La primera vez que hice esta pregunta en voz alta fue en una mesa de ocho personas, y me arrepentí antes de terminar de formularla. No por la pregunta en sí, sino por el silencio que vino después. Uno de esos silencios que no son de reflexión sino de emboscada. Había preguntado algo que en teoría todo el mundo sabe contestar sobre sí mismo y resultó que no.
El primero en romper el silencio —un tipo brillante, con veinte años de oficio a las espaldas— empezó a describirme su trabajo. Que si coordinaba equipos, que si revisaba entregables, que si mantenía la relación con tres clientes grandes, que si preparaba los informes mensuales para el comité. Habló durante casi dos minutos. Cuando terminó, le dije lo único que se me ocurrió, que probablemente sonó peor de lo que pretendía: «Eso es lo que haces. Te he preguntado qué valor aportas».
Se quedó mirándome. Y entonces dijo algo que me ha acompañado desde entonces: «Joder, ¿no es lo mismo?»
No. No es lo mismo. Y la distancia entre una cosa y la otra es exactamente el territorio donde se está jugando ahora mismo el futuro profesional de mucha gente.
El inventario de tareas disfrazado de identidad
Prueba a hacer el ejercicio ahora, mentalmente, antes de seguir leyendo. ¿Qué valor aportas? Y observa hacia dónde se va tu cabeza en los primeros tres segundos.
Si eres como la inmensa mayoría —yo incluido, la primera vez que me lo pregunté en serio— tu cabeza se va a un listado. Hago esto, gestiono aquello, me encargo de lo de más allá. Es una respuesta natural, casi inevitable, porque es la que llevamos décadas entrenando. El currículum funciona así. La descripción del puesto funciona así. La evaluación anual de desempeño funciona así. Toda la infraestructura administrativa de nuestra vida laboral está construida para que respondas con un inventario de tareas.
El problema es que las tareas son, precisamente, la unidad mínima de automatización.
Cuando una organización decide qué automatizar, no automatiza personas. Automatiza tareas. Descompone un puesto en sus operaciones elementales, mira cuáles de ellas puede hacer una máquina con calidad suficiente y coste menor, y las saca. Lo que queda después es tu puesto, más pequeño. Si tu respuesta a «qué valor aportas» era la lista completa de esas operaciones, acabas de descubrir que tu identidad profesional y el catálogo de recortes de tu empresa eran el mismo documento.
He visto esto en primera persona. En Mejor lo hago yo conté cómo mi madre me hacía comprobar el ticket del supermercado cuando llegaron las cajas registradoras. Lo que ella me estaba enseñando no era a sumar —la máquina sumaba mejor y más rápido que yo, y ella lo sabía perfectamente—. Me estaba enseñando a no dar nada por bueno sin mirarlo. La tarea era sumar. El valor era la desconfianza productiva. Cuarenta años después, la tarea desapareció por completo y el valor sigue intacto. De hecho, nunca ha valido más.
Esa distinción es la que casi nadie hace cuando le preguntas. Y no es una distinción académica ni un juego de palabras: es la diferencia entre poder reconstruirte y no poder.
Por qué nos cuesta tanto separarlas
Hay una razón honesta por la que confundimos ambas cosas, y no es estupidez. Es que durante mucho tiempo fueron indistinguibles.
Si eras contable en 1985, tu valor y tu tarea coincidían casi al cien por cien. Sabías llevar libros, y llevar libros era difícil, y por eso te pagaban. Esa habilidad técnica era escasa, la escasez generaba valor, y no había ninguna necesidad práctica de separar una cosa de otra. Lo mismo con el delineante, con el traductor, con el fotógrafo de estudio, con el programador que dominaba un lenguaje concreto. La destreza técnica era el valor porque adquirirla costaba años y muy poca gente estaba dispuesta a pagar ese precio.
Lo que ha roto la IA no es el valor. Es el vínculo entre valor y destreza técnica.
Escribí sobre esto en Del Álgebra al «Vibe»: cada capa de abstracción que hemos añadido en la historia de la computación ha destruido una destreza y ha liberado un valor. FORTRAN destruyó la destreza de programar en binario y liberó el valor de plantear problemas científicos. Los frameworks destruyeron la destreza de escribir cada rutina desde cero y liberaron el valor de diseñar sistemas. Y cada vez que ocurrió, hubo gente que había construido toda su identidad profesional sobre la destreza destruida y no sobre el valor liberado. Esa gente lo pasó mal. No porque fueran peores profesionales, sino porque habían respondido mal a esta pregunta durante veinte años sin que nadie se lo señalara.
Llevo más de cuatro décadas escribiendo código. He programado en ensamblador, en COBOL, en Lisp, en C, en Python. Si mi respuesta a «qué valor aportas» hubiera sido «sé programar en COBOL», hoy estaría contando una historia muy distinta. Nunca fue esa. Siempre fue algo más incómodo de formular y más difícil de poner en un currículum: sé mirar un problema desordenado y ver dónde está la estructura. El lenguaje era la tarea. La estructura era el valor.
El test del enunciado
Hay una forma rápida de saber si lo que has contestado es tarea o valor. Yo la uso y funciona sorprendentemente bien.
Coge tu respuesta e intenta escribirla como una instrucción para otro. Si puedes convertirla en un procedimiento —haz esto, luego esto, luego comprueba aquello— es una tarea. Y si es un procedimiento, tarde o temprano será un script, un flujo de trabajo automatizado o un agente. No hoy necesariamente, no este año, pero la dirección del viento no admite mucha discusión.
Si en cambio no puedes escribirla como instrucción porque depende del caso, del contexto, de lo que percibes en la habitación, de veinte años de haber visto salir mal las mismas cosas de veinte maneras distintas… entonces estás cerca del valor. El valor casi nunca se deja escribir como procedimiento. Por eso cuesta tanto explicarlo en una entrevista de trabajo y por eso lo primero que sale de la boca de la gente es el inventario.
Lo interesante es que este test también funciona al revés, y ahí se pone la cosa entretenida. Si eres capaz de escribir tu trabajo como un procedimiento tan bueno que otro podría ejecutarlo sin ti, has creado algo valioso —el procedimiento— aunque hayas hecho prescindible la ejecución. Eso también es aportar valor. Simplemente es aportar un valor distinto del que creías estar aportando.
Quién contesta cuando tú no contestas
Y aquí llega la parte que de verdad me preocupa, porque la primera mitad de este artículo es un ejercicio de introspección y esta segunda mitad es una advertencia.
La pregunta «¿qué valor aportas?» se va a responder. Con tu participación o sin ella.
Si no la respondes tú, la responde tu jefe en una reunión a la que no estás invitado. La responde un consultor externo que ha pasado tres semanas en tu empresa y ha hecho un mapa de procesos. La responde una hoja de cálculo que compara coste por función. La responde, cada vez más, un sistema que analiza tu actividad medible y produce un número. Y todas esas respuestas tienen algo en común: son sistemáticamente más pequeñas que tú.
Son más pequeñas por una razón estructural, no por maldad. Cualquiera que te evalúe desde fuera solo puede ver lo que deja rastro. Ve los informes que entregaste, no las tres versiones que descartaste porque sabías que el cliente no estaba preparado para esa conversación. Ve las reuniones a las que asististe, no la que evitaste porque olías el desastre. Ve tus entregables, no tu criterio. Y como el criterio es invisible y el entregable no, la evaluación externa siempre convierte tu valor en tu tarea. Exactamente el error que acabamos de describir, pero ahora cometido por otro, sobre ti, y con consecuencias.
Hablé de esto desde otro ángulo en El gran Predictor ya está aquí, cuando contaba las partidas de mus con mi padre. Él tenía un modelo de mí tan bueno que en algún momento dejé de jugar mis cartas y empecé a jugar contra su modelo. La decisión ya no era del todo mía. La compartía con su idea de quién era yo.
Pues bien: ahora mismo hay modelos de ti circulando por ahí. En la cabeza de tu jefe, en un CRM, en un sistema de evaluación, en el resumen que alguien hizo de ti en una conversación de pasillo. Y si tú no tienes una respuesta clara y propia a esta pregunta, esos modelos son la única versión de ti que existe.
La autorización no viene de fuera
Escribí en la única autorización que necesitas es la tuya sobre Wozniak construyendo por las noches algo que nadie le había pedido, mientras Hewlett-Packard le pagaba muy bien por diseñar calculadoras. HP tenía una respuesta perfectamente razonable a la pregunta de qué valor aportaba Wozniak: diseñaba buenas calculadoras. Era verdad. Era completa dentro de su marco. Y era ridículamente pequeña comparada con lo que resultó ser al final.
De hecho, HP tuvo la oportunidad de quedarse con el Apple I. Wozniak, que era un empleado honesto, se lo ofreció a su empresa antes que a nadie. Lo rechazaron cinco veces. No porque fueran tontos, sino porque su modelo de Wozniak no incluía «esta persona puede inventar una categoría de producto que aún no existe». Su modelo incluía «esta persona diseña calculadoras excelentes». La diferencia entre ambas respuestas es la diferencia entre HP y Apple.
En Expandir el potencial humano: ¿el tuyo o el que te programaron? planteaba una pregunta hermana de esta: antes de expandir tu potencial, conviene saber si el potencial que quieres expandir es tuyo o te lo instalaron. Con el valor pasa igual. Muchas de las respuestas que damos a «qué valor aportas» son respuestas que nos escribió otro y que hemos memorizado tan bien que ya nos suenan a propias.
La misma pregunta, para las empresas
Y llegados aquí conviene girar la cámara, porque la pregunta escala. Todo lo que he dicho de las personas se aplica, con más crudeza si cabe, a las organizaciones.
Llevo meses jugando a un juego que describí en Blockchain, cuántica, metaverso, IA… ¡Línea!: observar el historial de una empresa y marcar casilla cada vez que salta limpiamente de una tecnología revolucionaria a la siguiente sin haber producido nada concreto con la anterior. Blockchain en 2018, cuántica en 2021, metaverso en 2022, IA en 2024. Línea.
A esas empresas la pregunta les sienta como una patada. ¿Qué valor aportas? Y la respuesta, si te fijas, siempre viene en el mismo formato: un listado de tareas. Implementamos soluciones, acompañamos en la transformación, ofrecemos formación especializada, desarrollamos casos de uso. Cero valor. Puro inventario.
Y aquí es donde la IA está haciendo una criba que llevaba décadas pendiente. Porque hay dos tipos de intermediario en cualquier mercado, y hasta ahora se parecían mucho por fuera. El primero transportaba información: sabía algo que tú no sabías y te lo vendía. El segundo aportaba criterio: sabía lo mismo que podías averiguar tú, pero sabía cuál de esas cosas se aplicaba a tu caso concreto y cuál te iba a estropear el año.
El primero ha muerto y todavía no se ha enterado. Cualquier cosa que consista en «sé algo que tú no sabes y te cobro por decírtelo» está a un prompt de distancia de ser gratuita. El segundo vale más que nunca, precisamente porque ahora todo el mundo tiene acceso a la información y casi nadie tiene criterio para ordenarla. En Cómo identificar empresas «cantamañanas» de IA desarrollé la parte más práctica de esto, pero el fondo es este mismo: la pregunta separa a unos de otros con una limpieza que da un poco de vértigo.
Y sí, me la aplico. Human-IA tiene que responderla igual que cualquiera. No aportamos información sobre IA —hay más información gratuita sobre inteligencia artificial de la que ningún ser humano puede consumir en una vida—. Aportamos, o intentamos aportar, un lugar donde pensar sobre ella sin que te vendan nada y sin que te asusten. Si algún día dejamos de hacer eso y nos convertimos en un canal más de novedades, la respuesta correcta a nuestra propia pregunta será: ninguno. Y espero tener la honestidad de decirlo.
Cómo se contesta bien
No tengo una fórmula, pero sí tres observaciones de haberlo preguntado bastantes veces.
La primera: las buenas respuestas suelen ser incómodas de decir en voz alta. Suenan pretenciosas, o vagas, o difíciles de justificar ante un comité. «Sé cuándo un proyecto va a fracasar antes de que se note» es una respuesta excelente y una respuesta imposible de poner en un currículum. Esa incomodidad es buena señal. Lo que se dice sin esfuerzo es casi siempre lo que se ha memorizado.
La segunda: las buenas respuestas se sostienen si les quitas la herramienta. Prueba a formularla así: si mañana mi sector cambiara de herramientas por completo, ¿qué parte de mi respuesta seguiría siendo verdad? Lo que sobreviva a esa poda es valor. Lo que no sobreviva era destreza técnica, y la destreza técnica tiene fecha de caducidad desde que existe la escritura.
La tercera, y la que más me ha costado aprender: el valor se contesta mejor mirando lo que la gente te pide cuando no te está pidiendo tu trabajo. A quién llaman cuando hay un marrón. Qué te preguntan en el pasillo. Por qué te reenvían ese correo a ti y no a otro. Ahí está tu respuesta, y suele ser bastante distinta de lo que pone en tu tarjeta.
Volvamos a la mesa
Aquel amigo mío, el de los dos minutos de inventario, me llamó unas semanas después. Me dijo que le había estado dando vueltas y que tenía una respuesta. Se la pedí.
«Traduzco», me dijo. «Llevo veinte años entre gente técnica y gente de negocio y lo único que hago, en realidad, es traducir. Todo lo demás son excusas para poder estar en las dos habitaciones.»
Es una respuesta espléndida. Y es una respuesta que no aparecía por ninguna parte en su descripción de puesto, en su currículum ni en su evaluación de desempeño. Llevaba veinte años aportando un valor que su empresa no tenía registrado en ningún sitio, y que él mismo no había puesto nunca en palabras hasta que alguien le hizo la pregunta incómoda en una cena.
Eso es lo que me da miedo, y lo que me hace escribir esto. No que la IA nos quite el valor. Que nos pille sin haberlo formulado nunca, y que la formulación la acabe haciendo otro.
El que no sabe qué aporta acaba aportando lo que le digan.
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