2027. La razón oficial: reducir la carga administrativa para las empresas. La razón no oficial, que cualquier observador atento puede leer entre líneas: el miedo a quedar aún más rezagados respecto a Estados Unidos y China en la carrera de la IA, o quizás que las empresas americanas consigan que no se implante o lo haga una versión capada.
Esa propuesta, a fecha de hoy, todavía no ha sido aprobada por el Parlamento Europeo y el Consejo. Estamos en tierra de nadie regulatoria. Y mientras Europa debate si aprobar el aplazamiento de sus propias normas de protección, las empresas americanas operan en nuestro territorio bajo sus propias leyes, que son las que son.
Solo el 13,5% de las empresas europeas usa inteligencia artificial. En Estados Unidos la adopción es mucho mayor. Y la respuesta de Europa ante esa brecha ha sido, hasta ahora, ralentizar la regulación con la esperanza de que así la industria crezca más rápido. Como si la falta de protecciones fuera la causa del retraso tecnológico, y no la falta de inversión, de infraestructura y de visión estratégica.
Como pregunté hace unos días, Europa: ¿cuándo plantarás tu árbol?
El cuadro completo, ahora que tenemos todas las piezas, es el siguiente:
Amodei admite que la tecnología de Anthropic puede analizar datos privados de personas a escala masiva. El único freno que él garantiza explícitamente es la Cuarta Enmienda, que protege a los ciudadanos americanos frente al registro arbitrario del Estado. Los propios investigadores de Anthropic han publicado un paper demostrando que esa tecnología puede desanonimizar a cualquier persona en internet por cuatro dólares. La CLOUD Act obliga a Anthropic —como a cualquier empresa tecnológica americana— a entregar datos al gobierno de Estados Unidos aunque esos datos estén almacenados en Europa, sin necesidad de notificar a los afectados. Y la legislación europea que debería protegernos frente a todo esto sigue sin desplegarse plenamente, con sus plazos más importantes aplazados hasta 2027 como mínimo.
Permíteme hacer la pregunta con toda la crudeza que merece:
Si el gobierno americano quisiera analizar los datos que tú has compartido con Claude —tus conversaciones, tus proyectos, tus reflexiones— almacenados en servidores que pueden estar en cualquier lugar del mundo, ¿qué te protegería?
No la Cuarta Enmienda: esa enmienda no te cubre a ti. No el AI Act europeo, aún sin dientes. Y posiblemente tampoco el GDPR, cuya aplicación frente a requerimientos de la ley americana ha demostrado ser, en la práctica, mucho más débil de lo que parece sobre el papel.
Esto conecta directamente con algo que me inquietó hace unos meses: cuando le pregunté a Gemini por un libro y me devolvió mi dirección, lo que pagué, el número de seguimiento del envío. Datos que nunca le había dado directamente. Escribí entonces que deberíamos ser más cuidadosos con quién compartimos nuestra información.
Pero lo que la entrevista de Amodei me obliga a ver es que el problema es más estructural y más grave de lo que pensaba entonces. No se trata solo de qué datos compartimos voluntariamente. Se trata de quién decide qué se puede hacer con ellos, bajo qué marco legal, y a quién protegen esas decisiones cuando llega el momento de verdad.
Y aquí es donde el discurso sobre la democracia me resulta más difícil de digerir.
Amodei dice que se considera un patriota. Que quiere defender los valores democráticos frente a China y Rusia. Que Anthropic está del lado de la libertad. Todo eso puede ser completamente sincero. Y simultáneamente puede ser verdad que esa misma tecnología, bajo esos mismos principios, no ofrece a los ciudadanos de las democracias ¿aliadas? ninguna protección equivalente a la que sí ofrece a los americanos.
No somos adversarios. Se supone que compartimos valores, sistemas políticos, prensa libre, separación de poderes. Pero cuando se trazan las líneas rojas, no somos el sujeto de protección.
Como señalamos cuando hablamos de los genios detrás de estas tecnologías, detrás de los modelos más poderosos del planeta siguen estando personas con sus propias lealtades y sus propias constituciones. La de Amodei es, en este asunto, perfectamente legible.
No escribo esto para dejar de usar Claude. En Human-IA seguimos trabajando con ella y seguiremos haciéndolo. Pero hay una diferencia fundamental entre usar una herramienta conociendo con exactitud cuál es tu posición en el esquema de quienes la crearon, y usarla creyendo ingenuamente que sus creadores te incluyen en su perímetro de protección cuando la propia arquitectura legal de su país garantiza lo contrario.
Conocer esa diferencia es, exactamente, de lo que trata el pensamiento crítico que llevamos meses defendiendo desde aquí.
Y tiene una consecuencia práctica muy concreta: si queremos marcos de protección que nos incluyan a nosotros, tenemos que construirlos nosotros. No podemos delegarlos en empresas cuyos compromisos éticos están redactados para otros, operando bajo leyes diseñadas para alcanzar a todos mientras protegen a los suyos.
Solo quien despierta puede soñar de verdad. Y despertar, en este caso, comienza por entender algo que Amodei ha dejado explícito, aunque pocos lo hayan subrayado:
Su tecnología puede vigilarte. Sus propios investigadores han publicado cómo desanonimizarte por el precio de un café. El único freno garantizado protege a otros. Y la ley del país donde esa tecnología nació puede obligar a su empresa a entregar tus datos sin que tú lo sepas, sin que puedas impedirlo, y mientras Europa termina de decidir si aplaza un año más sus propias protecciones.
A menos, claro, que tengas pasaporte americano (y ni eso).
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