Ideas para navegar el presente

Sal a la pista

El 15 de septiembre por la noche, en un plató de Los Ángeles, un señor regordete de cincuenta y cinco años salió a bailar un chachachá delante de millones de personas. No le salió. Los pies llegaban tarde, los brazos llegaban antes, y su pareja, una bailarina profesional que había ganado ese mismo programa la temporada anterior y que estaba embarazada de cuatro meses, bailaba a su alrededor con la paciencia de quien intenta que nadie note que el compañero se ha quedado quieto. Al terminar, los tres jueces levantaron sus carteles con la puntuación: un cuatro, un tres y un tres.

Diez sobre treinta.

El público abucheó. No a él, a los jueces.

Es muy posible que no sepas quién es. Se llama Guillermo Rodríguez, y si alguna vez has visto el programa de Jimmy Kimmel lo conoces de sobra aunque no te suene el nombre: es ese hombre bajito, mexicano, de sonrisa enorme, que aparece en los sketches, entrevista a estrellas en las alfombras rojas y lleva años siendo el compañero de plató del presentador. Antes de todo eso era el vigilante de seguridad del aparcamiento del estudio. Cuando Kimmel anunció que iba a participar en Dancing with the Stars, lo dijo con su mezcla habitual de cariño y retranca: Guillermo sería el primer vigilante de aparcamiento de la historia en bailar con las estrellas.

Aquel diez sobre treinta fue la segunda puntuación más baja en los veinte años del programa, solo por encima del ocho que sacó Master P en 2006. Uno de los jueces, Bruno Tonioli, comparó uno de sus pasos con un saltamontes loco. Con una nota así, lo normal habría sido quedar eliminado esa misma noche.

Pero en este programa no deciden solo los jueces: también vota el público desde casa. Y el público votó para que Guillermo se quedara. Los jueces le hundieron en la clasificación y los espectadores le salvaron.

Y Guillermo dijo algo que me encanta. Que no estaba contento con la nota, pero que había pasado la primera semana y ya no tenía nada que perder ni nada que demostrar.

Y volvió el martes siguiente.

Cinco semanas a hombros del público

Conviene entender bien la mecánica, porque ahí está toda la historia. Cada semana, la nota de los jueces se suma a los votos de los espectadores, y la pareja con peor resultado combinado se va a casa. Con los jueces siempre en contra, Guillermo solo tenía una forma de seguir: que la gente le votara más que a nadie.

Y eso fue lo que pasó, una semana tras otra. En la segunda sacó un doce. En la cuarta, bailando una samba con una canción de Mariah Carey, un trece. Siempre la peor nota del jurado, siempre en el grupo de los tres que esperan con el corazón en la boca a ver quién se va, y siempre el voto popular rescatándole. Mientras tanto, se iban marchando concursantes más jóvenes, más ágiles y con más años de baile a la espalda, con mejores notas que él.

Su pareja, Witney Carson, colgó en TikTok un vídeo de él ensayando solo mientras ella descansaba, con un pie de foto escueto: que estaba trabajando muchísimo. Creo que eso es exactamente lo que la gente veía desde casa, y lo que la gente votaba.

El 13 de octubre, en la quinta semana, la noche dedicada a la Super Bowl, Guillermo bailó una salsa con «Tití Me Preguntó» de Bad Bunny. Los cuatro jueces le dieron dos cincos y dos seises: veintidós sobre cuarenta. Fue su mejor baile de toda la temporada. Y fue también el último, porque esa misma noche, después de cinco semanas en la parte baja de la clasificación sobreviviendo gracias a sus seguidores, el voto ya no alcanzó y quedó eliminado.

Hagamos la cuenta, porque merece la pena. El 15 de septiembre sacó un tercio de la nota posible. El 13 de octubre, más de la mitad. Un hombre que no sabía bailar un chachachá se despidió bailando salsa en horario de máxima audiencia, con la mejor puntuación que había conseguido nunca. Al salir, lo resumió como lo resume la gente sana: le dolían las piernas, la espalda y el cuello, se lo había pasado en grande y se iba a casa a celebrarlo con una margarita.

Eso es el triunfo. No el trofeo, que nunca estuvo a su alcance. El triunfo es haber salido a la pista cinco veces, haber mejorado cada vez, y que millones de personas se empeñaran con su voto en que siguiera haciéndolo.

Lo que mide la nota del jurado

Aquí hay algo que me parece de una obviedad brutal en cuanto lo ves, y que sin embargo casi nunca vemos. Los jueces no se equivocaban. Guillermo bailaba peor que los demás, y sus notas eran justas para lo que hacía en la pista. La nota del jurado mide exactamente lo que dice que mide: la técnica de esa noche.

Pero el público, que fue quien lo mantuvo dentro semana tras semana, estaba votando otra cosa. Votaba a alguien que llegó sin saber, que lo sabía, que no lo disimulaba y que volvía. Votaba la distancia entre el lunes y el martes, no la posición en la clasificación. Los jueces puntuaban el baile; los espectadores puntuaban el coraje. El propio Guillermo contó después lo que le escribía la gente: que todo estaba carísimo, la gasolina, la vida, y que verle bailar les hacía felices.

Me hace gracia, porque el mismo 13 de octubre en que Guillermo se despedía, escribí aquí sobre esa manía mía de ir directo a la tabla de resultados cada vez que sale un modelo nuevo. Las tablas importan. Pero hay cosas que no caben en una columna de puntuaciones, y una de ellas es la voluntad de alguien de exponerse a sacar un tres.

Sídney, 19 de septiembre de 2000

Esto ya ha pasado antes, y sabemos cómo acabó.

En los Juegos Olímpicos de Sídney, un nadador de Guinea Ecuatorial llamado Eric Moussambani se subió al poyete para su serie de los cien metros libres. Había entrado en los Juegos por invitación, sin marca mínima, gracias a un programa para países sin instalaciones deportivas. Había empezado a nadar ocho meses antes. Entrenaba primero en un lago y después en la piscina de un hotel de Malabo de doce metros de largo, a la que solo le dejaban entrar entre las cinco y las seis de la mañana. Nunca había visto una piscina olímpica.

Sus dos rivales hicieron salida falsa y fueron descalificados. Moussambani nadó solo. Los últimos quince metros fueron una agonía: parecía que no iba a llegar. Tardó un minuto, cincuenta y dos segundos y setenta y dos centésimas, más del doble que los mejores. El estadio entero se puso en pie para empujarle hasta la pared.

Lo llamaron Eric la Anguila, y durante años fue el chiste de los Juegos. Lo que casi nadie cuenta es lo que pasó después. En 2006, en un campeonato en Alemania, Moussambani nadó los cien metros en cincuenta y dos segundos y dieciocho centésimas. Más de un minuto menos que en Sídney. En 2012 se convirtió en el seleccionador nacional de natación de su país.

El chiste de 2000 es el entrenador de 2012. Y no habría existido el segundo sin la valentía del primero de subirse al poyete sabiendo que iba a ser el último. Ni sin aquel estadio que, en vez de reírse, decidió empujar.

Lo que esta historia no dice

Quiero ser honesto con los límites de todo esto, porque «si quieres, puedes» es una frase que, mal usada, hace mucho daño.

No es verdad que querer baste para conseguir cualquier cosa. Guillermo quería seguir, y le eliminaron. Moussambani nunca ganó una medalla. Además, los dos tuvieron algo que la mayoría no tenemos: Guillermo llegaba con años de cariño acumulado en la televisión y una audiencia que ya le quería antes de verle bailar, y ese voto popular no lo tiene cualquiera; Moussambani entró por una invitación que muchos otros nadadores nunca recibieron. Tampoco faltaron espectadores convencidos de que su permanencia era injusta para quienes bailaban mejor, y es un debate legítimo. Y Dancing with the Stars es un programa de entretenimiento, montado y editado para emocionar, no un experimento controlado sobre la fuerza de voluntad.

Y hay algo peor. El «si quieres, puedes» tiene una cara oscura: insinúa que quien no ha llegado es porque no ha querido lo suficiente. Eso es mentira, y es cruel.

Así que permíteme reformularlo, porque creo que la versión honesta es más útil que la del póster. Si quieres, puedes salir a la pista. Lo que pase después depende de muchas cosas, la mayoría fuera de tu control, y a veces el resultado es que te vas a casa. Pero la decisión de salir, de aceptar que vas a sacar un tres delante de todo el mundo y volver el martes siguiente, esa sí es tuya. Del todo. Y lo que aprendes bailando no te lo quita ninguna eliminación.

Tu chachachá

Te propongo el ejercicio, que es sencillo y un poco incómodo. Piensa en algo que llevas tiempo sin hacer por una sola razón: porque serías el peor de la sala. Esa clase de idioma en la que todos parecen ir por delante. El instrumento que dejaste a los quince. Aprender a programar a los cincuenta, o a usar en serio una herramienta nueva cuando tus compañeros ya la dominan. La conversación difícil en la que vas a quedar torpe.

Casi siempre no es que no puedas. Es que no quieres ser el del diez sobre treinta.

Y fíjate en lo que nos enseña el voto de esos millones de espectadores: los demás suelen ser mucho más generosos con el principiante valiente de lo que nos imaginamos. El jurado que más tememos casi nunca es el que de verdad vota.

Yo lo sé por experiencia. Cuando en 2023 dejé la universidad después de treinta años, para empezar a construir otra cosa, lo más difícil no fue la decisión, fue aceptar que en muchas de las cosas que iba a hacer empezaría desde abajo, rodeado de gente que sabía más que yo. Ya escribí que, en el fondo, la única autorización que necesitas es la tuya, y Guillermo lo demostró cada martes durante cinco semanas con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Volvamos al plató del 15 de septiembre. Un vigilante de aparcamiento de cincuenta y cinco años, con la peor nota de la noche, saluda al público que abuchea a los jueces. No sabe bailar. Lo sabe todo el mundo. Y esa misma gente le vota para que se quede. Cuatro semanas después, en ese mismo plató, se despide con la mejor nota de su vida y una frase para su pareja: que la quería por haberle enseñado a bailar.

Le eliminaron. Y aun así, salió ganando.

Desde Human-IA hablamos mucho de expandir el potencial humano, y a veces parece que eso va de tecnologías, de modelos y de grandes proyectos. Guillermo me ha recordado que casi siempre empieza por algo mucho más pequeño y más valiente: atreverse a ser principiante delante de los demás, y rodearse de gente dispuesta a votar por ti mientras aprendes. El potencial no se expande desde la grada.

La nota del jurado mide cómo bailas. Lo que te llevas se mide por las veces que saliste a la pista.

Sal a bailar.

P. D. Si este post te ha hecho pensar en alguien que salió a la pista sin saber bailar y acabó cambiando algo, en su vida o en la de otros, con la inteligencia artificial como palanca, tengo una invitación. Hasta el 30 de octubre está abierta la convocatoria del Premio Human-IA 2026, que lleva el nombre de mi amigo Álvaro José García Tejedor. No premiamos la tecnología, sino la transformación humana: historias reales, que ya hayan ocurrido, en las que alguien ganó autonomía, criterio, posibilidades o voz. Es gratuita, internacional y abierta a personas, equipos, empresas e instituciones. No hay dinero, hay una estatuilla y la entrega será en diciembre. Hay ocho categorías, y una se llama, precisamente, Transformarse. Si conoces a tu propio Guillermo, preséntalo. O preséntate.