Llevo unos días con dos números metidos en la cabeza y no consigo sacármelos.
Ochenta y tres. Treinta y nueve.
El primero es el porcentaje de personas en China que consideran que los productos y servicios con inteligencia artificial tienen más beneficios que inconvenientes. El segundo es el porcentaje de estadounidenses que piensa lo mismo. Los datos vienen del AI Index de Stanford, que los recoge de la encuesta anual de Ipsos, y no son un dato suelto ni una anomalía estadística. La misma brecha aparece en todas partes. En el Flash Poll de Edelman sobre confianza e inteligencia artificial, un 87% de los chinos dice confiar en la IA frente a un 32% de los estadounidenses. Un 54% de los chinos declara que abraza su uso creciente; en Estados Unidos lo dice el 17%, mientras que un 49% la rechaza abiertamente. Casi tres veces más gente que la rechaza que gente que la quiere.
Y aquí está lo que no me deja tranquilo: es la misma tecnología. La misma arquitectura, los mismos papers, los mismos transformadores, los mismos avances publicados en abierto y replicados a los pocos meses a un lado y otro del Pacífico. No hay una IA china benévola y una IA americana amenazante. Hay una tecnología y dos sociedades que la miran de manera radicalmente distinta.
Cincuenta puntos de diferencia no los explica la máquina. Los explica algo que pasó alrededor de la máquina.
La explicación fácil
La primera reacción, la que tuve yo mismo, es cómoda: propaganda. En China los medios están controlados, el Estado promueve la tecnología, la gente responde lo que se espera que responda. Caso cerrado, seguimos con nuestras cosas.
He escrito antes sobre por qué esa comodidad me parece peligrosa. En China, IA y el dilema del consejero sabio intenté explicar por qué despachar a un competidor con una etiqueta es la manera más rápida de dejar de entenderlo. Y en este caso los números no encajan con la explicación fácil.
Porque si fuera solo propaganda, esperaríamos ver optimismo uniforme, plano, indiferenciado. Y lo que se ve es otra cosa. Se ve que los chinos que usan IA a diario confían mucho más que los que la usan poco. Se ve que en Brasil, donde nadie controla los medios, la confianza está en el 67%. Se ve que en Alemania y Reino Unido, dos democracias sin ningún parecido con Pekín, las cifras están más cerca de Estados Unidos que de China. Lo que separa los bloques no es el régimen político. Es otra cosa.
Siete de cada diez rechazan algo que no han probado
Este es el dato que me hizo parar y releer la página tres veces.
Edelman preguntó a las personas que rechazan la IA si habían tenido alguna experiencia realmente mala con ella. Siete de cada diez respondieron que no. Nunca. Ni una. Solo un 18% de los que la rechazan puede señalar un mal momento concreto con la tecnología que dicen rechazar.
Piénsalo un segundo, porque es enorme. La resistencia a la inteligencia artificial en Occidente, mayoritariamente, no viene de la experiencia. Viene de un relato. La gente no ha probado la máquina y ha salido decepcionada; la gente ha escuchado hablar de la máquina y ha decidido que no quiere acercarse. Cuando les preguntas por qué no la usan, el 43% de los estadounidenses responde literalmente «no confío en esa tecnología». En China ese porcentaje es del 5%.
Y el efecto contrario también está medido. Entre quienes usan IA de forma frecuente, un 65% dice que ha mejorado su velocidad para hacer cosas, un 63% su comprensión de ideas complejas y un 57% su creatividad. Entre quienes la usan de manera esporádica, esas cifras caen al 29%, al 28% y al 24%. No es que los optimistas usen más la IA. Es que usar la IA en serio, durante el tiempo suficiente para pasar de la demo al trabajo real, cambia lo que piensas de ella. Escribí sobre esa frontera en Respuesta al comentario: «Yo no uso IA», aunque entonces lo tenía como intuición y ahora lo tengo como estadística.
Hay un detalle más, y es el que me deja peor cuerpo. Entre los jóvenes chinos de 18 a 34 años, la confianza en la IA llega al 88%. Entre los jóvenes estadounidenses de la misma edad, al 40%. Cuarenta. Es decir: la generación que ha crecido con esta tecnología en el bolsillo es, en Estados Unidos, una de las más desconfiadas. Eso rompe todo lo que dábamos por hecho sobre cómo se adoptan las tecnologías. No es un problema de brecha digital ni de edad. Es un problema de relación.
Quién escribió el guion
Si la desconfianza no viene de la experiencia, viene de algún sitio. Y aquí es donde la industria tecnológica no puede mirar hacia otro lado, porque el guion lo escribió ella.
En Estados Unidos, un 70% de la población cree que los líderes empresariales no están siendo honestos con sus empleados sobre cuántos puestos de trabajo va a eliminar la IA. En China ese porcentaje es del 39%. Solo un 27% de los estadounidenses confía en que un CEO le diga la verdad sobre inteligencia artificial generativa; en China, un 83%. Y un 54% de los estadounidenses cree que gente como ellos se va a quedar atrás en lugar de obtener alguna ventaja real de todo esto. En China lo cree el 26%.
Llevamos dos años escuchando a la propia industria vender su producto con un argumento muy concreto: esto va a sustituir trabajadores. Se dijo en presentaciones a inversores, en portadas, en conferencias, en informes de consultoras. Funcionaba de maravilla para levantar rondas. Y luego, cuando esos mismos ejecutivos suben a un escenario universitario a explicar que la IA transformará todas las profesiones, se sorprenden de que los abucheen. Ya conté ese momento en Quemando la casa equivocada, y sigo pensando lo mismo: no puedes pasarte dos años prometiendo a los accionistas que vas a sustituir a la gente y esperar que la gente aplauda.
A eso hay que sumarle un ecosistema informativo que premia el pánico. Cada semana me llegan artículos que vienen a decir que la IA te estropea el cerebro, y ya escribí sobre esa costumbre en ¿La IA te freirá el cerebro?. Lo llamativo es que hasta los propios encuestados lo identifican: un 38% de los estadounidenses reconoce que dejaría de leer escenarios apocalípticos sobre IA si eso aumentara su entusiasmo por usarla. Saben que el relato les está condicionando. Y aun así el relato gana.
Lo que de verdad movería la aguja
La parte más interesante del estudio de Edelman no son las brechas, sino la lista de cosas que la gente dice que aumentaría su disposición a usar IA. La leí esperando encontrar peticiones técnicas. No hay ni una.
Lo que la gente pide es entender cómo funciona la cosa que está usando. Un 54% de los estadounidenses y un 73% de los chinos dicen que se acercarían más a la IA si comprendieran cómo genera lo que genera. Piden que se enseñe en la escuela: la mitad de los estadounidenses y un 70% de los chinos dicen que ayudaría que a los niños les enseñaran a usar estas herramientas de forma sana y productiva. Piden garantías de que su empresa está usando la IA para producir más y no para despedir. Piden transparencia sobre los errores del sistema.
Nada de eso se arregla con un modelo mejor. Ningún salto de capacidad, ninguna ventana de contexto más grande, ningún benchmark superado va a mover ese 39% hacia arriba. Lo que mueve ese número es formación, honestidad y experiencia propia. Es exactamente lo que llevamos defendiendo desde esta fundación cuando insistimos en que lo importante no es el prompt perfecto sino el pensamiento crítico que necesitas antes de usar IA, o cuando preguntamos si la herramienta te está haciendo más capaz o más dependiente. El problema nunca fue la potencia de la máquina. Fue quién entró y quién se quedó fuera.
La trampa de admirar el 87%
Ahora, cuidado, porque aquí hay una trampa en la que no pienso caer y no quiero que caigas tú.
Un 87% de confianza no es automáticamente una buena noticia. La confianza que no puede convertirse en desconfianza no es confianza: es otra cosa. Cuando en un país el 83% de la población dice fiarse de lo que le cuentan los CEOs sobre inteligencia artificial, yo no veo una sociedad madura, veo una sociedad sin fricción. Y la fricción, el escepticismo, la pregunta incómoda, es exactamente el mecanismo que corrige los errores de una tecnología cuando los comete. Sobre lo que ocurre cuando un poder concentra a la vez la herramienta y el relato ya escribí en Esto explica por qué no duermes.
Así que no estoy diciendo que debamos aspirar al 87%. Estoy diciendo que un 39% construido sobre gente que nunca ha tocado la herramienta tampoco es escepticismo. Es rechazo heredado. Y el rechazo heredado tiene un problema serio: no protege de nada. Quien no usa la IA por miedo no está más a salvo de sus riesgos. Está simplemente ausente de la conversación donde se deciden.
Como escribí en Entre el placer y el dolor, aquí no hay bandos. Hay tensión. Y la tensión hay que sostenerla usando la herramienta, no mirándola de lejos.
España, 54%
¿Y nosotros dónde estamos?
Curiosamente, en un sitio interesante. Según el Monitor de IA 2026 de Ipsos, un 54% de los españoles cree que los productos con IA tienen más ventajas que inconvenientes, prácticamente la media global. Un 60% ya usa estas herramientas. Y aquí llega el dato que más me gusta de todos: un 60% dice que no siempre confía en ellas, pero las usa igualmente. Solo un 38% se fía lo bastante como para no revisar el resultado.
Ipsos lo llama pragmatismo entusiasta. Yo lo llamaría de otra manera: escepticismo con las manos en el teclado. No es fe ciega y no es rechazo desde la butaca. Es alguien que usa la herramienta y la comprueba. Que es, más o menos, lo que mi madre me enseñaba a hacer con los tickets del supermercado y que conté en Mejor lo hago yo.
Esa posición intermedia es la más valiosa de las tres. Y es también la más frágil, porque puede degradarse en cualquier dirección. Puede convertirse en confianza acrítica el día que la herramienta acierte tantas veces seguidas que dejemos de comprobarla. O puede pudrirse en resignación el día que la conversación pública española se contagie del relato de sustitución que ya ha calado al otro lado del Atlántico. Europa lleva tiempo con un pie en cada sitio, y ya me pregunté cuándo va a plantar su árbol.
Mantener ese equilibrio no ocurre solo. Requiere exactamente lo que la gente pide en las encuestas y casi nadie está dando: que se enseñe de verdad cómo funciona esto, y no cuatro trucos de prompt. Que en las aulas se hable de ello con seriedad, algo que toqué en La nueva educación, la nueva evaluación. Que las empresas digan la verdad sobre lo que van a hacer con sus plantillas. Que quien tenga un altavoz lo use para mostrar usos concretos que expanden lo que una persona puede hacer, en lugar de para vender miedo o para vender milagros.
Y sí, aquí me implico. Cada vez que enseño algo espectacular hecho con IA sin explicar qué parte del trabajo la hice yo, estoy alimentando el mismo relato que luego me molesta. Cada vez que digo «mira lo que se puede hacer» en lugar de «mira lo que tú podrías hacer», estoy contribuyendo a que alguien se sienta espectador de algo que debería estar usando. Ese 39% americano no lo construyeron solo los CEOs de Silicon Valley. Lo construimos también los que hablamos de esto todos los días y a veces olvidamos para quién estamos hablando.
Ochenta y tres contra treinta y nueve. Cincuenta puntos que no miden la calidad de la tecnología, ni su seguridad, ni sus riesgos reales. Miden quién fue invitado a entrar y quién se quedó en la puerta escuchando lo que contaban los de dentro.
La desconfianza que no nace de la experiencia no te protege de nada: solo te deja fuera de la conversación donde se decide tu futuro.
Úsala, compruébala, y no dejes que nadie te cuente lo que tú puedes averiguar por tu cuenta.
