¿Y si la IA ya ha tenido su década?
El mes pasado se cumplieron cincuenta y siete años del Apolo 11 y alguien me lanzó la pregunta que lleva dándome vueltas: ¿no será la inteligencia artificial como el programa espacial, donde lo verdaderamente importante se hizo en una década y luego vino medio siglo de nada?
Es una pregunta buena. Tan buena que mi primer impulso fue contestarla deprisa, con el reflejo del que ya tiene una postura. Pero en lugar de contestar me fui a mirar una gráfica: la del presupuesto de la NASA año por año, en porcentaje del presupuesto federal. La había visto muchas veces. Esta vez vi otra cosa.
La curva empezó a bajar antes de ganar
El presupuesto de la NASA no tocó techo en 1969. Tocó techo en 1966, con un 4,41 % de todo el gasto federal estadounidense. Tres años antes de que Armstrong pisara el regolito. Para 1969, el año del alunizaje, ya había caído al 2,31 %: la mitad. Y siguió cayendo sin interrupción durante toda la década siguiente. Hoy, en 2026, la NASA maneja 24.400 millones de dólares, un 0,35 % del gasto federal. Doce veces menos peso que en su mejor momento.
Esto rompe la narrativa que todos llevamos dentro. La historia que nos contamos es: ganamos, y luego perdimos el interés. La gráfica dice otra cosa: el desmontaje empezó antes de la victoria. Cuando Armstrong bajó la escalerilla, el programa que lo había puesto allí llevaba tres años en retirada presupuestaria. El país estaba viendo por televisión el momento más espectacular de su historia tecnológica mientras, en paralelo, ya había decidido no repetirlo.
Y si la decadencia empezó antes del éxito, entonces la causa no puede ser el éxito.
Lo que se agotó no fue la ingeniería
Cincuenta y siete días después del Apolo 11, un grupo de trabajo presidido por el vicepresidente Agnew entregó a Nixon un informe de veintinueve páginas titulado The Post-Apollo Space Program: Directions for the Future. Proponía una estación orbital de doce personas, una base lunar permanente, un sistema de transporte reutilizable y una expedición tripulada a Marte. Los planes estaban hechos. Los ingenieros sabían perfectamente cómo hacerlo, o al menos sabían por dónde empezar.
Nixon no eligió ninguna opción. No dijo que no: simplemente no contestó. Tardó seis meses en emitir una declaración sobre política espacial, y no la escribió él ni ninguno de sus asesores de peso, sino dos funcionarios de rango medio. El 5 de enero de 1972 aprobó una sola pieza del conjunto —el transbordador— y enterró el resto.
Presta atención a lo que no falló ahí. No falló un cohete. No se atascó un problema de materiales, ni de propulsión, ni de guiado. El Saturno V voló trece veces y nunca perdió una tripulación. La ingeniería estaba disponible, financiable y probada. Lo que se agotó fue el motivo.
Porque el Apolo nunca fue un programa de exploración. Fue un programa de miedo. Nació el día que un satélite soviético del tamaño de una pelota de playa empezó a pitar sobre las cabezas de los norteamericanos, y su única función real era demostrar quién tenía mejores misiles sin tener que lanzarlos contra nadie. Cuando los soviéticos renunciaron a la Luna, tras cuatro fracasos consecutivos de su cohete N1, la carrera se quedó sin el otro corredor. Y una carrera sin rival no es una carrera: es un señor trotando solo.
Escribí hace unos meses en El mapa acaba donde empieza la brújula sobre por qué cuesta tanto volver a la Luna, y me centré entonces en lo técnico. Hoy creo que me quedé corto. Volver nunca fue difícil por razones de ingeniería. Fue difícil porque nadie sabía contestar para qué.
El Apolo no tenía clientes
Y aquí llegamos a la diferencia estructural de la que casi nadie habla cuando hace esta analogía.
El programa Apolo tuvo exactamente un cliente. Uno. El Congreso de los Estados Unidos. No había nadie más comprando. No existía un mercado de viajes a la Luna, ni un usuario final, ni un particular capaz de pagar por un servicio lunar. Los 25.800 millones de dólares de la época —unos 309.000 millones actuales— salieron todos del mismo bolsillo y respondían todos a la misma motivación. Cuando esa motivación desapareció, desapareció el cliente entero. No se redujo la demanda: se evaporó de golpe, porque solo había un demandante.
Compara eso con lo que tienes ahora mismo en la mano. La inteligencia artificial no tiene un cliente: tiene cientos de millones. Gente que paga veinte euros al mes porque le resuelve algo hoy, empresas que integran modelos en procesos que ya generan ingresos, desarrolladores que no podrían volver atrás aunque quisieran. Yo mismo soy uno de ellos, y lo he contado aquí sin adornos. Esa base de uso no depende de que nadie recupere el miedo a nadie.
Y entonces llegaron los chinos
Ahora bien, si tú quieres demostrar que el Apolo no se paró por límites técnicos, no necesitas mi gráfica ni el informe de Agnew. Te basta con mirar lo que está pasando este año.
En enero de 2019 China posó la Chang'e 4 en la cara oculta de la Luna, algo que no había hecho nadie. En junio de 2024 la Chang'e 6 trajo de vuelta muestras de esa misma cara oculta, algo que tampoco había hecho nadie. Para agosto de este año tiene prevista la Chang'e 7, que va a buscar hielo de agua al polo sur lunar. Y ha comprometido públicamente una cosa mucho más gorda: taikonautas pisando la Luna antes de 2030, con el cohete Larga Marcha 10, la nave Mengzhou y un módulo de descenso llamado Lanyue —«abrazar la Luna», de un poema de Mao— que ya ha completado ensayos integrados de aterrizaje y despegue.
Y de repente, mira lo que pasa al otro lado. Estados Unidos, que llevaba medio siglo sin encontrar una sola razón convincente para volver, tiene otra vez un programa lunar, un presupuesto para él y un discurso oficial que habla sin disimulo de llegar primero y de reclamar ese territorio para América. Artemis acumula retrasos, sí, pero existe. Y existe exactamente por lo mismo por lo que existió el Apolo.
La Luna no se ha acercado ni un metro en cincuenta y tres años. La física no ha cambiado. Lo único que ha cambiado es que ha vuelto a haber alguien contra quien correr.
Esto no es un detalle de color. Es la refutación completa de la premisa. Si la ausencia de un rival fue lo que paró el programa espacial durante medio siglo, y la aparición de un rival lo ha reactivado en pocos años, entonces la pregunta «¿tendrá la IA su única década?» se convierte en otra mucho más simple: ¿hay alguien corriendo enfrente?
Y la respuesta la tienes en los titulares de cualquier semana. Según el análisis del CSIS, la distancia entre los mejores modelos estadounidenses y los mejores chinos se mide ya en meses, no en generaciones. Y en Hugging Face, la plataforma donde el mundo entero se descarga modelos, los chinos han superado a los norteamericanos tanto en descargas mensuales como acumuladas: cuatro de cada diez descargas del último año.
Escribí sobre esto en Tucídides se equivocó de protagonistas y en China, IA y el dilema del consejero sabio, pero entonces no había caído en la simetría con el Apolo. La IA tiene los dos motores. Tiene el comercial, que el Apolo nunca tuvo. Y tiene el del miedo geopolítico, que es el único que el Apolo tuvo.
El problema de una carrera sin meta
Y aquí es donde deja de ser una buena noticia y se vuelve otra cosa.
El motor del miedo del Apolo tenía un interruptor de apagado incorporado: una meta binaria, verificable, con fecha. Pisas la Luna, plantas la bandera, ganas, se acabó. El programa se autodestruyó por diseño en el momento de cumplirse, y visto desde 2026 eso fue casi una suerte.
La carrera de la IA no tiene bandera que plantar. No hay ningún momento en el que nadie pueda decir «hemos ganado» y todo el mundo lo acepte. No hay regolito bajo la bota. Lo que hay es una frontera que se mueve cada tres meses y una definición de victoria que cambia con ella.
Un programa que no puede terminar tampoco puede autodesactivarse. Eso significa que no vamos a tener nuestro 1972. Y significa que la pregunta relevante deja de ser «¿cuánto durará esto?» —durará— y pasa a ser una bastante más incómoda, que ya me quitaba el sueño cuando escribí Esto explica por qué no duermes: ¿en qué clase de carrera queremos estar metidos, y quién decide las reglas de una competición que nadie puede ganar del todo?
No tengo respuesta. Tengo la sospecha de que quien te la dé con demasiada seguridad no la ha pensado.
Pero no te quedes con el consuelo fácil
Antes de seguir, debo ser sincero, porque hay una trampa en lo que llevo dicho.
Es verdad que la IA tiene clientes. Lo que no es verdad es que sean esos clientes quienes están pagando lo que se está construyendo. Los cinco grandes proveedores de infraestructura han comprometido para 2026 entre 660.000 y 690.000 millones de dólares en inversión de capital, con unos 450.000 millones específicamente destinados a IA. Un año y medio de programa Apolo entero, en doce meses, financiado en buena parte con deuda. Y los ingresos de las empresas que fabrican los modelos, aunque crezcan a un ritmo que no se había visto nunca, siguen siendo una fracción de esa cifra.
Eso no significa que sea humo. Ya expliqué en Sobre la burbuja de la IA por qué las burbujas construyen cosas que quedan cuando la burbuja se va, y en La escasez no frena la inteligencia por qué la idea de que solo queda tirar de fuerza bruta no resiste mirar dentro del motor. Pero la fragilidad existe, solo que es de otro tipo. Al Apolo lo mató un Congreso, y los Congresos tardan años en cambiar de opinión. A esto, si algo lo tumba, lo tumbará un mercado de capitales. Y un mercado de capitales cambia de opinión en un trimestre. Ya lo notas tú, aunque sea en pequeño, cada vez que te salta un aviso de límite de uso y no sabes exactamente qué has consumido: de eso hablé en Vibepricing.
Dónde vive la capacidad
Y ahora la parte que de verdad me importa, que no es económica ni geopolítica.
Cuando la NASA cerró la línea del Saturno V, no solo dejó de fabricar cohetes. Perdió la capacidad de fabricarlos. Se destruyó utillaje, se dispersaron equipos, se jubilaron personas que llevaban el conocimiento en las manos y no en los planos. Décadas después, cuando se quiso volver, hubo que reaprender cosas que ya se habían sabido. Aquella capacidad extraordinaria vivía en el programa, no en las personas. Y los programas se cancelan.
Fíjate en el contraste, porque es brutal. Los laboratorios chinos están regalando los pesos de sus modelos bajo licencias MIT y Apache. Regalándolos. Eso quiere decir que ahora mismo, mientras lees esto, la capacidad está copiada en millones de discos duros repartidos por el planeta, en manos de gente que no le debe explicaciones a ningún Congreso ni a ningún consejo de administración. Puedes cancelar un programa. No puedes cancelar una descarga.
Hubo excepciones también en el Apolo, claro. Escribí sobre Nancy Roman, que eligió álgebra en vez de latín y acabó dirigiendo el Hubble. Lo que Roman se llevó de aquel programa no era transferible a ningún presupuesto: era suyo. Nadie se lo podía recortar.
Esa es la pregunta que yo te devolvería. Porque la respuesta honesta a si estamos en 1966 o en 1972 es que no lo sé, y quien te diga lo contrario está vendiendo algo o jugando al bingo tecnológico.
Lo interesante es que la respuesta no cambia lo que deberías hacer.
Si estamos en 1966, la peor decisión posible es mirarlo por televisión. Si estamos en 1972, la peor decisión posible es haber puesto tu capacidad dentro de una herramienta en lugar de dentro de ti. En los dos escenarios gana lo mismo: la gente que usa esto para hacer cosas que antes no podía hacer, y que en el proceso se transforma a sí misma. La que lo usa solo para ir más rápido en lo de siempre está construyendo un Saturno V —impresionante, caro y cancelable.
Por eso en la fundación insistimos tanto en la diferencia entre expandir tu potencial y expandir el que te programaron, y por eso repito hasta el aburrimiento que si no sabes lo que quieres, la herramienta lo decidirá por ti. El Apolo se paró porque nadie supo contestar para qué. Es la única forma conocida de parar algo que funciona.
Y esta vez, para bien y para mal, hay alguien corriendo enfrente.
El Saturno V nunca falló. Falló la respuesta al «¿y ahora qué?».
