Ideas para navegar el presente

Pax Silica

Hay nombres que son un argumento entero antes de que nadie haya explicado nada. Cuando leí «Pax Silica» por primera vez me quedé un rato mirando las dos palabras, y no por lo que decían, sino por lo que alguien había decidido que dijeran. Porque nadie llama a una iniciativa diplomática en latín por accidente. El latín no se elige para informar: se elige para invocar. Quien puso ese nombre —la iniciativa la estableció en diciembre de 2025 el subsecretario de Estado para Asuntos Económicos, Jacob Helberg— sabía perfectamente qué eco estaba comprando.

Pax Romana. Pax Britannica. Pax Americana. Y ahora la paz del silicio. Del cuarzo, de la arena. El material más abundante y más barato de la corteza terrestre, convertido en la sustancia más disputada del planeta en cuanto aprendimos a grabar sobre él circuitos de tres nanómetros.

Llevo días dándole vueltas a esto y quiero contártelo despacio, porque creo que estamos ante uno de esos momentos que dentro de veinte años aparecerán en los libros con una fecha concreta al lado, y que ahora mismo estamos leyendo entre otras cuatro noticias.

Lo que hay dentro de una pax y lo que queda fuera

Tácito, en el Agrícola, pone en boca del caudillo britano Calgaco una frase que me persigue desde la universidad: ubi solitudinem faciunt, pacem appellant. Donde hacen un desierto, lo llaman paz. Si quieres leer el discurso entero, merece la pena: es la crítica más antigua y más eficaz que se ha escrito nunca contra la palabra «paz» en boca de un imperio. Ladrones del mundo, los llama. Y luego esa puñalada final: a la rapiña le dan el nombre falso de imperio.

Conviene recordar que Calgaco probablemente no existió, y que si existió desde luego no dijo eso. El discurso es un recurso literario de Tácito, un romano criticando a Roma desde la boca prestada de un bárbaro. Lo cual, si lo piensas, lo hace todavía más interesante.

Y sería demasiado fácil quedarse ahí, porque la Pax Romana también fue verdad. Doscientos años de calzadas, de comercio, de derecho, de correo, de ciudades que crecieron. Millones de personas vivieron vidas mejores dentro de ella. Las dos cosas son ciertas a la vez, y creo que ahí está lo interesante: una pax no es una mentira ni un regalo. Es una oferta con una frontera dentro. Es real para quien está dentro y define, por definición, un fuera.

Lo que ha cambiado es dónde se traza esa frontera. Ya no es un limes (la frontera fortificada del Imperio romano), ni un río, ni una línea de fortines en Britania. Es una cadena de suministro.

Pax Silica no habla de regular la inteligencia artificial. Habla de minerales críticos, refinado, energía, manufactura avanzada, semiconductores, capacidad de cálculo, infraestructura de datos y, al final del todo, modelos. De abajo arriba. Es un intento de construir una cadena completa que pueda funcionar sin China: minerales fiables, litografía holandesa, fabricación taiwanesa y coreana, aceleradores estadounidenses, centros de datos aliados, modelos occidentales. Y no se queda en la declaración: tras la cumbre de junio en Washington, el Departamento de Estado anunció que destinará hasta 50 millones de dólares a una plataforma piloto de trazabilidad y acreditación de la cadena de suministro de IA, integrada con los puertos y las aduanas de Panamá. Eso ya no es geopolítica de comunicado. Eso es fontanería.

La oferta, resumida sin maldad, sería esta: entra en nuestro ecosistema y tendrás acceso a inversión, chips, infraestructura, minerales y una cadena tecnológica fiable entre aliados.

La otra oferta

El 16 de julio de 2026, en Shanghái, veintinueve países firmaron el acuerdo constitutivo de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial, WAICO. Una organización intergubernamental independiente, con sede en Shanghái, firmada por Wang Yi en nombre del gobierno chino y con António Guterres presente en la ceremonia. Al día siguiente, Xi Jinping la anunció desde el escenario del World AI Conference y pidió un sistema de gobernanza global de la IA «justo y equitativo», prometiendo además 5.000 plazas de formación para países en desarrollo en cinco años y centros de cooperación con ASEAN, la Unión Africana y los BRICS.

Entre los fundadores hay Brasil, Rusia, Indonesia, Sudáfrica, Malasia, Pakistán, Senegal. El Sur Global, dicho sin rodeos. Ni Estados Unidos, ni Reino Unido, ni la Unión Europea: Tim Bajarin lo describía en Forbes como la creación deliberada de una «vía china» en la gobernanza de la IA, sin un solo representante de una democracia occidental en la sala.

El planteamiento es exactamente el inverso. Donde Pax Silica dice «cadena segura», WAICO dice «acceso compartido». Donde una habla de socios de confianza, la otra habla de que ningún puñado de países monopolice la tecnología. El acuerdo insiste en que la participación es abierta y sin condiciones ligadas al sistema político de cada cual, lo cual es una manera muy elegante de decir varias cosas a la vez. La investigadora argentina Lina Merino lo comparaba en NODAL de forma bastante afilada: una iniciativa asegura la cadena, la otra promete compartirla, y ninguna de las dos es una alianza entre iguales.

Y hay un elemento técnico que hace la oferta china mucho más sólida de lo que parece sobre el papel: los modelos de pesos abiertos. Esto ya no es una promesa. Según el análisis del MIT Technology Review, la familia Qwen de Alibaba superó a Llama en descargas acumuladas en Hugging Face, y modelos como Kimi K2.5 se acercan a los sistemas propietarios punteros a una fracción del precio. Un informe de Stanford HAI documenta cómo los desarrolladores chinos de modelos abiertos ya superaron a los estadounidenses en cuota de descargas, y cómo los modelos derivados construidos sobre Alibaba y DeepSeek llevan meses creciendo más rápido que los basados en modelos occidentales.

No es caridad, es estrategia, y funciona. Ya escribí sobre cómo esos modelos llegaron aprendiendo del maestro hasta destilar su esencia, y sobre el dilema del consejero sabio que eso le plantea a quien los usa. Pero desde el punto de vista de un ministro de Digitalización de un país mediano, la diferencia es brutal: una oferta te da acceso a comprar, la otra te da acceso a construir.

Entra en nuestro ecosistema y tendrás tecnología, modelos y cooperación para desarrollar tu propia capacidad. Esa es la segunda oferta.

Ninguna de las dos es desinteresada. Ambas son coherentes con los intereses de quien las hace. Eso no las invalida: las explica.

Y entonces llegó la carta

El 14 de agosto, Reuters reveló un borrador interno del Departamento de Estado. Una carta dirigida a los treinta y cinco firmantes de la Declaración sobre la Oportunidad de la IA que se rubricó en junio. El texto viene a decir que firmar la Declaración Pax Silica no es una suscripción sino un compromiso, y que ese compromiso no puede sostenerse a la vez que la pertenencia a iniciativas duplicadas cuyas expectativas entren en conflicto con las propias. Sin nombrar a China ni una sola vez.

Y una frase que, la verdad, es demasiado buena para un documento diplomático: «Ser parte de todo es no ser parte de nada». Un funcionario estadounidense se lo resumió a Reuters con menos literatura: no se puede tener las dos cosas.

El Departamento de Estado dijo que no comenta documentos internos supuestamente filtrados. El borrador no tiene fecha y no se sabe si se enviará tal cual. Conviene no tratarlo como un hecho consumado, y si quieres contrastarlo, la noticia está también en CNBC y, en español, en El Imparcial.

Pero hay un país concreto detrás de esa frase, y ese país es Kazajistán.

Kazajistán entró en Pax Silica en junio. Helberg lo celebró específicamente: primer país de Asia Central, reservas significativas de los minerales de los que dependen los chips avanzados. Un mes después, Kazajistán firmó también el acuerdo de WAICO. Es, hasta donde se sabe, el único país que está en las dos listas.

No creo que eso sea un despiste. Creo que es una posición. El analista George Chen, que lleva años siguiendo esto desde Asia, lo describe como el dilema clásico de las potencias medias: Kazajistán decidió hacer exactamente lo que han hecho históricamente los países que están entre dos gigantes y tienen algo que los dos necesitan. No elegir. Ser el sitio por donde pasa la cosa. Ser un puente.

Y aquí es donde la noticia me tocó de una forma que no esperaba, porque yo escribo esto desde un lugar que se llama precisamente así.

Un puente no es un lugar neutro por cobardía. Es un lugar neutro por función. Su utilidad consiste exactamente en que no pertenece del todo a ninguna de las dos orillas. En el momento en que un puente elige orilla, deja de ser un puente y se convierte en un muelle: una estructura que sale del agua y no llega a ninguna parte.

La paradoja que nadie va a resolver este año

Lo que hace que el caso de Kazajistán sea tan incómodo para Washington no es la deslealtad. Es la geología, y sobre todo la química.

Aquí conviene poner números, porque la conversación pública sobre minerales críticos suele confundir dos cosas distintas. El problema no es dónde están las piedras. El problema es quién sabe convertirlas en algo utilizable. La Agencia Internacional de la Energía lo documenta sin dramatismo y por eso mismo resulta más contundente: China es el principal refinador en 19 de los 20 minerales estratégicos analizados, con una cuota media en torno al 70%. En tierras raras para imanes la concentración es todavía mayor: alrededor del 91% del refinado mundial, frente a un 60% de la extracción. Y en la edición de 2026 del informe, la AIE señala que la concentración no ha bajado, ha subido.

Traducido: un país occidental puede abrir una mina de litio en su propio territorio y seguir dependiendo por completo de la infraestructura de procesamiento china para convertir ese concentrado en algo que sirva. Tener la piedra no es tener el mineral.

Y la paradoja de todo este asunto es que cada bloque domina exactamente aquello que el otro necesita asegurar. China refina lo que Occidente extrae. Occidente fabrica el equipamiento litográfico y los aceleradores de última generación sin los cuales China no llega a la frontera. Los dos están corriendo, a toda velocidad y con dinero público, a construir precisamente la pieza por la que el otro podría ahogarlos.

Un proveedor de minerales que hace equilibrios entre los dos es, literalmente, el escenario que Pax Silica existe para impedir.

Cuando escribí sobre la trampa de Tucídides sostenía que nos habíamos equivocado de protagonistas: que la tensión de fondo no era entre dos Estados, sino entre lo que estamos construyendo y nuestra capacidad de entenderlo. Sigo pensándolo. Pero reconozco que los Estados han vuelto al escenario con un vigor que hace unos meses no le habría concedido. Y lo han hecho por la puerta de atrás: no discutiendo qué debe hacer la IA, sino repartiéndose quién enchufa los cables.

Busqué España en la lista

Lo hice el mismo día que salió la noticia, casi por reflejo. Y no está.

Puedes comprobarlo en la relación oficial de firmantes: Alemania, Países Bajos, Grecia, Finlandia, Suecia, Noruega, Reino Unido, Israel, India, Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Catar, Emiratos, Australia, Argentina, Chile, Costa Rica, El Salvador, Panamá, Kazajistán. Y está la Unión Europea, que firmó en nombre del bloque después de que los Estados miembros autorizaran a la Comisión.

O sea que sí estamos. Estamos representados. No estamos presentes. Y en una mesa donde lo que se está repartiendo es qué aporta cada uno, esa diferencia no es protocolaria.

Porque Helberg, al dar la bienvenida a los nuevos socios, fue muy concreto sobre qué traía cada cual: la base industrial de Alemania, la posición estratégica y la industria naviera de Grecia, el papel histórico de Países Bajos en equipamiento para semiconductores. Cada país llegó con una frase que lo describía. Nosotros llegamos dentro de un paraguas. En Argentina, por comparar, la adhesión abrió inmediatamente el debate sobre si el país iba a desarrollar capacidades propias o quedarse en proveedor de minerales y energía. Aquí ese debate no lo he visto en ninguna parte.

Y hay una ironía que duele un poco. El 3 de junio de 2026, la Comisión presentó su Paquete de Soberanía Tecnológica: Chips Act 2.0, Cloud and AI Development Act, estrategia de código abierto. Von der Leyen lo justificó diciendo que Europa no puede permitirse depender de otros para las tecnologías que mantienen funcionando sus hospitales y sus redes eléctricas. Un funcionario europeo lo dijo aún más claro a CNBC: queremos estar seguros de que nadie tiene un interruptor.

Veintitrés días después, Bruselas firmaba Pax Silica.

La Comisión argumenta que la declaración no es jurídicamente vinculante, que es política y no comercial. Puede que técnicamente sea así. Pero uno no firma un compromiso de alineamiento tres semanas después de anunciar su independencia sin que quede algo raro en el aire. Mediapart fue directamente brutal: lo describió como la confirmación de que Europa es la periferia tecnológica de Washington. Desde la orilla opuesta del espectro político, El Debate llegaba a una conclusión no tan distinta: que la adhesión refleja sobre todo la debilidad de la política industrial europea, incapaz de coordinar lo que Estados Unidos coordina y China planifica. Cuando la izquierda y la derecha te describen el mismo problema con palabras distintas, suele ser que el problema existe.

Hace unos meses escribí «Europa, ¿cuándo plantarás tu árbol?» y me quedé con la sensación de estar siendo demasiado duro. Ya no la tengo. Y tampoco me sirve indignarme desde fuera, porque en «En casa del herrero…» conté cómo tuve durante meses un problema evidente en mi propia web y lo peor no era no resolverlo, sino no verlo como problema. Esto es lo mismo a otra escala. La cuestión no es que Europa haya firmado. Es que Europa firmó sin tener claro qué llevaba en la mano cuando llegó.

Esto ya te tocó, aunque no te enteraras

Y si crees que todo esto es diplomacia lejana, permíteme un dato incómodo, porque a mí me pasó.

El 12 de junio de este año, Anthropic suspendió el acceso a dos de sus modelos más capaces para cumplir con controles de exportación del Departamento de Comercio estadounidense. Estuvieron caídos hasta que los controles se levantaron a final de mes y el acceso se restableció el 1 de julio. Fueron dieciocho días. Ni una guerra, ni un embargo, ni un titular en portada. Una decisión administrativa en Washington que decidió, durante dos semanas y media, qué herramienta podía y no podía usar gente que trabaja en Madrid.

Ya escribí en «El miedo y la dictadura» sobre lo que se siente cuando la herramienta deja de responder sin avisar. Entonces era un límite de uso. Ahora sabemos que también puede ser un decreto. La lógica de bloques no es algo que vaya a llegar: es algo que ya usó tu teclado.

Lo que no aparece en ninguna de las dos ofertas

Y ahora te propongo el ejercicio que a mí me ha resultado más útil con todo esto: dejar de leerlo como noticia internacional y leerlo como una pregunta dirigida a ti.

Porque si lees las dos ofertas con atención, verás que las dos son ofertas de acceso. Una te ofrece chips, inversión y una cadena fiable. La otra te ofrece modelos, formación y capacidad de construir. Las dos son valiosas. Las dos son reales. Y ninguna de las dos, ni una sola línea de ninguna de las dos, dice nada sobre qué vas a hacer tú con eso.

Esto es exactamente lo mismo que llevo diciendo aquí sobre las herramientas, pero a escala de Estado. En «Expandir el potencial humano: ¿el tuyo o el que te programaron?», que sin saber qué potencial quieres expandir acabas expandiendo el que otro decidió por ti. Y en «Pensamiento crítico vs. prompts perfectos», que la técnica sin criterio te hace más rápido en la dirección equivocada.

Un país que entra en un bloque sin saber para qué quiere la IA acaba siendo lo que el bloque necesite que sea. Proveedor de litio. Emplazamiento de centros de datos con energía barata. Mercado. Y lo hará con la sensación de haber elegido, que es lo peor de todo, porque cuando no sabes lo que quieres, otro lo decide por ti y te devuelve la decisión envuelta como si fuera tuya.

Aristóteles, en el pasaje que ya he citado aquí al hablar de las lanzaderas que tejen solas, no se preguntaba quién fabricaba las lanzaderas. Se preguntaba qué haríamos con la libertad que dejarían. Nosotros llevamos un año discutiendo con enorme sofisticación quién fabrica las lanzaderas y con muy poca sofisticación la segunda parte.

No soy pesimista con esto. Nunca lo he sido y no voy a empezar ahora. La bifurcación en dos ecosistemas es mala noticia para la ciencia, para el coste y para la interoperabilidad, y sería absurdo fingir lo contrario. Pero también significa que hay dos cadenas de suministro compitiendo por ser útiles, dos ofertas de formación, dos conjuntos de modelos, y una presión enorme sobre ambos bloques para demostrar que lo suyo sirve para algo. Cuando escribí que la escasez no frena la inteligencia hablaba de eficiencia algorítmica, pero el principio vale igual aquí: la restricción produce ingenio. Un mundo con dos ecosistemas es un mundo donde a nadie le sale gratis dar por hecho a sus socios.

Lo que no me consuela es lo otro. Que la conversación entera —los minerales, las cartas, las listas de firmantes, los ultimátums— sea una conversación sobre infraestructura mientras la pregunta de para qué queremos esto sigue sin dueño. Ya conté en «Esto explica por qué no duermes» y en «La democracia de Anthropic tiene pasaporte americano» que la IA hace mucho que dejó de ser un asunto puramente civil. Esto es el paso siguiente y era previsible. Lo que no era previsible es la velocidad.

Kazajistán probablemente tenga que elegir. Los países pequeños casi siempre acaban eligiendo, y la carta, si se envía, está diseñada precisamente para que no le quede otra. Es legítimo que Washington la escriba; es coherente con lo que Pax Silica es. Pero me gustaría que alguien anotara el coste, porque cada vez que se obliga a un puente a elegir orilla, el mundo pierde un sitio por donde pasar. Y los sitios por donde pasar son, históricamente, donde ocurren las cosas interesantes: Alejandría, Toledo, Venecia, Estambul. Ninguna de esas ciudades fue grande por su lealtad. Fueron grandes por su tránsito.

Tú, personalmente, no vas a firmar ninguna declaración. Pero sí vas a decidir, esta semana, con qué modelos trabajas, qué aprendes, qué delegas y qué te reservas. Eso es lo que nadie va a decidir por ti, y es también lo único que no está en juego en ninguna de las dos listas. En «El mapa acaba donde empieza la brújula» decía que el mapa te dice dónde han estado otros y la brújula te dice hacia dónde vas tú. Ahora mismo hay dos potencias dibujando mapas magníficos. Ninguna de las dos te va a regalar la brújula.

Un puente no elige orilla: elige que haya paso.

Piensa desde el tuyo.

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