Ideas para navegar el presente

La IA de la que hablas quizá ya no existe

Hace un par de semanas, en una mesa redonda sobre cualquier cosa e IA, el ponente que habló antes que yo abrió su intervención con una confesión que pretendía ser simpática: «Yo la verdad es que ChatGPT lo he usado un par de veces y no me convenció». Y a continuación habló veinte minutos. De lo que la IA sabe hacer y de lo que no sabrá hacer nunca, del fin del trabajo, de la muerte de la escritura, de si las máquinas acabarían pensando. Con soltura, con aplomo y con la entonación tranquila de quien da por hecho que pisa terreno firme.

El público asentía. Yo también, al principio, porque algunas de sus preguntas eran muy buenas preguntas.

Pero a mitad de camino me di cuenta de que todas sus respuestas hablaban de una película que no había visto.

Cuando me tocó el turno, le pregunté, con toda la delicadeza que pude, cómo podía estar tan seguro de lo que la IA es capaz de hacer si, según sus propias palabras, la había probado sólo dos veces. Antes de que él contestara, alguien del público me devolvió la pelota con una objeción que llevo días dándole vueltas porque es bastante mejor de lo que parece: «Hombre, los críticos de cine tampoco han rodado películas, y opinan». Me pareció una objeción magnífica. Tan magnífica que creo que resuelve la cuestión… aunque no en la dirección que pretendía quien la hizo.

El sepulturero al que no invitaron a Cannes

En 1958, François Truffaut fue el único crítico francés al que no invitaron al Festival de Cannes. Se lo había ganado a pulso. Le llamaban «el sepulturero del cine francés», y en enero de 1954 había publicado en Cahiers du cinéma «Una cierta tendencia del cine francés», un artículo que arremetía sin piedad contra los guionistas y productores más respetados del país. Un chaval de veintidós años que no había dirigido nada, diciéndoles a los consagrados cómo se hacía el cine.

Al año siguiente, en 1959, volvió a Cannes. Esta vez con Los cuatrocientos golpes bajo el brazo. Se llevó el premio a la mejor dirección.

Si te quedas ahí, el ejemplo le da la razón a mi objetor: primero opinó, luego rodó, y opinaba bien. Pero hay un detalle anterior que casi nadie cuenta. Desde 1946, con catorce años, Truffaut se escapaba de casa y se refugiaba en las salas oscuras, donde vio una cantidad considerable de películas; al año siguiente fundó un cineclub en el Barrio Latino. Cuando escribió su primera crítica, llevaba siete años viviendo prácticamente dentro de la butaca.

Y luego está el caso contrario, que me gusta todavía más. Roger Ebert fue el primer crítico de cine en ganar el Pulitzer, en 1975, y probablemente el más influyente de su generación. En 1970 coescribió un guion para Russ Meyer, Beyond the Valley of the Dolls, que fue mal recibido en su estreno y que él mismo sacaba a veces en broma. Como guionista, discreto tirando a olvidable. Como crítico, un gigante. Y ese gigante se había sentado cada semana en una sala de cine desde 1967.

Para ser un buen crítico no hace falta haber dirigido ninguna película. Lo que no se puede es no haberlas visto.

Cuarenta y seis segundos en el Salón Indio

El 28 de diciembre de 1895, en un sótano del Grand Café de París llamado el Salón Indio, los hermanos Lumière cobraron entrada por primera vez para proyectar películas. La primera del programa fue La salida de la fábrica Lumière en Lyon: cuarenta y seis segundos, plano fijo, un portón que se abre y unas decenas de obreros que salen a la calle, alguno en bicicleta, un carruaje, un perro. El público salió entusiasmado. Tenía todo el derecho: acababa de ver nacer el cine.

Ahora imagina a uno de aquellos espectadores, que nunca volvió a entrar en una sala, sentado hoy en una tertulia opinando sobre Oppenheimer. Diciendo con total seguridad que el cine no sabe contar historias, que no tiene sonido, que no puede emocionar, que es una curiosidad para ver gente salir de una fábrica. Todo lo que diría sería verdad sobre lo que vio. Y todo sería falso sobre lo que hay.

Eso es exactamente lo que le pasa a quien apenas ha usado la IA. No es que opine mal. Es que opina sobre otra cosa.

Quiero ser muy claro con la postura, porque es la que sostiene todo este texto: quien no usa la IA con cierta profundidad no puede saber de lo que es capaz. No es una cuestión de inteligencia ni de formación, es una cuestión de acceso. Las capacidades de estas herramientas no se ven en dos preguntas sueltas al chat, igual que el lenguaje del cine no se ve en cuarenta y seis segundos de plano fijo. Se ven cuando les das un problema de verdad, cuando insistes, cuando corriges, cuando descubres dónde llegan y dónde se rompen. Sin eso, lo que uno tiene no es un juicio sobre la IA: es un recuerdo de la primera proyección.

Y la película, además, no se está quieta. Lo que aquel ponente probó hace dos años se parece a lo que hay hoy en cartel lo que la fábrica de los Lumière se parece a una película actual. Con un agravante añadido: la IA no es ChatGPT. Es el sistema que te recomienda qué ver, el que ayuda a leer una radiografía, el que traduce el menú de un restaurante en Seúl, el que revisa el código de tu banco. Hablar de la IA «en toda su extensión» desde una ventana de chat que visitaste dos veces es hablar del cine entero desde el portón de Lyon.

Ojo, que esto no cierra la boca a nadie. Hay preguntas sobre la IA que no dependen de sus capacidades sino de nuestros valores (quién debe decidir, quién responde cuando algo sale mal, qué no queremos delegar nunca), y en esas la voz de cualquiera cuenta, la haya usado o no. Pero en cuanto la conversación pasa a lo que la máquina puede o no puede hacer, sin horas de butaca no hay crítica. Hay cartel.

Lo que cambia cuando te sientas en la sala

Permíteme un dato que ayuda a ver hasta qué punto la distancia moldea la mirada. En abril de 2025, el Pew Research Center publicó una comparación entre la opinión de 5.410 adultos estadounidenses y la de 1.013 expertos en IA. El 56 % de los expertos creía que la IA tendría un impacto positivo en su país en los próximos veinte años; entre el público, el 17 %. La brecha se repetía en casi todo: los expertos entusiasmados superaban con mucho a los preocupados, y en el público era justo al revés.

Pero fíjate dónde desaparecía la brecha. Los dos grupos coincidían en querer más control personal sobre la IA y en preocuparse por la falta de supervisión pública. Es decir: donde la pregunta era de valores, el que estaba dentro de la sala y el que estaba fuera veían lo mismo. Donde la pregunta era sobre lo que la tecnología va a hacer, sus efectos en el trabajo, en la medicina, en la economía, las miradas se separaban como si hablaran de dos películas distintas.

Que es, sospecho, exactamente lo que estaban haciendo.

Los asteriscos, que nunca faltan

Empiezo por mí, que para eso escribo en primera persona. Llevo más de cuarenta años programando, uso estas herramientas todas las horas del día y hay gente que me quiere y me recuerda de vez en cuando que quizá me apoyo demasiado en ellas. En esta historia yo no soy el crítico: soy alguien metido en el rodaje, y eso tiene sus cegueras. Ebert, por cierto, lo tenía clarísimo: en su propia web dejó escrito que no le parecía apropiado reseñar la película que él había escrito. Aplícame el mismo descuento.

Lo mismo vale para los expertos del estudio de Pew, que tienen su propio conflicto de intereses: la inmensa mayoría cree que la IA les beneficiará personalmente, y el director siempre defiende su película. Parte de esa brecha puede ser entusiasmo interesado y no conocimiento. Además, Pew mide cercanía profesional, no horas de uso; es una encuesta de Estados Unidos hecha en 2024, y los «expertos» son autores y ponentes de congresos del sector, una muestra con su propio sesgo. Y mi mesa redonda es una anécdota con una muestra de uno.

Y un último asterisco, el más importante: las horas de butaca son necesarias, pero no suficientes. Hace unos meses me quejaba de que das una patada a una piedra y salen cinco expertos en IA, gente con seis meses de ChatGPT y un título rimbombante en LinkedIn. Eso es el problema contrario: el que ha visto un festival y ya se presenta como director. Usar mucho no te da la razón. Solo te da el derecho a discutir sobre la película que realmente está en cartel.

La entrada nunca ha sido tan barata

Aquí viene lo bueno, y es de una obviedad brutal en cuanto lo escribes. Truffaut tuvo que escaparse de casa para ver cine. Tú tienes la sala en el bolsillo, abierta a cualquier hora, y con entrada gratuita para la mayoría de las sesiones. Nunca en la historia había costado tan poco pasar de opinar sobre algo a haberlo visto.

Te propongo el ejercicio. Antes de tu próxima opinión rotunda sobre lo que la IA puede o no puede hacer, date una semana de cineclub. Pero no con cualquier película: con la tuya. Coge una tarea real de tu trabajo, algo que domines de verdad, y hazla con ayuda de la máquina. Si eres profesora, corrige con ella tres redacciones que ya hayas corregido tú. Si eres abogado, dale un contrato que conozcas de memoria. Si eres médico, pregúntale por el caso que más te costó el año pasado. No te quedes en la primera respuesta: insiste, corrige, pídele que se explique. Y fíjate en dos cosas: dónde te sorprende y dónde hace trampa. Ahí, en el terreno que conoces mejor que nadie, es donde tu mirada vale más que la de cualquier ingeniero.

Puede que salgas más entusiasta. Puede que salgas mucho más crítico. Las dos cosas están bien, y es lo mismo que le respondí a quien me escribió en su día «yo no uso IA»: no se trata de convertirte, se trata de que tu opinión hable de lo que hay y no de lo que hubo. Desde Human-IA insistimos tanto en esto porque la conversación sobre la IA no puede quedarse en manos de quienes la fabrican. Necesita críticos, y cuantos más, mejor. Pero críticos que hayan pisado la sala, porque antes de los prompts perfectos va el pensamiento crítico, y el pensamiento crítico necesita algo concreto sobre lo que pensar.

Volvamos a la mesa redonda. Al terminar, el ponente se me acercó en el pasillo, un poco picado y bastante curioso, y me preguntó por dónde empezaría yo. Le dije que por lo que mejor sabe hacer, que es donde antes se ve el truco. Se apuntó algo en el móvil. No sé si lo hará. Pero si lo hace, la próxima vez que hable veinte minutos sobre lo que la IA sabe hacer, ya no estará hablando de unos obreros saliendo de una fábrica en 1895.

Y con sus preguntas, que eran buenas, eso va a ser una crítica de las que merece la pena escuchar.

No hace falta haber rodado una película para juzgarla. Hace falta haber visto la que está en cartel.

Entra en la sala YA.

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