Una tarde, al volver a casa después de unas cañas con unos amigos, me entraron unas ganas tremendas de coger un libro concreto. No sé muy bien qué lo provocó, si algo que dijo alguien en la barra o la tercera caña, pero llegué, solté las llaves y fui directo a la estantería del salón. Allí estaba, entre los libros que consulto y los que solo miro: un Así habló Zaratustra de bolsillo con el lomo roto y con páginas con las esquinas dobladas, que es son mi marcapáginas. Lo compré con veintipocos años, a esa edad en la que uno lee a Nietzsche como quien se pone una chupa de cuero: más por lo que dice de ti que por lo que dice el libro. Lo bajé y se abrió solo, por la página de siempre.
Allí sigue mi subrayado a lápiz, dos veces, debajo del león. Y en el margen, junto al niño, un signo de interrogación enorme y una frase con mi letra de entonces: «¿por qué un niño?».
A los veinte años, el héroe era el león. Evidentemente.
Lo he releído con bastantes años más y con una inteligencia artificial abierta en la pantalla de al lado, y me ha pasado algo que no esperaba: la pregunta del margen se ha contestado sola.
Tres animales en dos páginas
Para quien no lo tenga fresco: es el primer discurso de Zaratustra después del prólogo, apenas dos páginas que puedes leer enteras en cinco minutos. Nietzsche cuenta que el espíritu se transforma tres veces. Primero se convierte en camello: se arrodilla, pregunta qué es lo más pesado y pide que se lo carguen encima. Su ley es «tú debes». Después, en el desierto más solitario, el camello se convierte en león. El león quiere conquistar su libertad y se enfrenta a un dragón que lleva escrito «tú debes» en cada escama, y le contesta con dos palabras: «yo quiero». El león sabe decir no. Incluso al deber.
Pero hay una trampa que a los veinte años no vi. El león no puede crear valores nuevos. Solo despeja el terreno para que alguien los cree. Y para eso hace falta la tercera transformación, la más rara: el niño. Nietzsche lo describe como inocencia, olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma, un santo decir sí.
El camello obedece. El león se niega. El niño juega.
Y el que crea es el que juega.
Un hombre medio ciego y una bola de teclas
Permíteme un dato que lo vuelve todo bastante más interesante. En 1882, un año antes de escribir esa página, Nietzsche estaba casi ciego. Leer o escribir a mano durante más de un rato le producía dolores terribles, así que se hizo con uno de los artefactos más extraños de la historia de la tecnología: una bola de escribir Malling-Hansen, inventada por un pastor danés, una semiesfera de latón erizada de teclas que parecía un puercoespín. Le llegó directamente desde Copenhague, y en febrero de ese año tecleó en ella una carta a su amigo Peter Gast con una frase que se ha citado mil veces desde entonces: nuestras herramientas de escritura también trabajan en nuestros pensamientos.
Un año después, en la bahía de Rapallo, en unos diez días de febrero de 1883, escribió la primera parte del Zaratustra. Con las tres transformaciones que he mencionado al principio.
Me fascina la escena. Un hombre que acababa de comprobar en sus propios dedos que una máquina le estaba cambiando la forma de escribir, y quizá de pensar, se sienta a escribir sobre cómo se transforma el espíritu. No digo que una cosa explique la otra. Digo que Nietzsche fue de los primeros en darse cuenta de algo que hoy nos toca a todos: la herramienta no es neutra. Trabaja contigo, te guste o no.
Así que la pregunta no es si la IA te cambia. Es en qué animal te convierte.
La máquina es el camello perfecto
Mira lo que tenemos delante. Un modelo de lenguaje es, casi literalmente, el camello más grande que se ha construido nunca. Ha cargado con una porción enorme de todo lo que la humanidad ha escrito y no se queja. Le preguntas qué es lo pesado y se lo echa encima: un informe de doscientas páginas, un código de diez mil líneas, un contrato en un idioma que no hablas. Su ley es la del camello. Tú le dices qué debe hacer y lo hace.
Durante siglos, la educación ha consistido sobre todo en fabricar camellos humanos. Memorizar, acumular, cargar con lo que otros ya resolvieron, que es exactamente lo que yo hacía como profesor y lo que conté al hablar de la que se le avecina a la universidad. Y no estaba mal: hasta ahora nadie llegaba a león sin haber cargado antes. Para decir que no a algo con fundamento, primero hay que haberlo llevado a cuestas un buen trecho.
Pero cuando una máquina carga mejor que cualquiera de nosotros, quedarse en camello deja de ser una etapa y pasa a ser un riesgo. Si tu valor consiste en llevar peso, ya tienes competencia, y no se cansa.
El león ruge mucho
La reacción natural ante eso es la del león. Decir que no. Y leones hay por todas partes. Los graduados que abucheaban a los oradores en cuanto pronunciaban las dos letras. Los que presumen de no usarla. Y también, ojo, los leones del otro lado: los que dicen que no al humo, a los vendedores de cursos milagro, a los titulares que prometen el paraíso o el apocalipsis cada martes. Yo mismo he rugido bastante desde este puente, y no me arrepiento. Sin león no hay criterio. Sin la capacidad de decir «esto no» acabas cargando con lo que te echen.
El problema del león es otro, y Nietzsche lo vio con una claridad que da un poco de vértigo: conquista la libertad, pero no sabe qué hacer con ella. Es la misma pregunta que nos dejó Aristóteles cuando imaginó lanzaderas que tejían solas y que retomé al escribir sobre qué hacemos ahora con la libertad. El león puede pasarse la vida entera peleando con el dragón. Y hay gente que lo hace, en este debate y en todos: son brillantes diciendo no y no han construido nada en su vida.
Rugir no es crear.
El niño, por fin
Y aquí se contesta mi pregunta del margen. ¿Por qué un niño? Porque el niño es el único de los tres que no necesita permiso para empezar. No carga con el miedo a equivocarse, que es lo que Nietzsche llama inocencia. No arrastra las reglas de la partida anterior, que es lo que llama olvido. Y juega, que no es lo contrario de trabajar en serio: cualquiera que haya visto a un niño construir algo con piezas sabe que pocas cosas hay más serias que eso.
Lo que la IA ha cambiado, y creo que no se dice lo bastante, es el precio del juego. Probar una idea costaba semanas; ahora cuesta una tarde. Un prototipo, un primer borrador, una canción, una hipótesis loca que antes no te atrevías a explorar porque el error salía caro. Lo he vivido haciendo óperas pop con estas herramientas, y lo conté al hablar de crear en vez de hacer: cuando la máquina carga, a ti te queda la parte del juego. Pasó lo mismo con el ajedrez, que la máquina no mató sino que convirtió en un patio de juego donde se entrena y se inventa más que nunca.
Eso sí, el «sí» del niño no es el «sí» del camello. Decir que sí a todo lo que te propone la máquina es volver a arrodillarse. El sí del niño es suyo: «quiero esto, vamos a ver qué sale». Por eso, como defendí hace tiempo, solo quien despierta puede soñar de verdad. Primero el león, que despierta. Luego el niño, que sueña. En ese orden.
Lo que no estoy diciendo
Conviene marcar los límites de todo esto. Nietzsche no hablaba de tecnología: sus tres transformaciones son del espíritu y de los valores, no una escalera de autoayuda para la productividad. Hacerle decir lo que nos conviene tiene una tradición larga y muy fea; su propia hermana, Elisabeth, manipuló sus papeles después de su colapso y los puso al servicio de causas que él despreciaba. Así que tómate mi lectura como lo que es, una lectura, no una exégesis.
Tampoco está tan claro que la bola de escribir le cambiara el estilo. Se estropeaba a menudo, la usó relativamente poco y también dictaba a secretarios, y hay quien sostiene que el efecto de la máquina se ha exagerado. Lo que sí dejó escrito es que él lo notaba, y eso ya es bastante.
Y la última cautela, la que más me importa: el niño no viene de serie. Una herramienta que abarata el juego también abarata la tragaperras. Pasarse la tarde generando cosas sin intención no es jugar, es consumir con otro disfraz. La diferencia está en quién pone la regla del juego.
Tu estantería
Te propongo el ejercicio. Coge lo último que hayas hecho con una IA y pregúntate con qué animal lo hiciste. ¿Estabas cargando, pidiéndole que llevara más peso y más rápido? ¿Estabas rugiendo, buscándole el fallo para confirmar que no sirve? ¿O estabas jugando, probando algo que no sabías si iba a salir? Los tres son legítimos y los tres hacen falta. La trampa no está en ninguno de ellos. Está en quedarse a vivir en uno.
Mi impresión es que la mayoría nos estamos quedando en camello, cargando más que nunca. Unos cuantos se han atrincherado en el león. Y muy pocos se están dando permiso para ser niños, que es justo lo que la herramienta hace más fácil que nunca. Desde Human-IA insistimos tanto en expandir el potencial humano porque no se trata de convertirnos en camellos más rápidos ni en leones más ruidosos, sino en llegar a la tercera transformación, la que de verdad crea algo nuevo. Y para eso, como escribí una vez, la única autorización que necesitas es la tuya.
Volvamos a la estantería. Aquella tarde, con el sabor de las cañas todavía encima, dejé el libro donde estaba, con el lomo roto, pero antes cogí un lápiz y escribí una línea debajo de aquel signo de interrogación. Mi yo de los veinte años no la entenderá, pero ahora me parece de una obviedad brutal.
La máquina ya carga por ti. El no ya sabes decirlo. Lo único que nadie puede hacer en tu lugar es jugar.
Juega.
