Ideas para navegar el presente

De galeote a capitan

Hace unos días me di cuenta de que ya no sé dónde están mis cosas.

Entré en Desde el puente buscando algo que había escrito sobre delegar el criterio. No recordaba en qué artículo, ni de qué mes. Y me pasé un buen rato bajando por la página, leyendo titulares míos como quien rebusca en una caja de fotos sin ordenar. Ochenta y tantos textos en poco más de medio año. Escritos por mí, uno a uno, y convertidos sin embargo en un montón. Sabía que aquello estaba ahí dentro. No sabía dónde.

Así que pensé lo obvio: esto necesita un buscador.

Lo interesante no es el pensamiento. Lo interesante es lo que vino justo después. O más bien, lo que ya no vino.

El cálculo que dejé de hacer

Hasta hace muy poco, ese pensamiento habría muerto en el mismo instante en que apareció. No por falta de ganas ni de conocimiento, sino por un cálculo automático que hacemos todos sin darnos cuenta: cuánto me va a costar esto. Y la respuesta, para un buscador que entienda de significados y no solo de palabras exactas, era clarísima: es un proyecto. Presupuesto, proveedor, reuniones, un calendario, alguien que se ocupe. Meses. Y como era un proyecto, la idea no llegaba a nacer. Se abortaba sola, en silencio, antes incluso de que yo terminara de formularla.

Esta vez no hice el cálculo. Describí lo que quería y me puse a trabajar con la máquina. En menos de una hora había un buscador semántico funcionando sobre todo el archivo de la fundación, con una visualización en tres dimensiones por si fuera poco. Está publicado, se llama Explorar el conocimiento y puedes entrar ahora mismo a trastear con él.

No lo cuento como hazaña técnica, porque no lo es. Lo cuento porque cuando me levanté de la silla no estaba pensando en el buscador. Estaba pensando en todas las ideas que se me han muerto antes de nacer durante los últimos treinta años.

El que rema va mirando hacia atrás

Y con el tema de la Odisea, además se me vino a la mente una imagen que no se me quita de encima, y creo que ya sé por qué.

En una galera, el remero va sentado de espaldas a la proa. Rema mirando hacia donde el barco ya ha estado. No ve el horizonte, no ve los bajíos, no ve la vela del enemigo: ve la estela. Su mundo entero mide lo que mide el remo y dura lo que dura el compás que le marcan desde arriba. Puede ser un remero excelente —fuerza, ritmo, aguante, oficio— y aun así no tener la menor idea de hacia dónde va la nave.

En las galeras de la Monarquía Hispánica había tres clases de gente en los bancos. Estaban los esclavos. Estaban los forzados, condenados por un juez a remar durante años, que es la palabra que buscaba: los galeotes. Cervantes les dedicó uno de los capítulos más famosos del Quijote, aquel en que don Quijote los libera diciendo que le parece duro caso hacer esclavos a quienes Dios y la naturaleza hicieron libres. Y estaban, por último, los buenaboyas: hombres libres que se apuntaban a remar a cambio de un sueldo.

Esa tercera categoría es la que me incomoda, porque era la mía.

Nadie me condenó a galeras. Yo me apunté. Durante décadas hice a mano, con mucho gusto y bastante orgullo, un trabajo que consistía en gran medida en remar: traducir lo que quería conseguir al idioma que la máquina admitía, casilla a casilla, línea a línea, un remo tras otro. Y a eso lo llamábamos oficio. Con razón, además, porque lo era. Pero el resultado práctico era el mismo que el del galeote: yo tampoco veía el horizonte mientras remaba. Veía la tarea. Y lo que no cabía dentro de mi capacidad de remo, sencillamente, dejaba de existir como posibilidad.

De eso hablaba Aristóteles sin saberlo cuando escribió aquello de que si las lanzaderas tejieran solas no harían falta esclavos, y lo conté en Aristóteles y la IA. Él usaba la imagen para justificar lo injustificable. A nosotros nos ha caído encima como pregunta práctica.

Parte técnica, por quien quieras saberlo: qué es exactamente un RAG semántico

Voy a explicar lo que hay debajo del buscador, porque es más sencillo de lo que suena y porque entenderlo cambia la manera de mirarlo.

Un buscador clásico busca letras. Escribes «criterio» y te devuelve los textos donde aparece esa palabra. Si en su día escribiste «juicio», o «gusto», o «saber elegir», no aparece nada. El buscador no sabe de qué hablas: sabe deletrear.

Un buscador semántico busca significados. Cada fragmento de texto se convierte en una lista larga de números —lo que en el oficio llamamos un embedding— que funciona como una coordenada. Como unas coordenadas geográficas, pero en un espacio de cientos de dimensiones donde lo que mide la distancia no es el kilómetro, sino el parecido de sentido. Dos textos que hablan de lo mismo caen cerca aunque no compartan ni una sola palabra. Cuando tú preguntas, tu pregunta se convierte también en coordenada, y el sistema mira qué hay en ese barrio.

Y el RAG añade el segundo paso, que es el decisivo. Las siglas son de Retrieval-Augmented Generation, generación aumentada por recuperación, y describen algo muy concreto: primero recuperar, después generar. En vez de preguntarle al modelo «¿qué he escrito yo sobre esto?» y dejar que conteste de memoria —con el riesgo enorme de que se lo invente con una seguridad pasmosa—, primero se buscan los fragmentos que de verdad están en el archivo y luego se le pide que responda teniéndolos delante, señalando de dónde sale cada cosa. La diferencia práctica es que la respuesta se puede comprobar. Deja de ser una opinión de la máquina sobre mi blog y pasa a ser una lectura de mi blog.

Nada de esto es nuevo, y ahí está lo que quiero subrayar. La técnica se publicó en 2020, en un artículo de Patrick Lewis y sus colegas que lleva seis años a la vista de cualquiera. La ciencia estaba hecha. Lo único que ha cambiado es que montarlo ha pasado de ser un proyecto de meses a ser una tarde. O menos.

La constelación

Encima del buscador hay una vista en tres dimensiones que llamamos la constelación de contenidos: cada artículo es un punto, cada color un tema, y puedes moverte por ahí como quien mira un mapa estelar.

Las coordenadas reales viven en cientos de dimensiones, y nadie puede ver eso; ni yo, ni tú, ni nadie. Lo que se hace es aplastarlas hasta dejarlas en tres, igual que se aplasta la superficie de la Tierra para meterla en un mapa plano. Se pierde información, se deforman las distancias, Groenlandia sale enorme. A cambio se gana algo que ninguna tabla de datos te da: intuición. Las técnicas que hacen ese aplastado tienen su propia literatura —UMAP es de las más usadas— y todas hacen el mismo trato: exactitud a cambio de que un ser humano pueda mirarlo y entender algo.

Y lo que yo entendí al mirarlo fue incómodo y bonito a partes iguales. Ahí no hay un índice que yo haya escrito a mano, ni una taxonomía que yo decidiera de antemano. Los grupos salen de lo que los textos dicen. Es decir: eso de ahí es el mapa de mis obsesiones, dibujado por alguien que no soy yo, con material que sí soy yo. Uno cree que escribe sobre lo que elige cada mañana. Luego ve la nube desde fuera y descubre que lleva medio año dando vueltas alrededor de tres o cuatro cosas.

El capitán que nunca ha remado

Ahora la parte incómoda, que es donde de verdad me interesa quedarme.

En Crear en vez de hacer escribí que el peaje de la ejecución se ha caído y que lo escaso ya no es la capacidad, sino saber qué construir. Sigo pensándolo. Pero hay una pega que no puedo dejar de mencionar: yo sé si ese buscador funciona bien. En cuanto lo probé, supe en diez segundos que la recuperación estaba trayendo lo que tenía que traer y no ruido decorativo. ¿Y por qué lo supe? Porque he remado cuarenta años. Porque he construido antes cosas parecidas a mano y sé exactamente por dónde fallan.

El capitán que nunca ha estado en un banco de remo toma decisiones preciosas sobre el papel y ruinosas en el mar, porque no sabe lo que pesa un remo. Y esa es la pregunta que no tengo resuelta y que no pienso fingir que tengo resuelta: si la ejecución deja de enseñarte, ¿de dónde va a salir el criterio de los que vienen? Yo tuve la suerte de que el peaje me formara mientras lo pagaba. La siguiente generación no lo va a pagar. Habrá que inventar otra manera de aprender a mirar, porque el criterio no se descarga.

Mientras tanto, hay una confusión muy fácil de cometer, y la he visto muchas veces: creerse capitán cuando en realidad se es pasajero. El capitán elige el rumbo y responde de él. Si no eliges, no eres capitán: eres carga. Pedirle a la máquina que decida qué debe existir y aceptar lo que salga no es mandar, es ir de acompañante. Lo escribí en Si no sabes lo que quieres, la IA lo decidirá por ti y en ¿Eres un mago de verdad?, y cada mes que pasa lo veo más claro.

En mi caso, la línea está donde ha estado siempre. La máquina no decidió que hiciera falta un buscador, ni que el archivo tuviera que poder recorrerse por temas, ni que aquello debía ser público y gratuito para cualquiera. Eso lo decidí yo. Lo que delegué fue el remo.

El umbral de lo pensable

Vuelvo al principio, porque creo que aquí está lo único que de verdad quiero dejar dicho hoy.

El cambio grande no ha ocurrido en mis manos. Ha ocurrido antes, en un sitio mucho más discreto: en el umbral a partir del cual una idea me parece siquiera planteable. Durante treinta años tuve dentro una persona que iba tachando propuestas antes de que llegaran a la mesa. «Eso son tres meses.» «Eso hay que encargarlo fuera.» «Eso no sale a cuenta.» Y como tachaba en silencio, yo ni me enteraba de que estaba tachando. Creía que simplemente no se me ocurrían cosas.

Esa persona se ha quedado sin trabajo, y todavía no me he acostumbrado. Sigo sorprendiéndome a mí mismo descartando ideas por costumbre, con una tabla de precios de 2019 en la cabeza. Es lo mismo que me pasó cuando por fin dejé de pelearme con el gestor de la web y se lo pedí a la IA, que conté en En casa del herrero…, y lo mismo que me pasó la primera vez que vi a un agente tomar el control de mi ordenador. La puerta llevaba tiempo abriéndose hacia el otro lado y yo seguía empujando.

Así que te propongo un ejercicio que a mí me está resultando revelador, y que no va de productividad. No te preguntes qué puede hacer la IA por ti; esa pregunta la hace todo el mundo y se contesta con una lista de tareas aburridas. Pregúntate otra cosa: qué dejaste de querer porque era caro. Qué proyecto archivaste sin llegar a archivarlo, qué herramienta necesitaba tu asociación y nunca pediste, qué te habría gustado construir y ni siquiera dijiste en voz alta porque sabías que no había manera. Haz esa lista. Es una lista incómoda, porque no está escrita en ningún sitio: hay que reconstruirla de memoria, buscando los sitios donde te rendiste tan rápido que ni te diste cuenta de que te rendías.

Ahí, y no en el ahorro de tiempo, es donde está la expansión de la que tanto hablamos en esta fundación. Lo dije con otras palabras en A vueltas con la memoria: hacer más deprisa exactamente lo mismo es optimizar, y optimizar está bien, pero no cambia nada de fondo. Expandir es hacer cosas que antes eran literalmente imposibles para ti. Y en La Odisea en la era de la IA lo formulaba con la imagen de Eolo, que a Ulises le regala los vientos pero no el destino: la IA pone vientos nuevos a tu alcance y el rumbo lo sigues eligiendo tú.

Al remero le sobra fuerza y le falta horizonte. Al capitán le sobra horizonte y a veces le falta haber remado. Yo he tenido la suerte rarísima de ser las dos cosas en la misma vida, con cuarenta años de banco a la espalda y unos pocos de puente. Y desde aquí arriba lo que veo es que la mayoría de la gente sigue remando estupendamente hacia un sitio que no ha elegido.

Suelta el remo un rato. Date la vuelta. Mira hacia proa.

Llevabas años remando de espaldas a tu propio destino.