Ideas para navegar el presente

Que no te vendan la moto: cómo detectar engaños

El 20 de marzo de 1823, después de dos meses de Atlántico, unas doscientas personas se apiñaron en la cubierta del Kennersley Castle para ver por primera vez su nuevo país. Habían zarpado de Leith, el puerto de Edimburgo, el 22 de enero. Muchos llevaban en el equipaje la misma guía, gruesa y bien encuadernada, que describía lo que iban a encontrar: una capital llamada St. Joseph, con edificios públicos, iglesia y hasta teatro de ópera, un puerto en la desembocadura del río Black, unas tierras tan fértiles que daban tres cosechas al año y unos ríos que arrastraban oro.

Buscaron el puerto durante dos días. No había puerto. Tampoco había capital. Lo que había era selva, una playa y, en la playa, unas tiendas de campaña donde malvivían los setenta emigrantes que habían salido de Londres seis meses antes en el Honduras Packet. Llevaban medio año esperando a alguien que tampoco existía.

Se llamaba Poyais. Llevo días dándole vueltas a esta historia, y no por lo grande que fue el engaño, sino por cómo estaba hecho. Y, sobre todo, por dónde apretaba.

Un país entero, pieza a pieza

Su autor fue Gregor MacGregor, un militar escocés que había luchado en las guerras de independencia de Venezuela. En 1820 consiguió que el rey de los misquitos, en la costa caribeña de lo que hoy son Honduras y Nicaragua, le concediera un territorio. El territorio era real. Al volver a Gran Bretaña en 1821 se presentó como cacique de Poyais, una nación soberana, próspera y con colonos británicos ya instalados. Eso era falso.

Lo extraordinario no fue la mentira. Fue todo lo que construyó alrededor para sostenerla.

En 1822 se publicó en Edimburgo y Londres el Sketch of the Mosquito Shore, including the Territory of Poyais, una guía de 355 páginas con mapas desplegables y grabados del puerto. La firmaba el capitán Thomas Strangeways, ayudante de campo de Su Alteza el Cacique. El capitán no existía. El libro tenía además una trampa muy fina: según el historiador hondureño Jorge F. Travieso, era en buena medida una compilación de datos sacados de la literatura que ya existía sobre la región. Descripciones auténticas de un sitio real, cosidas para dar forma a un país inventado.

Después llegó el dinero. En octubre de 1822, Poyais colocó en la City de Londres un empréstito de doscientas mil libras, al 6 % y por debajo del nominal, con una rentabilidad parecida a la de los bonos de Chile o de Colombia en aquel momento. Los periódicos publicaban su cotización al lado de la de los países de verdad. El Museo Británico conserva todavía uno de aquellos títulos, impreso en 1823. MacGregor abrió además una oficina de tierras, vendía acres a precio de saldo, imprimía dólares de Poyais que los emigrantes compraban con sus libras esterlinas y, según algunos relatos, hasta encargó baladas que se cantaban por las calles de Londres, Edimburgo y Glasgow.

Cada pieza confirmaba las demás. Si no es real, ¿por qué hay un libro? ¿Y un bono que cotiza en Londres? ¿Y una oficina con su dirección y su horario?

Pero ninguna de esas pruebas era independiente. Todas salían de la misma casa.

Lo que de verdad vendía MacGregor

Hay una pieza que he dejado aparte a propósito, porque creo que era la que lo sostenía todo. MacGregor no vendía solo tierra. Vendía importancia.

A los más acomodados les ofrecía cargos de oficial en el ejército de Poyais. A médicos, abogados y a un banquero les prometió puestos en la administración del nuevo Estado. A los escoceses les explicaba que quería poblar Poyais precisamente con ellos, porque tenían el aguante y el carácter necesarios para levantar un país. Y entre los emigrantes viajaba un zapatero de Edimburgo que había aceptado el cargo de zapatero oficial de la princesa de Poyais.

Zapatero oficial de la princesa, flipas.

Léelo despacio, porque ahí está el mecanismo entero. A nadie se le pide que compruebe un nombramiento que le halaga. Quien ha recibido un título no va a la biblioteca a ver si el reino existe: lo que hace es encargarse un uniforme. La guía, el bono y las baladas hacían que Poyais pareciera real. El cargo hacía que nadie quisiera que dejara de serlo. Una mentira que te convierte en alguien más importante deja de ser una mentira que tengas ganas de revisar. Pasa a ser tuya y la defiendes tú.

Hace unas semanas escribí aquí que tu ego ha sido hackeado. Contaba cómo me llegó un correo que elogiaba con todo detalle mi novela Falta una palabra y terminaba con un enlace para «confirmar mis datos». Lo desmontó un detalle: no había en el mensaje nada que demostrara que su autor había leído el libro. Elogiaba lo que se ve desde fuera, nunca lo que hay dentro, igual que el zorro de La Fontaine le alaba la voz al cuervo sin haberlo oído cantar. Aquel post iba de phishing, pero el mecanismo es el de Poyais con doscientos años de diferencia: primero te dan un sitio en la historia y después te piden la firma. MacGregor era un zorro muy laborioso. Tenía que imprimir cada nombramiento y plantarse delante de cada árbol. Hoy, como contaba entonces, el zorro está debajo de todos los árboles a la vez.

Lo que costó

Las cifras varían según la fuente. Entre los dos primeros barcos viajaron unas doscientas cincuenta o doscientas setenta personas, y la mayoría de los recuentos sitúan los muertos por encima de los ciento cincuenta; algunos los elevan a unos ciento ochenta. Fiebres, hambre y una costa que no estaba preparada para recibir a nadie. Los supervivientes fueron rescatados y llevados a Belice. Menos de cincuenta volvieron a Gran Bretaña a finales de 1823. Y aquí aparece otra vez el ego, de la forma más triste: cuando la prensa británica destapó el engaño, algunas de las víctimas salieron a defender a MacGregor y culparon a los subordinados en los que había delegado. Reconocer que te han engañado es reconocer que el título nunca fue tuyo, y eso cuesta más que aceptar que unos cuantos lo hicieron mal.

MacGregor se fue a París y empezó de nuevo, con colonos franceses esta vez. Lo juzgaron por fraude en 1826 y salió absuelto; solo condenaron a uno de sus socios. En 1827 estaba otra vez en Londres, emitiendo un nuevo empréstito de ochocientas mil libras. Siguió con variantes de Poyais durante una década, se mudó a Venezuela en 1838, donde lo recibieron como a un héroe de la independencia, y murió en Caracas en diciembre de 1845. Nunca lo condenaron.

Lo que lo desmontó

Esta es la parte que más me interesa, porque es la que casi nadie cuenta.

A Poyais no lo tumbó un regulador ni un tribunal. Lo tumbaron los que habían estado en la playa. El superintendente británico de Belice, Edward Codd, recogió a los supervivientes, escuchó lo que contaban y mandó el aviso a Londres; según los relatos de la época, la Marina Real interceptó cinco barcos más que ya iban de camino. Y uno de los pasajeros del Kennersley Castle, James Hastie, escribió lo que había visto. Se publicó en Edimburgo ese mismo 1823: Narrative of a Voyage in the Kennersley Castle from Leith Roads to Poyais.

Veintidós páginas.

Por un lado, trescientas cincuenta y cinco páginas firmadas por un capitán inexistente, un bono en la City, una moneda, una oficina, baladas y nombramientos. Por el otro, veintidós páginas de un hombre que había estado allí. Ganaron las veintidós. Tarde, eso sí, y no para todos: para los que yacían en aquella costa ya no había remedio. Pero ganaron, porque traían lo único que el sistema entero de MacGregor no podía fabricar: alguien que había mirado con sus propios ojos, que no tenía nada que ver con la casa y que ya no tenía ningún título que proteger.

Los asteriscos, que nunca faltan

En 2020, el historiador Damian Clavel publicó en Enterprise & Society un artículo que se llevó el premio Mira Wilkins de 2022 y que matiza la versión de siempre: Poyais habría sido un proyecto de colonización fallido, levantado sobre una concesión indígena real y financiado en los mercados británicos, más que un país sacado de la nada para robar. La concesión existía y el empréstito se emitió de verdad. Lo fraudulento fueron las promesas, no todo lo demás. Es un matiz importante: los mejores engaños rara vez se inventan desde cero. Mezclan lo cierto con lo falso hasta que no hay forma de separarlos a simple vista.

Hay un segundo asterisco: aquel Londres quería creer. Las nuevas repúblicas americanas estaban de moda, los inversores perseguían rentabilidad y todo acabó estallando en el pánico bancario de 1825. MacGregor no hipnotizó a nadie. Le dio forma a un deseo que ya estaba ahí: el de hacerse rico, sí, pero también el de ser alguien.

Y el tercero, que es el que me toca más de cerca. Es tentador decir que la IA convierte a cualquiera en MacGregor. Algo de eso hay: el analista Christoph Nehring recoge experimentos según los cuales el coste de montar una web de noticias falsas completamente automatizada con ChatGPT bajó de 400 a 105 dólares entre 2023 y 2024. Fabricar la guía, los grabados, el retrato, el bono, las reseñas y el elogio a medida de cada víctima ya no lleva meses. Lleva una tarde. Pero fabricar no es convencer, y convencer sigue costando: confianza, alcance y que nadie salga a contar lo que vio. Además, las mismas herramientas que abaratan la falsificación abaratan también la comprobación. Esa es la mitad de la historia que me interesa contar.

Los nietos de MacGregor

No hace falta irse a 1823 para encontrar Poyais. Basta con abrir LinkedIn o YouTube un martes cualquiera.

Quien lea este puente con cierta frecuencia sabe que es un tema al que vuelvo una y otra vez, porque la plaga no deja de crecer. En enero escribí una pequeña guía para identificar a las empresas cantamañanas de IA: las que hablan de algoritmos propietarios de vanguardia y de una IA que «piensa como un humano», prometen un acierto del cien por cien y, cuando les preguntas qué no puede hacer su solución, cambian de tema. En marzo conté que en un solo evento de networking había oído la palabra «experto» pegada a la inteligencia artificial unas quince veces en menos de dos horas, casi siempre en boca de gente con unos meses de ChatGPT y un par de cursos: das una patada a una piedra y salen cinco IA Experts. En abril, que con estas herramientas el diletante ya no es una rareza, sino la opción por defecto, porque la fachada ya no se agrieta cuando la conversación se pone seria. Y en mayo, que los cursos exprés de IA son una trampa y siempre lo han sido, porque aprender rápido y aprender bien son, casi siempre, incompatibles.

Releyendo aquellos posts con Poyais delante, lo que más me llama la atención es que los vendehumos y los cantamañanas de la IA venden exactamente lo mismo que MacGregor, y en el mismo orden. Primero una tierra prometida: ingresos pasivos, la empresa que se gestiona sola, el agente que trabaja por ti mientras duermes, «domina la IA en un fin de semana». Después, un título: experto certificado en prompts, estratega, pionero, uno del selecto uno por ciento que «lo ha entendido antes que nadie». Y alrededor, la maquinaria de siempre puesta al día: capturas de pantalla con facturaciones, testimonios entusiastas, miles de seguidores, logotipos de «como nos vieron en», masterclass gratuitas que acaban en un pago. Trescientas cincuenta y cinco páginas en versión vídeo vertical.

No es una impresión mía. El 25 de septiembre de 2024, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos lanzó una ofensiva bautizada Operation AI Comply con cinco casos que parecen sacados de la oficina de tierras de Poyais. DoNotPay se anunciaba como «el primer abogado robot del mundo»; según la FTC, nunca comprobó si sus documentos estaban a la altura de los de un abogado de verdad ni tenía abogados en plantilla. Ascend Ecom prometía ingresos pasivos con tiendas online impulsadas por IA y, según la acusación, se llevó al menos veinticinco millones de dólares. Y había un tercer caso que me parece el más revelador: Rytr, una herramienta que permitía generar reseñas y testimonios sin límite a partir de casi nada, con detalles inventados que el usuario no había aportado. Hubo suscriptores que fabricaron cientos y hasta decenas de miles. Es el capitán Strangeways convertido en un botón.

Conviene distinguir, eso sí, porque no todos son lo mismo y meterlos en el mismo saco sería injusto. El vendehumos sabe que la tierra no existe, o al menos no le importa. El cantamañanas suele ser más inofensivo y bastante más abundante: habla con aplomo de una playa en la que no ha estado nunca. Repite lo que leyó ayer, enseña lo que otros construyeron y cobra por explicar un país que solo conoce por la guía. Y no hace falta que mienta para hacer daño: le basta con darle a quien le escucha la sensación de que ya entiende, que es justo lo que te quita las ganas de seguir preguntando. Lo que comparten vendehumos y cantamañanas es lo que comparte todo Poyais: mucho volumen, muchas confirmaciones aparentes y ningún testigo independiente.

Frente a ellos está la gente que de verdad ha desembarcado. La que ha metido IA en una gestoría de doce personas, en un aula de cuarto de la ESO o en una consulta, y te cuenta lo que funcionó, lo que no y lo que le costó. Tiene cicatrices y te las enseña. Su relato es más corto, menos fotogénico y viene con problemas. Son los Hastie de esta década. Suelen tener muchos menos seguidores.

Cuenta casas, no pruebas

Lo que la IA abarata no es tanto la mentira como la apariencia de independencia. Y el halago personalizado. Diez webs, cincuenta reseñas, tres expertos con foto y currículum, un informe con gráficos y, encima, un mensaje que te dice que te han elegido a ti precisamente por lo que vales. Todo parece una multitud de testigos que coinciden contigo. Nuestro instinto, que es antiguo y razonable, dice que si muchos coinciden será verdad, y nuestro ego añade que, si encima nos reconocen, no hace falta mirar más. Ese instinto funcionaba cuando cada testigo y cada halago costaban caro. Ahora no.

Así que te propongo un ejercicio en dos tiempos, y es muy sencillo.

El primero: la próxima vez que algo te convenza porque «lo dice todo el mundo», elige tres de esas confirmaciones y hazle a cada una dos preguntas: ¿de dónde sale esto? ¿Y quién estuvo allí? Si las tres acaban en el mismo sitio, no tienes tres pruebas. Tienes una sola fuente con eco. Y si quien te cuenta la maravilla es el mismo que te vende el curso, el libro y la mentoría, ya sabes cuántas casas hay detrás: una. Cuenta casas, no pruebas.

El segundo, y es el que más incomoda: pregúntate qué te está ofreciendo esa historia sobre ti. Un cargo, un reconocimiento, la sensación de estar entre los pocos que lo han visto venir, la de haber sido elegido. Si la respuesta es «bastante», ahí tienes la señal para comprobar el doble, no la mitad. Quita mentalmente el halago y mira qué queda. Casi siempre queda una orden: firma, paga, haz clic, embarca. Al zapatero de la princesa le habría bastado con eso. Y al gurú de turno, hazle la pregunta que MacGregor nunca pudo contestar: enséñame la playa. Qué has construido tú, dónde, con quién, qué salió mal y qué no sabe hacer todavía lo que me vendes. Quien ha estado allí responde enseguida y sin adornos. Quien no, te devuelve otra página de la guía.

Después busca a tu Hastie: la fuente primaria, el que estuvo allí, el documento original, el dato con nombre y fecha. Casi siempre existe y casi siempre es más corto y menos halagador que la versión promocional. Y aquí la IA es una aliada estupenda si la usas en esa dirección: pídele que te rastree el origen de cada afirmación, que te diga quién la contradice, qué fuentes no dependen de las demás y qué quiere de ti exactamente ese mensaje tan amable. Hace poco escribía sobre consultar a dos modelos de casas distintas y leer la diferencia entre lo que contestan. Esto va un paso más allá: si los dos beben del mismo pozo, que coincidan significa bastante menos.

Es la vieja idea de que el valor está donde hay duda, y de que antes de los prompts perfectos va el pensamiento crítico. Y es lo que defendía hace un par de días hablando del humano en el bucle: cuando la máquina te devuelve el mando, lo que hagas en los siguientes diez segundos importa más que todo lo anterior. Desde Human-IA creemos que expandir el potencial humano en esta década pasa justo por aquí. No por desconfiar de todo, que es otra forma de no pensar, ni por despreciar el reconocimiento o a quien enseña de verdad, que es de lo mejor que nos puede pasar. Pasa por tener tan claro lo que vale tu trabajo que ningún cargo inventado pueda ocupar ese hueco, y por saber distinguir entre muchas voces y una sola voz con muchos altavoces.

Volvamos a la cubierta del Kennersley Castle, aquel 20 de marzo. Aquella gente no era tonta. Eran artesanos, médicos, un banquero, familias que habían hecho cuentas y lo habían vendido todo. Algunos llevaban un nombramiento en el bolsillo. Todos llevaban trescientas cincuenta y cinco páginas en el equipaje. Les faltaban veintidós, escritas por alguien que hubiera estado allí y no tuviera ningún título que defender.

Hoy esas veintidós páginas casi siempre existen. Solo hay que ir a buscarlas, sobre todo cuando la historia te halaga y cuando quien te la cuenta tiene algo que venderte.

Busca al que estuvo en la playa, y que no te vendan la moto.

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