Puede parecer que hay una contradicción en el mensaje de la Fundación Human-IA que creo que debo de explicar. Por un lado, defendemos el derecho a soñar, a imaginar futuros posibles, a explorar territorios que aún no existen. Por otro, insistimos constantemente en la necesidad de «despertar», de desarrollar pensamiento crítico, de no dejarse llevar por narrativas simplistas sobre la tecnología. ¿Cómo se reconcilian estas dos posturas? ¿No son incompatibles?

La respuesta está en entender qué tipo de sueños defendemos y de qué tipo de adormecimiento queremos despertar.

Los sueños que merecen ser soñados

Cuando hablamos de apoyar los sueños, nos referimos a esa capacidad humana fundamental de imaginar lo que todavía no existe, de ver posibilidades donde otros solo ven límites. Es el sueño del artesano que imagina una escultura dentro del bloque de mármol, el del científico que intuye una conexión invisible entre fenómenos aparentemente no relacionados, el del educador que visualiza el potencial oculto en cada estudiante.

Son los sueños activos, esos que no esperan pasivamente a que se cumplan sino que impulsan a quien los tiene a trabajar para materializarlos. La tecnología no vino a sustituir nuestra capacidad de soñar y crear, sino a amplificar lo que somos capaces de imaginar y ejecutar. Como demostramos en Casino 25, cuando la IA se pone al servicio de despertar conciencias, se convierte en la mejor aliada para multiplicar el potencial creativo.

Estos sueños tienen una característica distintiva: nacen de la observación atenta de la realidad, no de la evasión de ella. El sueño genuino no ignora las restricciones del mundo físico o social, sino que las usa como punto de partida para imaginar cómo podrían ser diferentes.

Tomemos el ejemplo de Nancy Roman, la astrónoma que decidió estudiar álgebra en lugar de latín. A los once años formó un club de astronomía con amigas del barrio para mapear el cielo nocturno. No esperó a que alguien le diera permiso para soñar con las estrellas. Actuó. Y cuando la orientadora de su instituto le dijo que «qué pena que desperdicies tiempo en matemáticas, que son para chicos», no se adormilió con las narrativas de su época. Despertó a su propio criterio y eligió álgebra. Ese despertar temprano le permitió soñar en grande: décadas después dirigió el programa del telescopio Hubble en la NASA.

El adormecimiento del que hay que despertar

Pero existe otro tipo de «sueño» del que definitivamente hay que despertar: el sopor del consumo pasivo, la ensoñación del espectador que observa cómo otros transforman el mundo mientras él permanece inmóvil, la ilusión de que la tecnología resolverá nuestros problemas sin que tengamos que cambiar nada en nosotros mismos.

Este adormecimiento se manifiesta de múltiples formas en relación con la inteligencia artificial:

El dormido tecnológico cree que la IA es magia incomprensible, algo que otros entienden pero que está más allá de su alcance. Consume titulares sensacionalistas sobre «la IA que va a quitarnos el trabajo» o «la IA que resolverá todos nuestros problemas» sin intentar comprender cómo funcionan realmente estas tecnologías, qué pueden y qué no pueden hacer. Como vimos en la evolución del vibe coding, cada avance tecnológico nos ha liberado de capas de complejidad innecesaria para acercarnos más al pensamiento humano. Pero esa liberación solo sirve a quien decide usarla para pensar mejor, no a quien la usa como excusa para pensar menos.

El dormido profesional se aferra a la creencia de que su experiencia lo protegerá del cambio, que las nuevas herramientas son para «los jóvenes» o «los técnicos», que él puede seguir haciendo las cosas como siempre. Confunde años de experiencia con sabiduría, cuando lo primero sin lo segundo es simplemente repetición. Esta actitud no solo limita las posibilidades profesionales, sino que impide comprender realmente de qué son capaces las nuevas tecnologías.

El dormido social acepta sin cuestionar las narrativas que circulan sobre la tecnología, ya sean apocalípticas o utópicas. No distingue entre el hype comercial y el análisis fundamentado, entre el cambio genuino y la moda pasajera. Vive en un estado de reacción constante a los titulares sin desarrollar criterios propios para evaluar qué está pasando realmente. No ha aprendido a identificar empresas cantamañanas que venden promesas grandilocuentes envueltas en buzzwords, ni a separar el trigo de la paja en un ecosistema saturado de ruido.

La paradoja productiva

Aquí está la clave: solo quien está verdaderamente despierto puede soñar de manera productiva.

El sueño del adormecido es pasivo, una fantasía que lo consuela pero no lo transforma. El sueño del despierto es activo, una visión que lo impulsa a actuar, a aprender, a experimentar. El primero usa el sueño como escape de la realidad; el segundo lo usa como proyecto para transformarla.

La historia de la tecnología está llena de ejemplos. Cuando Joseph Marie Jacquard inventó su telar programable, los tejedores de Lyon se dividieron en dos grupos. Unos vieron una máquina que les quitaría el trabajo y permanecieron adormilados en su resistencia. Otros vieron una herramienta que les permitiría tejer patrones imposibles hasta entonces y despertaron a nuevas posibilidades creativas. ¿Adivinas quiénes prosperaron?

Cuando decimos que hay que despertar, no estamos pidiendo que renunciemos a imaginar futuros posibles. Estamos pidiendo que dejemos de ser espectadores pasivos del cambio tecnológico y nos convirtamos en participantes activos. Que desarrollemos la capacidad de distinguir entre las promesas vacías y las posibilidades reales. Que construyamos criterio propio en lugar de dejarnos llevar por las corrientes de opinión.

Y es precisamente ese despertar el que hace posible soñar de verdad. Porque solo quien entiende cómo funciona una tecnología, cuáles son sus posibilidades y sus límites, puede imaginar usos genuinamente creativos para ella. Solo quien mantiene el pensamiento crítico activo puede distinguir entre los sueños que merecen ser perseguidos y las ilusiones que solo nos distraen.

La tecnología como amplificador de conciencia

La tecnología no es neutral en sus efectos sobre nosotros. Puede amplificar tanto nuestra pasividad como nuestra agencia, tanto nuestro adormecimiento como nuestro despertar.

La inteligencia artificial, en particular, pone esto de manifiesto de manera especialmente clara. La investigación reciente de Harvard lo confirma: la IA potencia la creatividad principalmente en quienes tienen fuerte metacognición, es decir, la capacidad de planificar, monitorear y refinar el pensamiento. Para quien la usa de manera pasiva, simplemente delegando tareas sin entender qué está pasando, la IA puede convertirse en otro mecanismo más de adormecimiento. Para quien la usa de manera activa y consciente, se convierte en una herramienta extraordinaria de expansión del potencial humano.

La diferencia no está en la herramienta. Está en quién la usa y cómo.

Pensemos en el reciente debate sobre la burbuja de la IA. George Stibitz construyó el Modelo K en su cocina con relés telefónicos viejos y bombillas de linterna. Cuando lo mostró en Bell Labs, muchos pensaron «esto no va a ninguna parte». Estaban adormilados a las posibilidades, despiertos solo al escepticismo fácil. Otros vieron en ese prototipo tosco la semilla de algo revolucionario. Estaban despiertos a las posibilidades, aunque conscientes de las limitaciones del momento. ¿Quiénes acertaron?

Despertar para soñar mejor

En la Fundación Human-IA apoyamos los sueños porque creemos en la capacidad humana de imaginar y crear futuros mejores. Y por eso mismo insistimos en la necesidad de despertar, porque solo la conciencia crítica hace posible que esos sueños se conviertan en realidad en lugar de quedarse en fantasías consoladoras.

No queremos que la gente renuncie a soñar. Queremos que aprendan a soñar despiertos, con los ojos abiertos, conscientes de las posibilidades reales y de las restricciones que tendrán que superar. Queremos que desarrollen la capacidad de distinguir entre los sueños que los paralizan y los que los impulsan a actuar.

Como exploramos en nuestra reflexión sobre la metamorfosis digital de 2026, estamos viviendo el momento más emocionante para la expansión de las capacidades humanas en la historia. No con cautela paralizante, sino con entusiasmo fundamentado. La tecnología finalmente está alcanzando su promesa original de amplificar lo mejor de nosotros.

Pero esa amplificación solo ocurre en quien está suficientemente despierto para dirigirla.

Cuando la paradoja del tablero de ajedrez nos mostró que la máquina que supuestamente «nos derrotó» resultó ser nuestro mejor entrenador, nos enseñó algo fundamental: las tecnologías disruptivas no vienen a sustituirnos, sino a mostrarnos de qué somos realmente capaces. Pero solo lo descubren quienes están despiertos a esa posibilidad.

La única manera de materializar un sueño

Al final, la única manera de materializar un sueño es despertando lo suficiente para trabajar en hacerlo realidad.

Y eso, precisamente, es lo que hace la diferencia en la era de la inteligencia artificial: no quiénes tienen acceso a la tecnología, sino quiénes están suficientemente despiertos para usarla en la realización de sueños genuinos, esos que expanden el potencial humano en lugar de limitarlo.

La pregunta entonces no es si debemos soñar o despertar. Es si tenemos el coraje de hacer ambas cosas a la vez.

Porque los sueños más poderosos son aquellos que solo pueden ser soñados por quien está completamente despierto.


¿Qué tipo de sueño estás persiguiendo? ¿Es uno que te permite seguir dormido o uno que requiere que estés más despierto que nunca?


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