Cada vez que sale un modelo nuevo hago lo mismo, y quizás tú también. Voy directo a la tabla. Esa tabla de lanzamiento con el recién llegado en negrita arriba del todo, los rivales un peldaño por debajo y una columna de porcentajes que se lee como el marcador de una carrera. Lo conté a propósito de Gemini 4 en El tercer caballo se acerca y lo seguiré haciendo, porque esas cifras importan y quien diga que no le interesan probablemente es que no las entiende.
Pero llevo semanas fijándome en lo que esa tabla no tiene.
No tiene una fila para la persona.
No hay columna para el autónomo que por fin entiende sus propias cuentas sin depender de nadie, ni para la profesora que consigue que un alumno con dislexia entregue el primer texto largo de su vida, ni para quien a los sesenta y tantos se atreve con el proyecto que llevaba veinte años aplazando. Yo mismo tengo varias filas que no saldrán en ningún ranking: los dos trámites que conté en Ponédmelo más difícil, que sin IA no habría terminado, o aquel fallo de dos días que relaté en Sobre la humildad. Ninguna de esas cosas mueve un benchmark. Todas me cambiaron algo por dentro.
Y ahí, en esa fila que falta, está lo único de toda esta revolución que de verdad me quita el sueño. En el buen sentido.
El rey del acero y la medalla equivocada
Permíteme ir a Pensilvania, a la mañana del 25 de enero de 1904. En la que una explosión en la mina de Harwick, a las afueras de Pittsburgh, mató a 181 personas. Entre ellas había dos que no tenían por qué estar allí: Selwyn Taylor, un ingeniero de minas que salió corriendo de su despacho para bajar a buscar supervivientes, y Daniel Lyle, un minero que se ofreció voluntario y llegó más hondo que nadie antes de que el gas lo alcanzara.
Lo importante de esta historia es lo que pasó después. Andrew Carnegie, el hombre que había hecho una de las mayores fortunas del planeta con el acero, la tecnología punta de su tiempo, mandó acuñar medallas para las familias de aquellos dos hombres. Y no se quedó ahí. El 15 de abril de 1904 se reunió por primera vez la Carnegie Hero Fund Commission, dotada con cinco millones de dólares de su bolsillo, para reconocer a gente corriente que hacía cosas extraordinarias por los demás. Más de un siglo después ha entregado más de diez mil medallas.
Fíjate en el giro. Carnegie podría haber premiado el mejor laminador, la viga más resistente, el horno más eficiente: lo que su época celebraba en las exposiciones universales. Eligió premiar lo que la gente hacía. En un tiempo en que las medallas se daban por batallas, él habló de héroes de la civilización.
Cada época condecora su tecnología. Las que valen condecoran a sus personas.
Por qué existe el Premio Human-IA
Esa es exactamente la idea detrás del Premio Human-IA 2026, y me apetece contarlo en primera persona antes de que se cierre el plazo, porque es probablemente lo que más ilusión me ha hecho construir este año.
No premiamos la tecnología. Reconocemos la transformación humana. La herramienta es el medio; lo que importa es el cambio demostrable que alguien hizo posible en sí mismo o en otras personas. La convocatoria es gratuita, internacional y está abierta a personas, equipos, empresas e instituciones de cualquier sector y cualquier país. Antes de presentarte solo hay que responder tres preguntas: si ya ocurrió (no premiamos intenciones), si cambió una capacidad, es decir, si alguien ganó autonomía, criterio, posibilidades o voz, y si puedes explicarlo.
Las categorías siguen esa misma lógica, y te propongo leerlas buscándote. Hacia dentro, hacia tu propio potencial, están Hacer, para quien ahora ejecuta lo que antes necesitaba más tiempo, medios o personas; Crear, para la obra o la historia que no habría existido sin la IA como palanca; Decidir, para quien llega a conclusiones propias con más criterio que antes; y Transformarse, para quien se ha reinventado. Hacia fuera, hacia el potencial de los demás, están Activar, para quien usó la IA para que otros lograran lo que solos no podían; Desbloquear, para quien liberó la expresión creativa de otras personas; y Orientar, para quien creó las condiciones para que otros entiendan, analicen y decidan por sí mismos. Y hay una octava, Trayectoria HumanIA, para las labores largas y sostenidas que han ampliado el potencial de mucha gente a lo largo del tiempo.
Si has leído este blog los últimos meses, reconocerás el hilo. Es la pregunta de Expandir el potencial humano: ¿el tuyo o el que te programaron? convertida en convocatoria. Y es también la respuesta a lo que planteaba en ¿Eres un mago de verdad?: aquí no buscamos el truco de salón que deja a todos con la boca abierta durante cinco minutos. Buscamos lo que sigue ahí cuando se apagan las luces.
Un nombre que no está puesto por casualidad
El premio lleva el nombre de Álvaro José García Tejedor (1962-2025). Doctor en Bioquímica, profesor titular de Inteligencia Artificial, investigador y divulgador, dedicó su vida a algo que suena sencillo y no lo es en absoluto: hacer que la IA fuera comprensible y útil para las personas. Compañero de oficio en un tiempo en que hablar de inteligencia artificial en una cafetería te convertía en el raro de la mesa.
Desde Human-IA creemos que la mejor manera de recordar a alguien así no es una placa en una pared. Es seguir haciendo la pregunta que él se hacía: ¿a quién le ha cambiado la vida esto? Por eso el premio no tiene una cifra de dinero, sino una estatuilla: dos manos que protegen un punto de luz (aunque todavía estamos eligiendo). Me parece la imagen más honesta que podíamos elegir.
Lo que este premio no es
Conviene decirlo claro, porque un post de promoción sin letra pequeña es publicidad, y esto no quiero que lo sea.
No es un premio económico. Nadie va a pagar una hipoteca con él. Tampoco es un concurso tecnológico: una aplicación brillante que no ha cambiado la capacidad de ninguna persona concreta no encaja, por espectacular que sea. Y no te voy a contar que medir el crecimiento del potencial humano sea una ciencia exacta, porque no lo es. Precisamente por eso el formulario pregunta, con todas las letras, cómo sabes que el potencial creció. Es la pregunta más difícil y la más importante, la misma que defendía en El valor está donde hay duda: el mérito no está en tener la respuesta, sino en poder sostenerla.
Somos una fundación pequeña haciendo algo grande con medios modestos. Lo que sí podemos ofrecer es esto: las historias finalistas formarán parte de la conversación pública, y en diciembre de 2026 las pondremos en el sitio donde deberían haber estado siempre, en el centro.
Tu fila
Te propongo un ejercicio, y es de los que enganchan. Piensa en el último año. Busca el momento en que hiciste algo que antes no podías hacer, o en que ayudaste a otra persona a conseguirlo, y en el que una IA fue la palanca. No el momento en que te sorprendió la máquina: el momento en que te sorprendiste tú.
Si lo encuentras, tienes una candidatura. Son cuatro pasos y ninguna burocracia: eliges la categoría, cuentas la historia con las personas implicadas y el impacto, la envías y, si llega a la final, la compartimos. Y si la historia que se te viene a la cabeza no es tuya, sino de alguien que conoces, mándale este enlace hoy mismo. Muchas de las mejores historias no se presentan porque sus protagonistas creen que lo suyo no tiene importancia. Suelen equivocarse.
El plazo termina el 30 de octubre de 2026. Ni un día más (de momento).
Pero volvamos a la tabla. Cuando salga el próximo modelo, iré a mirarla como siempre, con la negrita arriba y los porcentajes en su columna. Pero en diciembre quiero ver la otra, la que nadie publica: la de las personas que este año han llegado más lejos de lo que pensaban.
Las máquinas salen en las tablas. Las personas, en las historias.
