El 3 de septiembre por la mañana estaba a mitad de una frase. Le había pedido a un modelo que me contrastara un dato y me devolvió un error. Nada dramático: un error. Así que hice lo que hacemos todos, que es culpar al wifi, y luego abrí otra pestaña con otro modelo para seguir trabajando mientras el primero volvía.
El segundo tampoco iba. Ni el tercero.
En cuestión de minutos estaba claro que no era mi router. ChatGPT, Gemini, Claude y Grok fallaron casi a la vez en más de setenta países. Downdetector registró unos treinta y ocho mil avisos solo de ChatGPT en Estados Unidos, con picos escalonados a lo largo de la mañana: Grok a las 9:45, ChatGPT a las 10:56, Gemini a las 11:03. La página de estado de OpenAI hablaba de «errores graves en ChatGPT y Codex»; la de Anthropic, de «errores elevados en varios modelos». Por la tarde casi todo había vuelto. La causa exacta, según lo que se publicó esos días, nunca se detalló del todo.
Y me quedé mirando la pantalla con una sensación rara, que no era enfado.
Era curiosidad. Porque en los veinte minutos siguientes descubrí sobre mi propio trabajo más de lo que había descubierto en los seis meses anteriores.
Lo que se ve cuando se apaga la luz
Te cuento lo que pasó en mi mañana, que es una muestra de uno y conviene tomarla como tal. Había tres cosas en marcha. La primera se detuvo en seco: un proceso de revisión que yo había montado entero encima de una herramienta, sin plan B, sin darme cuenta de que lo había montado así. La segunda se volvió más lenta y más fea, pero salió adelante, porque resultó que yo sabía hacerla a mano y solo había dejado de hacerlo por comodidad. Y la tercera ni se enteró: seguí escribiendo, pensando y decidiendo exactamente igual que el día anterior.
Tres cajones. Lo que se para, lo que se ralentiza y lo que ni se enteró.
Nunca me había sentado a hacer esa lista. Y no me la habría hecho nunca, porque nadie audita voluntariamente sus propias dependencias: es un ejercicio incómodo, no urgente y sin recompensa inmediata. Hizo falta que se apagara la luz durante unas horas para que yo viera el plano de mi propia instalación eléctrica.
Eso no fue una avería. Fue un simulacro.
Con la diferencia de que los simulacros de incendio los convoca alguien, avisa, y todo el mundo baja las escaleras sabiendo que no hay fuego. Este lo convocó un fallo de infraestructura, sin avisar, un jueves. Y por eso mismo sirvió: nadie pudo prepararse para aprobarlo.
Ontario, 1965, y un relé mal ajustado
Conviene recordar que esto ya nos ha pasado, y con algo bastante más esencial que un chatbot.
El martes 9 de noviembre de 1965, un relé de protección mal programado en la central Sir Adam Beck número 2, en Queenston (Ontario), se disparó por una pequeña variación de potencia. El fallo cascadeó (creo que esa palabra no existe, pero me ha resultado graciosa, así que la dejo) por la red interconectada y dejó sin electricidad a más de treinta millones de personas en unos doscientos siete mil kilómetros cuadrados. Hasta trece horas a oscuras. Nueva York entera, en noviembre, de noche.
Lo interesante no es el apagón. Es lo que se hizo después.
Nadie propuso desconectarse de la red y volver a las velas. Nadie escribió que la electricidad había demostrado ser una trampa. Lo que pasó fue que la industria descubrió que tenía un sistema interdependiente cuyo mapa real nadie había dibujado, y se puso a dibujarlo: monitorización de tensión y corriente, y, el 1 de junio de 1968, la creación de un consejo de fiabilidad para el transporte eléctrico en Norteamérica. Por iniciativa propia. Voluntario. Ninguna ley les obligó.
El apagón no enseñó a desconfiar de la red. Enseñó a conocerla.
Los asteriscos, que nunca faltan
Permíteme desmontarme un poco a mí mismo, porque si no esto queda demasiado redondo.
Primero: unas horas sin modelos de lenguaje no es una catástrofe, y quien lo cuente como tal está vendiendo algo. Se perdió tiempo y se perdieron flujos de trabajo automatizados, que en algunas empresas duele de verdad, pero no se cayó ningún hospital. Comparar esto con dejar a Nueva York a oscuras en noviembre es una analogía útil, no una equivalencia: la electricidad es infraestructura regulada, con estándares de fiabilidad que acabaron siendo obligatorios por ley —y para eso, por cierto, hubo que esperar hasta 2005, cuarenta años después del apagón—. Los modelos de lenguaje todavía no están en esa categoría, y hay un debate legítimo y abierto sobre si deberían estarlo.
Segundo: las cifras de Downdetector cuentan avisos, no usuarios afectados. Son un indicador, no un censo.
Y tercero, el asterisco que más me importa: no estoy diciendo que uses menos estas herramientas. Escribí con bastante escepticismo sobre los titulares que anunciaban que la IA te freiría el cerebro y no he cambiado de opinión. Las uso todos los días, me hacen mejor de lo que era, y el día del apagón mi queja real fue que las echaba de menos. Conocer tus dependencias no es un paso hacia abandonarlas. Es lo que te permite apoyarte más en ellas sin que te tiemble el suelo.
Tu lista, antes del próximo jueves
Así que te propongo el ejercicio, que cuesta diez minutos y no requiere que se caiga nada.
Coge lo que hiciste ayer y reparte cada tarea en los tres cajones. Qué se detendría por completo si mañana a las nueve no hubiera nada: eso es una dependencia real y conviene saber su nombre. Qué se volvería más lento y más incómodo pero saldría: ahí estás bien, tienes el camino manual todavía tibio. Y qué seguiría igual: eso es tuyo, es lo que aportas, y probablemente sea la parte del trabajo por la que te pagan de verdad aunque no lo tengas escrito en ningún sitio.
Con el primer cajón haz solo una cosa: elige el elemento que más te asuste y, una vez al mes, hazlo a mano. No por nostalgia ni por disciplina monacal, sino por lo mismo que los pilotos siguen practicando aproximaciones sin instrumentos. Mantener el camino tibio cuesta muy poco cuando lo recorres de vez en cuando, y es carísimo cuando llevas dos años sin pisarlo.
Es la misma tecla que llevo tocando desde que escribí que el valor está donde hay duda, y la que separa a quien sale de esta década más capaz de quien sale más dependiente. Desde Human-IA insistimos en esto porque expandir el potencial humano no consiste en apoyarse menos en las máquinas: consiste en saber exactamente dónde te apoyas, para poder hacerlo con todo el peso.
Volvamos a la mañana del 3 de septiembre, con las tres pestañas caídas y la frase a medias.
Aquel día me devolvieron algo que no había pedido y que no me habría comprado: el plano de mi propia instalación. Salió gratis, duró unas horas y no lo organizó nadie.
El próximo simulacro tampoco lo vas a convocar tú. La lista, sí.
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