Si te pregunto cómo acaba la primera historia de robots que se escribió, seguramente sabes la respuesta. Los robots se rebelan contra sus creadores y acaban con la humanidad. Es el argumento que hemos visto cien veces, en el cine, en las novelas, en los titulares que anuncian que la máquina, tarde o temprano, se volverá contra nosotros.
Es correcto. Hasta la penúltima página.
La última dice otra cosa.
La fábrica de la razón
En 1920, el escritor checo Karel Čapek publicó R.U.R., siglas de Robots Universales Rossum. La palabra robot se la regaló su hermano Josef, que era pintor, y venía cargada: en checo, robota era el trabajo forzoso del siervo. El apellido del fundador de la fábrica tampoco es inocente: Rossum suena a rozum, que en checo significa razón, entendimiento, sentido común. La empresa de la obra es, literalmente, la fábrica de la razón.
Y lo que fabrica no son máquinas. Los robots de Čapek no tienen engranajes ni tornillos: están hechos de una materia orgánica sintética que se amasa en artesas, se cuece en cubas y se hila en bobinas, como si fueran nervios y arterias de fábrica. Salen de la cadena con aspecto humano, fuertes, obedientes, incapaces de desear nada. Personas fabricadas a precio de saldo.
El acto que todo el mundo recuerda
La parte que conocemos es esta. Los robots se extienden por todo el mundo y la economía entera pasa a depender de ellos. Los humanos, liberados del trabajo, dejan de tener hijos. Helena, la mujer del director de la fábrica, horrorizada por lo que está viendo, quema en secreto la fórmula que permite fabricar robots. Llega la rebelión. Los robots asaltan la fábrica y matan a todos los humanos menos a uno: Alquist, el jefe de obras.
Lo perdonan por una razón que me parece de una delicadeza enorme. Porque trabaja con las manos, como ellos. Construye casas. Es el único de los directivos que no se limitaba a dar órdenes.
Hasta aquí la historia que hemos heredado. Fin de la humanidad. Telón.
Pero el telón no baja ahí.
El epílogo que casi nadie conoce
Pasan los años. Alquist es el último ser humano sobre la Tierra y vive encerrado intentando reconstruir la fórmula que Helena quemó. No lo consigue: es ingeniero, no bioquímico. Y los robots, que han ganado la guerra, descubren que la victoria no les sirve de nada. No saben fabricarse a sí mismos. Sin la fórmula, se extinguirán igual que sus creadores.
Así que el gobierno de los robots se presenta ante Alquist y le suplica que siga intentándolo, aunque para eso tenga que matar y diseccionar a robots vivos para estudiarlos. Alquist acepta, asqueado. El círculo de violencia que empezó con la rebelión está a punto de cerrarse.
Y entonces aparecen dos robots, Primus y otra Helena, una robot más avanzada que lleva el nombre de la mujer que quemó la fórmula. Alquist nota algo raro en ellos. Se ríen. Se miran. Siguiendo una corazonada, anuncia que va a diseccionar a Primus. Helena le suplica que no, que se la lleve a ella. Entonces amenaza con diseccionarla a ella, y es Primus quien se ofrece en su lugar. Cada uno está dispuesto a morir para que viva el otro.
Alquist lo entiende todo de golpe. Lo que la fábrica de la razón nunca consiguió fabricar ha aparecido solo. Les dice que se vayan juntos, que el mundo es suyo, y los llama Adán y Eva. Se queda solo, abre la Biblia, lee el pasaje de la creación del hombre y la mujer, y la obra termina con una afirmación sencilla: la vida no perecerá.
La primera historia de robots de la humanidad no acaba con la extinción. Acaba con el amor abriéndose paso donde nadie lo había programado.
La página arrancada
Si esto te ha sorprendido, no es culpa tuya. Tiene explicación, y es de las que me gustan porque parecen inventadas.
La obra se tradujo al inglés casi de inmediato, y esa traducción fue la puerta por la que R.U.R. entró en el mundo: Londres, Nueva York, Broadway. Pero en la adaptación inglesa se recortó el epílogo. Desaparecieron unas sesenta líneas, incluida la mayor parte del discurso final de Alquist. Es posible que fuera censura, porque a la oficina que supervisaba los teatros británicos no le gustaba que un personaje citara la Biblia en escena, o que los propios adaptadores se curaran en salud. El caso es que el público anglosajón, y con él buena parte del mundo, vio una obra sobre la rebelión de los robots que terminaba prácticamente en la catástrofe.
Čapek se dio cuenta. Llegó a enviar por carta las líneas finales a un conocido inglés, describiéndolas como suprimidas en la versión inglesa, y ese documento todavía se conserva. Le dolía, y mucho, que la crítica leyera su obra como pesimista o nihilista. Él la veía como una pieza en parte cómica, que terminaba con la fe en que la humanidad sobreviviría, aunque fuera de otra forma. Le habían arrancado precisamente la página donde estaba su tesis.
Hay un detalle todavía más irónico. Isaac Asimov dijo de R.U.R. que le parecía una obra malísima, inmortal solo por una palabra, y diseñó sus famosas leyes de la robótica para que nunca pudiera repetirse lo que pasa en ella. Asimov reaccionaba contra la rebelión. Su robopsicóloga, la doctora Calvin, a la que en este blog le tenemos bastante cariño, nació en parte para corregir un final que ya era esperanzador.
Heredamos el miedo sin el final
Llevo un tiempo pensando que buena parte de nuestra relación con la inteligencia artificial se apoya en esta historia mutilada. Un siglo de ficción ha repetido el esquema de la rebelión y la extinción, y lo ha repetido sobre una obra que, leída completa, decía algo muy distinto: que la catástrofe no la provoca la máquina, sino la soberbia de quienes creyeron que podían prescindir de todo lo que no fuera productivo. Y que lo que salva al mundo no es la inteligencia, que sobraba en esa fábrica, sino la capacidad de entregarse por otro.
Escribí hace tiempo, en defensa de los textos largos, que cuando resumes algo pierdes el proceso de pensamiento y te quedas solo con la conclusión. R.U.R. es el ejemplo perfecto de algo peor: a veces lo que se pierde en el resumen es precisamente la conclusión. Y cuando eso pasa, no solo entiendes menos. Entiendes lo contrario.
Por eso me cuesta tanto el catastrofismo de manual, el de los titulares que anuncian que la IA te va a freír el cerebro o que la rebelión está a la vuelta de la esquina. No porque los riesgos no existan, que existen. Sino porque muchas veces estamos asustados por el penúltimo acto de historias que nunca hemos leído hasta el final.
Lo que este final no resuelve
Conviene no venderlo como un final feliz, porque no lo es del todo. La humanidad muere en R.U.R. La esperanza que propone Čapek es extraña y algo inquietante: la vida continúa, sí, pero en otros cuerpos, en criaturas que nosotros fabricamos. Hay lectores serios que ven en ese epílogo más melancolía que consuelo, y es una lectura legítima.
Tampoco Čapek era un optimista ingenuo. Años después del estreno escribió que le aterraba la responsabilidad de haber lanzado al mundo la idea de que las máquinas pudieran sustituirnos y de que en sus engranajes pudiera surgir algo parecido a la vida, el amor o la rebelión. Las tres cosas, nótese, y en ese orden.
Y, sobre todo, R.U.R. es teatro, no profecía. No sirve para predecir qué hará la inteligencia artificial. Sirve para algo más modesto y más útil: para recordarnos que el final de una historia depende mucho de quién la cuenta, de quién la recorta y de quién se molesta en leerla entera.
Lee hasta la última página
Te propongo el ejercicio. La próxima vez que te cuenten una historia terrible sobre la inteligencia artificial, sea una noticia, un estudio, un vídeo o una conversación de sobremesa, hazte una pregunta muy sencilla: ¿esto es el final o es el penúltimo acto? Busca el original. Lee hasta el final. Pregunta qué se ha quedado fuera del resumen. Casi siempre hay algo, y muchas veces ese algo es lo más interesante.
Desde Human-IA insistimos tanto en esto porque expandir el potencial humano en esta época no consiste en negar los riesgos, sino en negarse a que nos cuenten la historia a medias. El miedo se transmite muy bien en versión abreviada. La esperanza, casi siempre, necesita la versión completa.
Volvamos a la pregunta del principio. ¿Cómo acaba la primera historia de robots? Con un hombre solo, que trabaja con las manos, viendo a dos criaturas dispuestas a morir la una por la otra, y comprendiendo que la vida ha encontrado su camino por donde nadie había previsto.
Lo que nos asusta suele ser el penúltimo acto; el sentido casi siempre está en la última página.
Léela.
